Lali
siguió con la mirada la caída del plástico cuando Peter entró en el baño. Ese hombre
era un demonio. Le temblaban los dedos. Deseaba arrojar la toalla a un lado y
entrar allí para tirarse encima de él. Peter era esa oportunidad que sólo se
presentaba una vez en la vida, y si su madre no hubiera escogido ese momento en
particular para vaciarle las cuentas bancarias, Lali bien podía haber hecho la
vista gorda a la aversión que sentía por el sexo indiscriminado y pensar en
montárselo con él aunque sólo fuera por una vez.
Apartó
las bolsas de una patada, resistiendo la tentación de echar una ojeada para ver
qué había comprado. Se puso unos vaqueros limpios y una camiseta sin mangas
negra. Se secó el pelo a medias en el cuarto de baño del pasillo, y se hizo una
coleta; dudó durante un momento, pero al final se aplicó un poco de rímel y brillo
de labios.
Bajó
las escaleras para esperarle en el porche delantero. Si hubieran sido novios de
verdad, lo habría esperado sentada en la cama y habría mirado cómo se vestía. Y
qué imagen más gloriosa habría sido. Con un suspiro de pesar, miró el jardín cubierto
de hierba. En un año, pastarían allí los caballos, pero ella no estaría para
verlos.
Él
estuvo listo en un tiempo récord, pero cuando salió al porche, ella vio una
vaporosa blusa de color lavanda colgando de sus dedos. Se pasaba la prenda de
una mano a otra, sin decir ni una palabra, dejando que la blusa hablara por sí
sola. El sol del atardecer arrancaba destellos de los diminutos abalorios
plateados, como si fueran burbujas de un mar de color lavanda. La tela se movía
entre sus dedos como si fuera el péndulo de un hipnotizador.
–Estoy
seguro –dijo él finalmente– que no tienes el sujetador indicado para este tipo
de prenda. He visto a muchas chicas con blusas como ésta y llevaban sujetadores
con tirantes de encaje. Creo que a ti te sentaría bien uno que hiciera
contraste con el color de la blusa. Algo rosa quedaría genial. –Sacudió la
cabeza–. Ay, caramba, creo que nos estamos avergonzando a los dos. –Sin parecer
avergonzado en absoluto, acercó la prenda un poco más–. De veras que intenté
comprarte algo con cuero y tachuelas, pero te lo juro, si hay una tienda de
sado por aquí, yo no la he podido encontrar.
Ella
se encontraba en el Jardín del Edén, pero esta vez era Adán el que sostenía la
manzana tentadora.
–Aparta
eso de mí.
–Si
te asusta reclamar tu feminidad, lo entiendo.
Debía
estar muy cansada, hambrienta y sentir algo más que un poco de compasión por sí
misma para permitirse caer en la tentación.
–¡De
acuerdo! –Agarró la blusa de color lavanda–. ¡Pero que sepas que esto sólo lo
hacen los chicos gays!
Cuando
llegó arriba, se quitó la camiseta sin mangas y se metió la prenda de Satanás
por la cabeza. Tenía un volante en el dobladillo, justo donde rozaba la
cinturilla de los vaqueros. Las delicadas tiras caían sobre sus hombros y se le
veían los tirantes del sujetador; así que él tenía razón después de todo. Por
supuesto que tenía razón. Era experto en ropa interior femenina. Por fortuna,
su sujetador era de color azul claro, y aunque los tirantes no eran de encaje,
tampoco eran blancos, lo que hubiera sido un agravio imperdonable para el señor
Vogue Magazine que la esperaba abajo.
–Hay
una falda en una de las bolsas –dijo él desde las escaleras–, por si te apetece
deshacerte de los vaqueros.
Ignorándolo,
se quitó las sandalias, y se puso las botas militares negras antes de bajar las
escaleras.
–Eso
ha sido muy infantil –le dijo él cuando le vio el calzado.
–¿Estás
listo o no?
–No
creo que haya conocido nunca a una mujer con tanto miedo a mostrar su
feminidad. Cuando vayas al loquero...
–No
empieces. Me toca conducir. –Le tendió la mano con la palma hacia arriba, y
casi le dio un infarto cuando él le pasó las llaves sin discutir.
–Lo
comprendo –dijo él–, necesitas reafirmar tu masculinidad.
Peter
ya se había anotado demasiadas pullas verbales por ese día, pero Lali estaba
tan encantada con la idea de conducir el Vanquish que lo dejó pasar.
Ese
coche era un sueño. Lo había observado manejar la caja de cambios, y él sólo se
tuvo que contener un par de veces antes de que ella le cogiera el tranquillo.
–Vamos
al pueblo –le dijo cuando llegaron a la carretera–. Antes de ir a cenar, quiero
tener una pequeña charla con Nita Garrison.
–¿Ahora?
–¿No
creerás en serio que voy a dejar las cosas así? No es mi estilo, campanilla.
–Puede
que me esté perdiendo algo, pero no creo que yo sea la persona más indicada
para acompañarte a hablar con Nita Garrison.
–Puedes
esperar en el coche mientras yo utilizo mi encanto con ese viejo murciélago.
–Sin previo aviso, él se le echó encima y comenzó a juguetear con su oreja.
Tenía unas orejas muy sensibles, y casi se salió de la carretera. Cuando abrió
la boca para decirle que apartara las manos, él le metió algo en el agujerito
de la oreja. Ella se miró en el retrovisor. Una gema color púrpura centelleó en
el espejo.
–Esto
son los complementos –dijo él–, te pondré el otro cuando paremos.
–¿Me
has comprado unos pendientes?
–Tenía
que hacerlo. Temía que un día aparecieras llevando unos tornillos.
Así,
de pronto, Lali tenía un estilista, y no era Gime. Se preguntó si él se habría
dado cuenta de que tenía algo en común con su madre. Ese hombre era tal cúmulo
de contradicciones que resultaba fascinante. Un hombre tan viril no debería
sentirse tan a gusto con esas cositas tan bellas. Debería de sentirse inclinado
sólo por el sudor. Odiaba que la gente no se ajustara a su rol. Siempre acababa
desconcertándola.
–Es
una pena, pero las gemas no son de verdad –dijo él–. Mis opciones de compra
eran muy limitadas.
Fueran
de verdad o no, le encantaban.
La
casa solariega de Nita Garrison estaba situada en una calle sombreada a dos
manzanas del centro del pueblo. Construida con la misma piedra caliza que el
banco y la iglesia católica, tenía un porche, un tejado a cuatro aguas y una
fachada de estilo italiano renacentista. Los frontones de piedra coronaban las
nueve grandes ventanas de guillotina –cuatro en la planta baja y cinco en la de
arriba–, la del centro era más ancha que las demás. El jardín estaba bien
cuidado, con un camino perfectamente delineado entre los arbustos.
Lali
frenó enfrente de la casa.
–Tan
acogedor como una prisión.
–Vine
antes, pero no estaba en casa.
El
brazo de Peter le rozó la nuca y el pulgar le acarició la mejilla cuando le
puso el otro pendiente. Lali se estremeció. Aquello era más íntimo que el sexo.
Se obligó a romper el hechizo.
–Cuando
quieras pedírmelos prestados no te cortes.
En
lugar de devolverle la pelota, él le frotó el pendiente y el lóbulo de la oreja
suavemente entre los dedos.
–Muy
amable.
Ella
estaba a punto de morir de lujuria cuando al fin la dejó en paz. Peter abrió la
puerta del coche y salió, luego se inclinó para mirarla con detenimiento.
–Ni
se te ocurra largarte...
Ella
se tiró del pendiente.
–No
iba a dejarte tirado. Solo iba a dar una vuelta rápida alrededor de la manzana
para no aburrirme.
–...
o pum. –La apuntó con el dedo índice como si fuera una pistola.
Lali
se recostó en el asiento y lo observó subir hacia la puerta principal. Se movió
una cortina en la ventana de la esquina. Él pulsó el timbre y esperó. Al no
contestar nadie, lo pulsó de nuevo. Nada. Golpeó la puerta con los nudillos. Lali
frunció el ceño. Nita Garrison no se andaba con chiquitas. ¿O es que Peter se
había olvidado del arresto de Lali hacía tan sólo cuatro días?
Él
se volvió y bajó los escalones del porche, pero el alivio que sintió Lali no
duró demasiado porque, en vez de darse por vencido, dobló la esquina hacia el
lateral de la casa. Peter creía que podía molestar a Nita impunemente sólo
porque era una ancianita, y lo más seguro es que Nita ya hubiera llamado a la
policía. Garrison no era Chicago. Garrison era una pesadilla para un yanqui, un
pequeño pueblo sureño con sus propias leyes. Peter iba a acabar en la cárcel, y
Lali se quedaría sin su cena. Un pensamiento alarmante atravesó su mente.
Confiscarían ese hermoso coche.
Bajó
de un salto del vehículo. Si no lo detenía, el Vanquish iría a parar a una de
esas subastas de la policía. Él estaba tan acostumbrado a utilizar su fama en
su propio beneficio que se creía invencible. Había menospreciado por completo
la autoridad de esa mujer.
Lali
siguió un camino adoquinado por el lateral de la casa y lo encontró espiando
por una ventana.
–¡No
hagas eso!
–Está
ahí –dijo él–. Puedo oler el azufre.
–Está
claro que no quiere hablar contigo.
–Qué
pena. Yo sí quiero hablar con ella. –Siguió hacia delante y dobló la siguiente
esquina. Apretando los dientes, ella lo siguió.
Había
un cuadrado de césped perfectamente cuidado y una fila de setos recortados
delante del garaje, que estaba edificado con la misma piedra caliza que la
casa. No había ni una sola flor a la vista, solo una fuente vacía de hormigón.
Ignorando las protestas de Lali, Peter subió los cuatro escalones de la puerta
trasera, que conducían a un pequeño porche sostenido por unos pilares
esculpidos a juego con el alero. Cuando él giró el pomo y abrió la puerta, Lali
comenzó a sisear como una gata mojada.
–¡Nita
Garrison llamará a la policía! Dame la cartera antes de que te arresten.
Él
la miró por encima del hombro.
–¿Para
qué quieres mi cartera?
–Para
ir a cenar.
–Eso
es demasiado rastrero, incluso para ti. –Metió la cabeza dentro de la casa. Se
oyó el ladrido bajo y distante de un perro, luego se hizo el silencio.
–¡Señora
Garrison! Soy Peter Lanzani. Se ha dejado la puerta de atrás abierta.
Y
se coló dentro.
Lali
clavó los ojos en la puerta abierta, y luego bajó deprisa las escaleras. Ni
siquiera la policía de Garrison podía arrestarla si no entraba, ¿no? Se sentó
en las escaleras y apoyó los codos en las rodillas mientras lo esperaba.
Una
quejumbrosa voz femenina invadió la quietud de la noche.
–¿Qué
crees que estás haciendo? ¡Sal de aquí!
–Sé
que éste es un pueblo pequeño, señora Garrison –dijo Peter–, pero debería tener
las puertas cerradas.
En
lugar de amilanarse, la voz se hizo más fuerte y chillona. Lali volvió a
detectar un leve acento de Brooklyn.
–Ya
me has oído. ¡Fuera!
–En
cuanto acabemos de hablar.
–No
pienso hablar contigo. ¿Qué estás haciendo ahí fuera, niña?
Lali
se giró bruscamente para ver cómo la señora Garrison se cernía amenazadoramente
sobre ella en el porche. Estaba muy maquillada, con una gran peluca plateada,
pantalones sueltos de punto y una túnica a juego adornada con collares dorados.
Esa tarde, sus tobillos sobresalían de un par de zapatillas gastadas color
magenta.
Lali
fue directa al grano.
–No
cruzar el límite para entrar ahí. Eso es lo que estoy haciendo.
–Usted
le da miedo –añadió Peter desde el interior–. Pero a mi no.
La
señora Garrison apoyó ambas manos en el bastón y miró a Lali como si fuera una
cucaracha. Lali se puso de pie a regañadientes.
–No
me da miedo –dijo ella–. Pero no he comido desde el desayuno, y todo lo que vi
en la cárcel fue una máquina expendedora... y nada más.
La
señora Garrison soltó un bufido desafiante y caminó arrastrando los pies hacia Peter.
–Has
cometido un error garrafal, señor Pez Gordo.
Lali
asomó la cabeza por la puerta.
–No
es culpa de él. El pobre ha recibido demasiados golpes en la cabeza. –Cediendo
a la curiosidad, atravesó el umbral.
A
diferencia del exterior sombrío, el interior de la casa estaba desordenado y
descuidado. Había una pila de periódicos al lado de la puerta trasera, y el
suelo de gres necesitaba una buena mano de fregona. El correo estaba
desparramado sobre una mesita de estilo provenzal francés al lado de un tazón
vacío de cereales, una taza de café y los restos de un plátano. La casa no
parecía demasiado sucia a pesar de que olía a rancio y parecía desatendida.
Había un labrador negro muy viejo y sobrealimentado con una mancha parda en el
hocico, tumbado desgarbadamente en una esquina donde el empapelado había
comenzado a despegarse. Las sillas doradas y la pequeña lámpara de araña le
daban a la cocina un cierto aire a un salón de Las Vegas.
Nita
levantó el bastón.
–Voy
a llamar a la policía.
Lali
no pudo soportarlo más.
__________________________________________________________________________
Gracias por los comentarios.
Si hay muchos comentarios subo a la noche.
Gracias :)


Ayuyy mas mas mas mas
ResponderEliminarwaaoo la dejo manejar el vanquish oseaa un suño me encanto el cap es buenisimaa la novee ppro ya quiero el rock :DD!!
ResponderEliminar@maaff_lazaro
Me encanta, de a poco peter y lali se acercan Más!!!!!!
ResponderEliminarmaaaaaaaaaaaaaaaaas noveeeeeeeeeeeeeeeeeeeee
ResponderEliminarMuy buena,ninguno da el brazo a torcer,JAJA
ResponderEliminarMas nove!!!
ResponderEliminarEspero maaaaaaaaas :))
ResponderEliminarbesitooo
Ariii
@AriadnaAyelen
Me hubiese gustado que lali lo deslumbrara vistiendose con la ropa que el le compro
ResponderEliminarPara cuando el rock?
ResponderEliminarOjala lali sacara lo sexy que lleva dentro
ResponderEliminarMAs noveeeeeee
ResponderEliminarK mujer mas gruñona ,seguro k está amargada.Lali no pudo soportarlo mas¡k le irá a decir!.
ResponderEliminarMas novela .
ResponderEliminarq vieja d mierda!!
ResponderEliminarmasssssss