Después de la cena, Nita anunció que esperaría en la sala a que Lali terminara de recoger la cocina y pudiera llevarla a casa. Gime se levantó de inmediato.
–Yo lo haré. Si quieres puedes irte ya, Lali.
Pero Peter no quería que Lali se marchara tan pronto. Hasta ese momento, esa pequeña cena familiar sólo había servido para recordarle cuánto añoraba tener una amiga durante el día y una amante por la noche. Necesitaba arreglar las cosas.
–Tengo que quemar la basura –dijo él–. ¿Puedes ayudarme antes de irte?
Cande se esmeró en fastidiarle el plan.
–Yo te ayudaré.
–No tan rápido. –Gime comenzó a recoger los platos–. Cuando dije que recogería la cocina, me refería a que todos ayudaríais excepto Lali.
–Espera un momento –dijo Jack–. Nosotros hemos trabajado en el porche todo el día. Nos merecemos un poco de descanso.
Venga ya, ¿Jack y él eran de repente un equipo? Ni en un millón de años. Peter cogió la fuente vacía del pollo.
–Vamos.
Cande se levantó de un salto.
–Yo puedo cargar el lavavajillas.
–Tú eliges la música –dijo Gime–. Y escoge algo que se pueda bailar.
Lali metió baza.
–Si va a haber música, no pienso perdérmelo. Así que también echaré una mano.
Cande acompañó a Nita a la sala mientras todos los demás se levantaban de la mesa. Regresó con el iPod y lo conectó en el altavoz de Gime.
–No quiero oír música hortera –dijo Jack–. Radiohead estará bien, o quizá Wilco.
Gime se acercó al fregadero.
–O Bon Jovi. –Jack la miró fijamente. Ella se encogió de hombros–. Me gusta, y no pienso disculparme.
–Yo confieso que me gusta Ricky Martin –dijo Lali.
Miraron a Peter, pero él se negó a participar en esas agradables confidencias familiares, así que Lali habló por él.
–Clay Airen, ¿no?
Nita, que no estaba dispuesta a quedarse al margen, arrastró los pies desde la sala.
–Siempre me ha gustado Bobby Vinton. Y Fabián. Es muy guapo. –Se sentó a la mesa de la cocina.
Cande se acercó hasta el lavavajillas abierto.
–A mí me va Patsy Cline... mi madre tenía todos sus discos..., pero los niños se burlaban de mí porque no la conocían.
–Tienes buen gusto –dijo Jack.
–¿Y tú? –le preguntó Gime a Jack–. ¿A ti quién te gusta?
–Eso es fácil –se oyó decir Peter a sí mismo–. Le gustas tú, Gime. ¿No es cierto, Jack?
El silencio que invadió la cocina hizo que Peter se sintiera incómodo. Estaba acostumbrado a ser el alma de las veladas, no el aguafiestas.
–Perdonadnos –dijo Lali–. Peter y yo tenemos que ir a quemar la basura.
–Antes de que te vayas, señor Jugador de Fútbol Americano –dijo Nita–. Quiero saber exactamente cuáles son tus intenciones con respecto a mi Lali.
Lali gimió audiblemente.
–Por favor, que alguien me pegue un tiro.
–Señora Garrison, mi relación con Lali no le incumbe a nadie. –Sacó la basura de debajo del fregadero.
–Eso es lo que tú te crees –replicó ella.
Gime y Jack se detuvieron a observar, felices de que Nita se encargara de hacer el trabajo sucio. Peter empujó a Lali hacia la puerta lateral.
–Disculpadnos.
Pero Nita no pensaba dejarlo ir con tanta facilidad.
–Sé que ya no estáis comprometidos. Creo que jamás has tenido intención de casarte con ella. Sólo quieres llevártela al huerto. Los hombres son así, Cande. Todos.
–Sí, señora.
–No todos los hombres son así –le dijo Jack a su hija–. Pero la señora Garrison tiene parte de razón.
Peter utilizó la mano que tenía libre para agarrar Lali por el brazo.
–Lali sabe cuidarse sola.
–Esa chica es un desastre andante –replicó Nita–. Alguien tiene que cuidar de ella.
Eso fue demasiado para Lali.
–A usted no le importo nada. Sólo quiere crear problemas.
–Eres una deslenguada.
–Seguimos comprometidos, señora Garrison –dijo Peter–. Vámonos, Lali.
Cande se interpuso en su camino.
–¿Puedo ser dama de honor o algo así?
–No estamos comprometidos en serio. –Lali sintió el deber de decirle la verdad–. Lo único que quiere Peter es divertirse.
Ese falso compromiso era demasiado conveniente para dejar que ella lo echara a perder.
–Estamos comprometidos –dijo–. Lo único que ocurre es que Lali está enfadada conmigo.
Nita golpeó el suelo con el bastón.
–Ven conmigo a la sala, Cande. Lejos de ciertas personas. Te enseñaré unos ejercicios para fortalecer los músculos de las piernas y que puedas volver a clases de ballet.
–No quiero ir a clases de ballet –masculló Cande–. Lo que quiero es ir a clases de guitarra.
Jack dejó la cacerola que estaba secando.
–¿Quieres tocar la guitarra?
–Mamá siempre decía que ella me enseñaría, pero jamás lo hizo.
–¿No te enseñó siquiera algunos de los acordes básicos?
–No. No le gustaba que anduviera toqueteando sus guitarras.
La expresión de Jack se volvió sombría.
–Tengo una de las mías en la casita de invitados. Vamos a por ella.
–¿De veras? ¿Me dejas tocar tu guitarra?
–Qué diantres, te regalo esa maldita cosa.
Cande lo miró como si le hubiera ofrecido una diadema de diamantes. Jack soltó el paño de secar los platos. Peter empujó a Lali afuera sin sentirse culpable de dejar a Gime sola con Nita y sus arrebatos.
–No estoy enfadada –dijo Lali mientras bajaban el porche lateral–. No deberías haber dicho eso. No está bien que dejes que Cande se haga ilusiones sobre ser dama de honor.
–Lo superará. –Le echó una mirada al bidón de gasolina donde quemaban la basura. Estaba lleno. Encendió una de las cerillas que Gime guardaba en una caja y la tiró dentro–. ¿Por qué no se largan todos? Jack no hace más que meter las narices en todos lados. Gime no se irá hasta que lo haga Cande. Y lo de esa vieja bruja ya es el colmo. ¡Quiero que se larguen todos de mi casa ya! Todos menos tú.
–Pero no es tan fácil, ¿verdad?
No, no era fácil. Mientras el fuego ardía, él se sentó en la hierba para observar las llamas. Esa semana había visto cómo crecía la confianza de Cande en sí misma. Su palidez había desaparecido, y las ropas que Gime le había comprado habían hecho el resto. También le gustaba trabajar en el porche, incluso aunque tuviera que hacerlo con Jack. Cada vez que clavaba un clavo sentía que imprimía su firma en esa vieja granja. Y no podía olvidarse de Lali.
Ella se movió a sus espaldas. Él recogió un trozo de plástico que había caído en la hierba y lo lanzó al fuego.
Lali observó cómo el trozo de plástico caía fuera del bidón, pero a Peter no pareció importarle haber errado el tiro. Su amenazante perfil estaba perfectamente silueteado contra la luz del crepúsculo. Se acercó para sentarse en la hierba a su lado. Tenía otro vendaje en la mano, éste en los nudillos. Se lo tocó.
–¿Un accidente de trabajo?
Él apoyó el codo en la rodilla.
–También tengo un chichón del tamaño de un huevo en la cabeza.
–¿Cómo van las cosas con tu compañero de trabajo?
–Él no habla conmigo, y yo no hablo con él.
Ella cruzó las piernas y miró al fuego.
–Al menos debería admitir lo que te ha hecho.
–Lo hizo. –Giró la cabeza hacia ella–. ¿Has tenido tú ese tipo de conversación con tu madre?
Ella arrancó una brizna de hierba.
–Las cosas son distintas con ella. –El fuego chisporroteó–. Mi madre es algo así como Jesús. ¿Habría tenido derecho la hija de Jesús a quejarse si él le hubiera arruinado la infancia porque estaba demasiado ocupado salvando almas?
–Tu madre no es Jesús, y si la gente tiene niños, debería estar con ellos para criarlos, o si no darlos en adopción.
Ella se preguntó si él tendría intención de criar a sus propios hijos, pero la idea de que él tuviera familia mientras ella andaba dando tumbos por el mundo la deprimía.
Él le deslizó un brazo alrededor de los hombros, pero ella no dijo nada. Las llamas brincaron más alto. A Lali se le calentó la sangre. Estaba harta de hacer siempre lo que fuera más conveniente. Por una vez en la vida, quería olvidarse de todo y dejarse llevar. La brisa de la noche le agitó el pelo. Se puso de rodillas y lo besó. Más tarde lo pondría en su lugar. Pero ahora, quería vivir el momento.
Él no necesitaba que lo animaran para devolverle el beso, y antes de que pasara mucho tiempo, estaban detrás del granero, ocultos entre la maleza y fuera de la vista de la casa.
Peter no sabía qué había hecho que Lali cambiara de opinión, pero como ella tenía la mano dentro de la cinturilla de sus pantalones, no pensaba preguntar.
–No quiero hacerlo –dijo ella abriéndole el botón de los vaqueros.
–A veces, uno debe asumir la responsabilidad en nombre del equipo. –Le bajó los pantalones cortos y las bragas hasta los tobillos, se puso de rodillas para acariciarla con la nariz. Ella era dulce y cálida, un perfume embriagador para los sentidos. Mucho antes da que él hubiera tenido suficiente de ella, Lali se separó. Peter la sujetó y tiró de ella hacia abajo, sosteniéndola para protegerla de la maleza que pinchaba su propio trasero. Era un pequeño sacrificio a cambio de la recompensa de conseguir ese cuerpo cálido y maleable.
Lali le sujetó la cabeza entre las manos, y rechinando los dientes, le dijo con ferocidad:
–¡Ni se te ocurra apurarte!
Él la comprendía, pero ella estaba demasiado excitada, demasiado húmeda, y él había llegado demasiado lejos para contenerse; le hundió los dedos en las caderas, la acercó hacia su erección y la penetró.
Luego, Peter, temiendo que ella tomara el control, la levantó contra su cuerpo y enganchó una de las piernas de Lali sobre su propia cadera. Besándola profundamente, penetró en su cuerpo. Ella se arqueó y tembló entre sus brazos. Sintió la necesidad de protegerla. Movió la mano y la hizo volar libremente.
Cuando terminaron, él le acarició el pelo que se le había soltado de la coleta.
–Sólo para refrescarte la memoria... –Le rozó el trasero bajo la camiseta–. Dijiste que yo no te excitaba.
Ella le mordió la clavícula,
–Y no me excitas... por lo menos no excitas a mi parte racional. Por desgracia, también tengo una parte de mujerzuela. Y a esa parte de mí, la vuelves loca.
Él no pensaba discutírselo, sino que se propuso acceder a esa parte de mujerzuela una vez más, pero ella rodó sobre él entre la maleza.
–No podemos quedarnos aquí fuera fornicando toda la noche.
Él sonrió ampliamente. Fornicando, no cabía duda.
Lali aún llevaba puesta la camiseta, pero por lo demás estaba desnuda. Se inclinó para buscar las bragas, y Peter tuvo una magnífica vista de su trasero mientras le hablaba.
–Cande es la única persona de esa casa que no sabe lo que hemos estado haciendo.
Lali encontró las bragas, se incorporó para ponérselas y tuvo el descaro de sonreírle con desdén.
–Boo, voy a dejarte las cosas bien claras. He decidido que tú y yo vamos a tener un rollo... breve y lujurioso. Te voy a utilizar, simple y llanamente, así que no te cuelgues demasiado por mí. No me importa lo que pienses. No me voy a preocupar por tus sentimientos. Todo lo que me va a importar es tu cuerpo; ¿estás de acuerdo o no?
Era la mujer más pirada que había conocido nunca. Cogió los pantalones cortos de Lali antes que ella.
–¿Y qué consigo yo a cambio de la humillación de ser utilizado?
La sonrisa desdeñosa reapareció.
–Me consigues a mí. El objeto de tus deseos.
Él fingió considerar la idea.
–Añade más cenas como la de hoy, y cerramos el trato. –Metió un dedo bajo el borde de las bragas–. En todos los sentidos.
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Perdon por no subir ayer pasa que estaba mi hermano. No lo soporto. Por Dios!
Lo peor fue que me secuestro la compu.
:) Gracias
Esta noche subo mas!!


Quiero mas!!!!!!!!
ResponderEliminarQue admitan los dos de una buena vez que estan locos el uno por el otro!!!!!!
Mas mas mas mas ma s mas mas
ResponderEliminarPor algo se empieza,por lo menos aceptó tener "un Rollo"con él,ya admitirán lo otro .Son pura lujuria!
ResponderEliminarEspero más!
increibleee xfin dieron el pasoo de decirse enmascaradamente k no dejan de pensar ningunos de los dos en el otro! siguelaaaa xfaa k lali vuelva ya a la granjaaaa y deje a esa vieja decrepita! ahh hubo un fallo y fue k a jack delante de Nita hay k llamarlo nicolass! jajaja cada dia se pone mas buena la noveeee x eso felicitacionesss!@monibicolor
ResponderEliminarAh bue, si q no pierden el tiempo estos! Ahora hay q ver hasta cuando solo vuelve loca a la partecita mujerzuela de ella! Más!
ResponderEliminarMas maS mas mas mas mas mas
ResponderEliminarYa están todos en la casa,jajaja,el cartón lleno . Peter y Lali tuvieron su bingo particular ,y parece ser k va a durar.
ResponderEliminarsolo se marco la c.
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