Adaptacion Laliter: La Mascara Del Amor. Twitter : @Joslielove . Gracias por leer y por comentar.

martes, 31 de julio de 2012

Nacida para Seducir Cap 61


                                    Nacida para Seducir 

–Me ha presionado demasiado, señora. Es hora de jugar al juego pervertido de Prison Break.

Ella se humedeció los labios.

–Eso... eh... suena aterrador.

–Oh, y lo es. Por lo menos para ti. Si intentas huir lo lamentarás. Ahora date la vuelta y ponte de cara al árbol.

Lali sintió la tentación de huir para ponerlo a prueba, pero la idea del árbol era demasiado excitante. Desde el principio habían estado jugando a distintos juegos de dominación y sumisión. Mantenía la perspectiva de las cosas, justo como ella quería.

–¿Qué árbol?

–Elige la prisionera. Será tu última elección antes de que yo tome el mando.

Ella se demoró demasiado admirando los músculos que se marcaban bajo la camiseta de Peter. Él se cruzó de brazos.

–No me hagas tener que repetírtelo.

–Quiero llamar a mi abogado.

–Aquí no existe más ley que la mía.

Él aún podía sorprenderla. Estaba sola con más de ochenta kilos de macho dominante, y jamás se había sentido más segura o más excitada.

–No me hagas daño.

Peter se quitó las gafas de sol y las cerró lentamente.

–Eso dependerá de lo buena que seas cumpliendo órdenes.

Con las rodillas temblorosas por la excitación, Lali se acercó hacia un arce rojo rodeado por una alfombra de musgo. Ni siquiera las salpicaduras de agua de la cascada cercana apagaban su ardor. Cuando acabaran, tendría que recompensarlo del mismo modo, pero por ahora, simplemente se limitaría a disfrutar.

Él lanzó a un lado las gafas de sol y la agarró por el codo para dejarla de cara al árbol.

–Pon las manos en el tronco y no las muevas a menos que yo te lo diga.

Lali extendió los brazos sobre su cabeza con lentitud. El áspero roce de la corteza contra su piel aumentó la sensación erótica de peligro.

–Eh... ¿de qué va todo esto, señor?

–De la reciente fuga en la prisión de máxima seguridad de mujeres al otro lado de las montañas.

–Ah, eso. –¿Cómo podía un famoso deportista tener tanta imaginación?–. Pero yo no soy más que una excursionista inocente.

–Entonces no le importará si la registro.

–Bueno, pero sólo para probar mi inocencia.

–Una chica sensata. Ahora separe las piernas.

Ella abrió lentamente sus piernas desnudas. Él se arrodilló detrás de ella y se las acabó de separar con brusquedad. La barba de tres días de Peter rozó el interior del muslo de Lali mientras le bajaba los calcetines y le rodeaba los tobillos con los dedos. Le masajeó con el pulgar el hueco justo debajo del hueso del tobillo, despertando una zona erógena que ella ni siquiera sabía que existía. Él se tomó su tiempo para recorrerle las piernas desnudas con las manos. A Lali se le puso la piel de gallina. Esperaba que llegara al dobladillo de los pantalones cortos, pero se sintió frustrada cuando lo bordeó para levantar la parte trasera de la camiseta.

–Un tatuaje de prisión –gruñó él–. Tal como sospechaba.

–Bebí demasiado en una excursión del colegio, y cuando me desperté...

Los dedos de Peter se detuvieron en la suave curva de la espalda, justo encima de la cinturilla de los pantalones cortos.

–Ahórrese saliva. Sabe qué significa esto, ¿no?

–¿Que no podré ir a más excursiones del colegio?

–No. Tengo que cachearla sin ropa.

–Oh, por favor, eso no.

–No se resista o tendré que ponerme duro. –Le deslizó las manos debajo de la camiseta, le levantó el sujetador, y arrastró los pulgares por los pezones de Lali. Ella gimió y dejó caer los brazos.

Peter le pellizcó los pezones.

–¿Acaso he dicho que pueda moverse?

–Lo siento. –Si continuaba así iba a morir de éxtasis. De alguna manera consiguió levantar los brazos, que parecían de goma, hasta la posición anterior. Él le abrió la cremallera y le bajó los pantalones cortos y las bragas hasta los tobillos. El aire fresco le rozó la piel desnuda. Apretó la cara contra el duro tronco del árbol mientras le tocaba el trasero, amasándolo, rozando la hendidura de sus nalgas con los pulgares, como probando hasta dónde le dejaría ella llevar ese juego taimado.

Al parecer, muy lejos.

Al final, cuando ella ya estaba loca de necesidad, cuando apenas se mantenía en pie, Lali oyó el sonido de la cremallera de Peter.

–Y por último... –dijo él con voz ronca.

Entonces la giró hacia él y se quitó los calzoncillos y los pantalones cortos de una patada. Tenía los ojos entrecerrados, oscuros de deseo. Como si pesara menos que una pluma, la tomó en brazos y le apoyó la espalda contra el tronco del árbol. Le abrió las piernas y se acomodó entre ellas. Ella le rodeó las caderas con las pantorrillas y entrelazó los brazos alrededor de la firme columna de su cuello. Peter la abrió con los dedos, explorando su deseo, y, al fin, reclamó lo que era, en ese momento, indiscutiblemente suyo.

Era tan fuerte que mientras la penetraba profundamente, se aseguró de que el áspero tronco no le dañara la piel. Lali enterró la cara en el cuello de Peter, tomó aire y llegó al climax mucho antes de lo que quería. Él esperaba más de ella. Después de dejarla descansar un momento, siguió moviéndose en su interior, llenándola, incitándola, ordenándole que se uniera a él.

El agua de la cascada fluía junto a ellos. El sonido del chorro cristalino se mezclaba con sus entrecortadas respiraciones, con sus ásperas órdenes y sus roncas palabras de cariño. Sus bocas se amoldaron, tragándose las palabras. Él le apretó el trasero. Una embestida más y ellos, también, se unieron a la corriente.

Luego no dijeron nada. Cuando volvieron sobre sus pasos, él se adelantó a ella que, asombrada, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Esos viejos sentimientos de querer pertenecer a alguien habían arraigado en su alma de nuevo.

Peter caminó más rápido, aumentando la distancia entre ellos. Lali lo comprendía demasiado bien. Peter entraba y salía de las relaciones como otros se cambiaban de chaqueta. Amigos, amantes..., eso era fácil. Cuando una relación llegaba al final, había una larga cola de mujeres esperando para iniciar otra.

Peter se giró y la llamó..., le gritó algo sobre que se le había abierto el apetito. Ella se forzó a sonreír, el placer del encuentro había desaparecido. Lo que había comenzado como un absurdo juego sexual había dejado sus sentimientos tan frágiles e indefensos como los de la niña que había sido una vez.

Nacida para Seducir Cap 60


                                   Nacida para Seducir 
–¡La señora Garrison me acaba de decir que su cumpleaños es dentro de dos semanas! Y nunca ha tenido una fiesta de cumpleaños. Marshall sólo le regalaba joyas. Peter, ¿podríamos hacerle aquí una fiesta sorpresa? Por favor, Lali. Podrías hacer un pastel y algunos perritos calientes y cosas así.

–¡No!

–¡No!

Cande frunció el ceño con gesto de disgusto.

–¿No creéis que os estáis pasando?

–Sí –dijo Peter–. Y no me importa. No voy a organizar una fiesta para ella.

–Hazlo tú, Lali –dijo Cande–. En su casa.

–No creo que me lo agradeciera. El agradecimiento no forma parte de su vocabulario. –Lali cogió la taza de plástico donde había echado la pintura y se subió a la escalera de mano.

–Puede que si todo el mundo dejase de ser tan borde con ella todo el rato, ella dejaría de serlo también. –Cande se fue enfadada.

Lali la siguió con la mirada.

–Nuestra niñita comienza a actuar como una niña normal y corriente.

–Lo sé. ¿A que es genial?

Era más que genial.

Peter finalmente se marchó para mirar algunos caballos. Lali cogió un poco de pintura blanca con el pincel, y  Cande volvió a la carga sin soltar la guitarra.

–Apuesto lo que quieras a que nadie le manda siquiera una tarjeta de cumpleaños.

–Yo le mandaré una. Incluso le haré un pastel. Le daré una fiesta a la que sólo asistamos nosotras.

–Sería mejor si viniera más gente.

Cuando Cande regresó con Nita, a Lali se le ocurrió una idea interesante, y como era mucho mejor pensar en ello que en lo que estaba tomando forma en las paredes, consideró la idea un buen rato y, finalmente, llamó a Mery a la tienda de segunda mano.

–¿Quieres que el pueblo le dé a Nita una fiesta sorpresa de cumpleaños? –exclamó Mery después de que Lali le explicara su idea–. ¿Y dentro de dos semanas?

–Que sea dentro de dos semanas es el menor de nuestros problemas. Obligar a la gente a que asista es el verdadero reto.

–¿De veras crees que si le damos una fiesta se ablandará lo suficiente como para apoyar el plan del pueblo?

–Probablemente no –dijo Lali–. Pero a nadie se le ha ocurrido nada mejor, y a veces ocurren milagros, así que creo que debemos intentarlo.

–No sé. Deja que lo consulte con Penny y Mónica.

Media hora después, Mel volvió a llamarla.

–Lo haremos –dijo con una falta total de entusiasmo–. Pero tienes que asegurarte de que ella esté allí. Si Nita se huele algo y se niega a aparecer, habremos perdido el tiempo.

–Estará allí aunque tenga que dispararle y llevarla a rastras.

Tras media docena más de interrupciones, entre ellas varias de Nita, Lali cubrió las dos puertas que daban al comedor con el plástico que habían usado los trabajadores. Cuando lo había asegurado, añadió unos carteles donde se podía leer «NO ENTRAR. PELIGRO DE MUERTE». Ya estaba lo suficientemente nerviosa sin tenerlos a todos mirando por encima del hombro.

Al final del día, había hecho jurar a todos los miembros de la casa por sus iPods, guitarras, Tango, Puffy y cierto par de botas de Dolce & Gabbana que se mantendrían alejados del comedor hasta que los murales estuvieran listos.

Por la noche, se acercó al dormitorio de Nita cuando la anciana estaba quitándose la peluca, revelando su pelo corto y cano.

–Hoy he tenido una interesante llamada telefónica –dijo Lali mientras se sentaba en el borde de la cama–. No iba a decirle nada, pero acabará enterándose de todas formas y luego me echará la bronca por no habérselo contando.

Nita se cepilló el pelo. No se había anudado el kimono y Lali vio que llevaba puesto su camisón favorito de raso rojo.

–¿Qué tipo de llamada telefónica?

Lali alzó las manos.

–Un montón de idiotas pensaban darle una fiesta sorpresa por su cumpleaños. Pero no se preocupe. Les dije que no se molestaran. –Cogió el ejemplar de la revista Stars que había a los pies de la cama y fingió mirarla–. Supongo que algunos de los jóvenes del pueblo se enteraron de lo mal que la habían tratado en el pasado y querían compensarlo..., como si pudieran hacerlo..., con una fiesta en el parque, un pastel grande, globos y algunos discursos estúpidos de personas que odia. Por supuesto, lo dejé bien claro. Nada de fiestas.

Por una vez, Nita pareció quedarse muda. Lali siguió ojeando las páginas con fingida inocencia. Nita dejó el cepillo sobre el tocador y se ató con rudeza la faja del kimono.

–Podría ser interesante.

Lali ocultó una sonrisa.

–Sería un rollo. No se preocupe, ya me encargaré de que no la hagan. –Fingió que leía la revista–. Sólo porque al fin se hayan dado cuenta de lo mal que se portaron con usted no quiere decir que no pueda seguir ignorándolos.

–Creía que tú estabas de su lado –replicó Nita–. Siempre me andas recriminando sobre lo mucho que perjudico a la gente. Se supone que debería dejarlos abrir esas tiendas en las que nadie comprará nada. O poner un Bed & Breadfast que jamás hospedará a nadie.

–No son malos negocios, pero está claro que, usted es demasiado vieja para comprender la economía moderna.

Nita chasqueó la lengua y luego cargó contra Lali.

–Vuelve a llamarles ahora mismo para decirles que hagan la fiesta. ¡Cuánto más grande mejor! Me la merezco, y ya es hora de que se hayan dado cuenta.

–No puedo hacer eso ahora. Se supone que es una fiesta sorpresa.

–¿Crees que no puedo fingir que estoy sorprendida?

Lali se pasó un buen rato discutiendo, y cuanto más discutía, más se obcecaba Nita. Eso sí que podía considerarse un trabajo bien hecho.

Los murales, sin embargo, eran otra historia. Cada día que pasaba, Blue se desviaba más de lo que había dibujado en los bocetos hasta que finalmente los arrancó de las paredes.


A Peter se le ocurrió celebrar el Cuatro de Julio haciendo una excursión a pie por las Smokies con Lali. Con sus largas piernas y su ritmo incansable, tuvo que detenerse en varias ocasiones para esperarla, pero no intentó apresurarla en ningún momento. Incluso le aseguró que le gustaba ir a paso lento porque así no sudaba y no se le estropeaba la gomina. Lali no veía ni una sola gota de gomina en ese pelo dorado, pero él estaba siendo demasiado amable con ella para señalárselo. Odiaba cuando se hacía el simpático, así que cuando pararon a almorzar, intentó buscar bronca. Peter la condujó sin motivo aparente hacia un área sombreada cerca de una cascada y la besó hasta que ella estuvo demasiado jadeante para pensar con coherencia. A partir de ahí, él tomó ventaja.

–Tú –dijo él–. Contra el árbol.

Los cristales plateados del último y carísimo par de gafas de sol de Peter le devolvieron su imagen, pero la deliciosa amenaza que veía en su boca la hizo temblar.

–¿Qué quieres decir?

–Me ha presionado demasiado, señora. Es hora de jugar al juego pervertido de Prison Break.

Ella se humedeció los labios.
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El proximo cap es bastante zarpado. lo subo esta noche ?
Si hay muchos comentarios lo subo esta noche.
Gracias :)

lunes, 30 de julio de 2012

Nacida para Seducir Cap 59

                                      Nacida para Seducir

Lali contempló el retrato acabado antes de salir de la casa. En él, Nita aparecía con un traje de noche azul claro de una exhibición de danza de los años cincuenta, y tenía el pelo recogido en un moño estilo años sesenta que dejaba a la vista unos pendientes de diamantes que Marshall le había regalado el día de su boda, en los setenta. Se veía delgada y encantadora. Tenía la piel perfecta y estaba maquillada sólo lo justo. Lali la había pintado posando en una majestuosa escalinata con Tango a sus pies. Nita había intentado que eliminara al perro del retrato.

–No es tan malo como esperaba –dijo Nita la primera vez que vio el retrato colgado sobre el empapelado dorado del vestíbulo.

Lali tomó eso como que le había encantado, y, a pesar de lo ostentoso que resultaba el cuadro, estaba muy orgullosa de lo bien que había captado la imagen que tenía Nita de sí misma: la mirada de gatita sexy en los ojos, la provocativa sonrisa de los labios rosados, y el toque perfecto de platino del peinado. Más de una vez había pillado a Nita estudiando el retrato en el pasillo, con una expresión de nostalgia en sus viejos ojos.

Ahora que Lali disponía de efectivo en la cartera no había ninguna razón para quedarse. Podía marcharse de Garrison cuando quisiera.

Nita apareció a sus espaldas y juntas partieron hacia la granja para la cena de los domingos. Peter y Cande hicieron hamburguesas en la parrilla y Lali se encargó del acompañamiento: frijoles con ensalada de sandía condimentada con menta y zumo de lima. No le había dado el primer bocado a la hamburguesa, cuando Peter empezó a incordiarla para que le hiciera los murales, acusándola de ingratitud, de cobardía artística, y alta traición; cosas fáciles de ignorar. Hasta que Gime metió baza.

–Sé lo mucho que amas esta casa, Lali. Me sorprende que no quieras dejar tu impronta en ella.

A Lali se le puso la piel de gallina, y mientras todos se dedicaban a tomar otra ración, ella supo que tenía que pintar los murales. No sólo para dejar su impronta en la casa como había dicho Gime, sino que también quería dejar su huella en Peter. Los murales durarían años. Cada vez que Peter entrara en esa habitación, él se vería forzado a recordarla. Podía olvidar el color de sus ojos, incluso su nombre, pero mientras esos murales estuvieran en las paredes, no podría olvidarla a ella. Lali empujó la comida a un lado del plato, se había quedado sin apetito.

–Vale, los haré.

A Gime se le cayó un trozo de sandía del tenedor.

–¿De verdad? ¿No cambiarás de idea?

–No, pero recuerda que te lo advertí. Mis paisajes son...

–Mierdas sentimentaloides. –Apuntó Peter con una sonrisa–. Lo sabemos. Enhorabuena, campanilla.

Nita levantó la vista de sus frijoles. Para sorpresa de Lali no protestó.

–Con tal de que me hagas el desayuno, y vuelvas a tiempo de hacerme la cena, no me importa lo que hagas.

–Lali se quedará ahora en la caravana –dijo Peter sin tapujos–. Será lo más conveniente para ella.

–¿No querrás decir que es más conveniente para ti? –replicó Nita–. Lali es tonta, pero no estúpida.

Lali podría habérselo rebatido. Pero no sólo era tonta, era completamente estúpida. Cuanto más tiempo permaneciera allí, mucho más le costaría luego marcharse. Lo sabía por experiencia. Bueno, tenía los ojos bien abiertos. Echaría muchísimo de menos a Peter cuando se fuera, pero se había pasado toda una vida diciéndole adiós a la gente que le importaba, así que ya debería estar acostumbrada.

–No hay motivos para que sigas viviendo en ese mausoleo –dijo Peter la noche siguiente cuando cenaban en el Barn Grill–. No cuando vas a trabajar todos los días en la granja. Sé cuánto te gusta dormir en la caravana. Incluso te instalaré un retrete portátil de Porta Potti para ti sola.

Ella quería quedarse en la granja. Quería escuchar el débil repiqueteo de la lluvia de verano sobre el techo de la caravana mientras se quedaba dormida, hundir los pies descalzos en la hierba mojada cuando saliera por la mañana, dormir toda la noche acurrucada junto a Peter. Quería todo aquello que sabía que la torturaría cuando se marchara de allí.

Lali dejó la jarra de cerveza sobre la mesa sin haber bebido ni un solo sorbo.

–De ninguna manera pienso renunciar a que mi Romeo trepe por el balcón todas las noches en busca de su golosina preferida.

–Cualquier día me partiré la cabeza por catar esa golosina.

Eso no ocurriría. Sin que Romeo lo supiera, Julieta había contratado a Chauncey Crole, que era el hombre para todo del pueblo, para reforzar la barandilla de hierro.

Syl apareció de pronto en la mesa. Una vez más quería conocer los progresos de Lali para convencer a Nita de que accediera al plan de mejora del pueblo. Por enésima vez, Lali intentó convencerla de lo inútil de esa tarea.

–Si yo digo blanco, ella dice negro. Cada vez que intento hablar con ella del tema, empeoro las cosas.

Mery le birló a Lali una patata frita y comenzó a mover el pie al ritmo de la canción «Honky Tonk Badonkadonk» de Trace Adkins.

–Tienes que adoptar una actitud más positiva, Lali. Díselo, Peter. Dile que nadie consigue nada sin una actitud positiva.

Peter le dirigió a Lali una mirada larga y penetrante.

–Mery tiene razón, Lali. Una actitud positiva es la clave del éxito.

Lali pensó en los murales. Pintarlos sería como mudar de piel, pero no de una manera natural como cuando uno se quema por el sol, sino de una manera dolorosa, como si la piel estuviera en carne viva.

–No puedes darte por vencida –dijo Mery–. No cuando todo el pueblo depende de ti. Eres nuestra última esperanza.

Cuando Mery se marchó, Peter pasó un trozo de perca asada al plato de Lali.

–Las buenas noticias son que la gente está tan ocupada dándote la lata que han dejado de prestarme atención a mí –dijo él–. Ahora ya puedo comer tranquilo.

No mucho después, Karen Ann arrinconó a Lali en el aseo de señoras. En el Barn Grill ya no le servían alcohol, pero eso no había mejorado su carácter.

–No sé si lo sabes Lali, pero Mister Perfecto se está tirando a todo el pueblo a tus espaldas.

–Ya lo sabía. De lo que no estoy tan segura es de si sabes que yo también me estoy tirando a Ronnie a tus espaldas.

–Gilip*llas.

–Deberías intentar centrarte, Karen Ann. –Lali arrancó una toalla de papel del dispensador–. Tu hermana fue quien te robó el Trans Am., no yo. Yo soy la que te pateó el culo, ¿recuerdas?

–Sólo porque estaba borracha. –Se apoyó una mano en la cadera huesuda–. ¿Obligarás a esa vieja bruja a abrir el pueblo, sí o no? Ronnie y yo queremos poner una tienda de cebos.

–No puedo hacer nada. ¡Nita me odia!

–¿Y qué más da? Yo también te odio. Pero eso no quiere decir que debas hundirte en la miseria y dejarnos en la estacada.

Lali soltó la toalla de papel mojada en las manos de Karen Ann y regresó a la mesa.

El último día de junio, Lali cargó sus utensilios de pintura en el asiento de atrás del Vanquish de Peter, lo sacó del garaje de Nita, y enfiló hacia la granja. En lugar de abandonar Garrison, iba a comenzar a trabajar en los murales del comedor. Se había puesto tan nerviosa que no pudo desayunar y llevó todas las cosas adentro con el estómago revuelto. Simplemente con mirar las paredes en blanco, sentía que las manos se le ponían húmedas y pegajosas.

Todos excepto Peter asomaron la cabeza por allí mientras hacía los preparativos. Incluso apareció Jack. Lali lo había visto media docena de veces en las últimas semanas, pero aún se tropezaba con la escalera de mano cuando él andaba cerca.

–Lo siento –dijo él–. Creí que me habías oído llegar.

Ella suspiró.

–No habría servido de nada. Nunca dejaré de ponerme en ridículo en tu presencia.

Él sonrió ampliamente y la abrazó.

–Genial –masculló Lali–. Ahora no podré lavar esta camiseta en lo que me queda de vida, y era mi favorita.

Cuando él se marchó, ella pegó algunos bocetos en las paredes para poder mirarlos mientras trabajaba. Con un carboncillo, comenzó a esbozar los contornos por las paredes: las colinas y el bosque, el estanque, un pasto recién segado. Cuando estaba delineando la cerca, oyó que se detenía un coche en el camino de entrada y echó un vistazo por la puerta.

–Dios Bendito.

Salió al porche y observó cómo Nita salía del Corvette rojo. Gime había debido de oír también el coche, porque apareció por detrás de Lali y soltó un taco.

–¿Qué está haciendo? –le gritó Lali–. Creía que usted no podía conducir.

–Por supuesto que puedo conducir –le espetó Nita–. ¿Para qué querría un coche si no puedo conducirlo? –Señaló con el bastón hacia el sendero adoquinado–. ¿Qué tiene de malo el cemento? Cualquiera puede partirse la cabeza. ¿Dónde está Cande? Debería estar aquí ayudándome.

–Aquí estoy, señora Garrison. –Cande se acercó corriendo. Por una vez no llevaba la guitarra a cuestas–. Lali no me dijo que iba a venir.

–Lali no lo sabe todo. Sólo cree que lo sabe.

–Estoy maldita–masculló Lali–. ¿Qué he hecho para merecer esto?

Cande ayudó a Nita a entrar en la casa y la condujo directamente a la mesa de la cocina.

–Me he traído el almuerzo. –Nita sacó el sandwich que Lali le había metido en una bolsa antes de salir–. No quiero ser una molestia.

–Usted no es una molestia –dijo Cande–. Cuando acabe de comer, le leeré el horóscopo y le tocaré la guitarra.

–Necesitas practicar ballet.

–Lo haré. Después de tocar la guitarra.

Nita soltó un carraspeo.

Lali apretó los dientes.

–¿Qué está haciendo aquí?

–Cande, ¿podrías mirar si tenéis mayonesa de Miracle Whip? Como a Lali no le gusta esa marca, se cree que no le gusta a nadie más. Así es Lali. –Cande fue a la nevera a por un bote. Nita se lo quitó de las manos y le pidió a Gime un té helado–. Nada de esas cosas instantáneas. Y con mucho azúcar. –Le ofreció a Cande la mitad de su sandwich.

–No gracias. A mí tampoco me gusta esa mayonesa.

–Tienes que acostumbrarte a comer de todo.

–Gime dice que no se deben comer cosas que no te gustan.

–Eso valdrá para ella, pero no para ti. Sólo porque estuvieras algo gorda no significa que debas convertirte en una anoréxica.

–Olvídelo, señora Garrison –dijo Gime con firmeza–. Cande no se está convirtiendo en una anoréxica. Sólo presta más atención a lo que come.

Nita carraspeó de nuevo, pero si se trataba de Gime, sabía cuándo no discutir.

Lali regresó al comedor con la fuerte sensación de que ése no sería el único día que Nita se pasaría por allí.

Más tarde llegó Peter, sucio y sudoroso, de trabajar en el porche. Lali decidió que había una gran diferencia entre un hombre sudoroso que no se duchaba con regularidad y otro que se había duchado esa misma mañana. El primero era repulsivo, el segundo no. No es que quisiera precisamente acurrucarse contra su pecho húmedo, pero tampoco le desagradaba la idea.

–Tu sombra está echándose un sueñecito en la sala –le dijo Peter, ignorante del efecto que él y su camiseta húmeda tenían sobre ella–. Esa mujer tiene más agallas que tú.

–Por eso nos llevamos tan condenadamente bien.

El examinó los bocetos que Lali había pegado en la puerta y en los marcos de las ventanas, luego centró la atención en la enorme pared, donde ella había empezado a trabajar en el cielo.

–Éste es un proyecto muy grande. ¿Cómo sabes por dónde empezar?

–De arriba abajo, de claro a oscuro, desde el fondo al primer plano, de las pinceladas más finas a las más gruesas. –Se bajó de la escalera de mano–. El hecho de que conozca la técnica no quiere decir que no vayas a lamentar haberme forzado a realizar este trabajo. Mis paisajes son...

–Mierda sentimentaloide. Ya lo sé. Me gustaría que dejaras de preocuparte. –Le pasó el rollo de cinta adhesiva que ella había dejado caer y estudió las latas de pintura–. Veo que son pinturas de látex.

–También trabajo con esmalte y óleo porque se secan más rápido, y las utilizo directamente del bote si quiero un color más intenso.

–Y la arena para gatos que saqué del coche...

–Es la mejor manera de eliminar la trementina con que limpio mis pinceles. La absorbe y luego puedo...

Cande entró a tropel en la habitación con la guitarra a cuestas.

–¡La señora Garrison me acaba de decir que su cumpleaños es dentro de dos semanas! Y nunca ha tenido una fiesta de cumpleaños. Marshall sólo le regalaba joyas. Peter, ¿podríamos hacerle aquí una fiesta sorpresa? Por favor, Lali. Podrías hacer un pastel y algunos perritos calientes y cosas así.

Nacida para Seducir Cap 58

                                   Nacida para Seducir

–Te echaba de menos, así que volví antes.


Ella no se lo creyó, pero era cierto. También había echado de menos a Gime; más de lo que creía. Y de alguna retorcida manera, incluso había extrañado la punzada de dolor que sentía al observar a Peter jugando con Cande, riéndose con Lali o incluso discutiendo con la anciana. Se sentó en el suelo al lado del único hijo que en realidad tenía, la niña que de alguna manera le había llegado al corazón.


–¿Cómo va ese acorde de Fa?


–Bien.


Recogió la púa que había caído sobre la hierba.


–Tienes una voz única. Lo sabes, ¿no? –Ella se encogió de hombros.


De pronto, recordó las palabras que Marli había pronunciado en una breve conversación telefónica el año anterior.


«Su profesor dice que tiene una voz maravillosa, pero nunca la he oído. Ya sabes cómo te besa el culo todo el mundo cuando eres una celebridad. Incluso utilizan a tus hijos para llegar hasta ti.»


Sí, aquél era un error más que añadir al equipaje. Había asumido sin cuestionarlo que Cande estaría mejor con su ex esposa que con él, aunque sabía con exactitud lo egocéntrica que era Marli. Jugó con la púa entre los dedos.


–Cande, cuéntame algo.


–¿Sobre qué?


–Sobre tu voz.


–No tengo nada que decir.


–No me vengas con ésas. Tienes una voz increíble, pero cuando te pedí que cantaras conmigo me dijiste que no podías. ¿Pensabas que no me gustaría?


–Sigo siendo yo –masculló ella.


–¿Qué quieres decir?


–Que sepa cantar no me convierte en una persona diferente.


–No comprendo lo que quieres decir. –Lanzó la púa hacia los restos de madera–. Cande, explícamelo. Dime lo que piensas.


–Nada.


–Soy tu padre. Te quiero. Puedes contármelo.


La incredulidad asomó a esos ojos tan parecidos a los suyos. Las palabras no la convencerían de lo que él sentía. Con la guitarra entre los brazos, se levantó de un salto. Los pantalones que Gime le había comprado le cayeron hasta las caderas.


–Tengo que darle de comer a Puffy.


Cuando se alejó corriendo, él se apoyó contra una de las columnas del porche. Cande no creía que la quería. ¿Y por qué debería hacerlo?


Unos minutos más tarde, Gime emergió del bosque haciendo footing con un ceñido top deportivo color carmesí y unos pantalones cortos ajustados de color negro. Gime sólo se sentía segura con él si había otras personas cerca, y sus pasos vacilaron. Él pensó que pasaría de largo, pero ella aminoró el ritmo y se dirigió hacia él. Ese cuerpo firme, con el estómago desnudo brillante de sudor, le hizo hervir la sangre.


–Pensaba que llegarías más tarde –dijo ella, intentando recobrar el aliento.


A Jack le crujió una de las rodillas cuando se puso de pie.


–Solías decir que el ejercicio era para perdedores que no tenían otras maneras más creativas de perder el tiempo.


–Solía decir un montón de tonterías.


Jack clavó los ojos en la gotita de sudor que se deslizaba por el valle entre sus pechos.


–No te detengas por mí.


–Estaba bajando el ritmo.


–Te acompaño.


Jack se colocó a su lado. Ella se interesó por su viaje. En otra época, le hubiera preguntado por las mujeres que viajarían con la banda y dónde se alojarían. Ahora hacía las típicas preguntas de una mujer de negocios sobre la venta anticipada de entradas y gastos generales. Se dirigieron hacia la cerca de madera recién pintada de blanco que rodeaba el pasto recién segado.


–Oí cómo Peter le decía a Cande que iba a comprar unos caballos en primavera.


–Siempre le han gustado –dijo ella.


Jack apoyó el pie en el travesaño inferior.


–¿Sabías que Cande canta estupendamente?


–Acabas de enterarte, ¿no?


Jack ya estaba harto de que todo el mundo le señalara sus errores cuando él era el primero en percatarse de ellos.


–¿Qué opinas ?


Gime se tomó un momento antes de ir directa al grano.


–La oí la semana pasada por primera vez. –Apoyó los brazos en la cerca–. Cande estaba escondida detrás de las parras. Me quedé impresionada.


–¿Has hablado con ella sobre eso?


–No me dio oportunidad. En cuanto me vio, dejó de cantar y me pidió que no te lo dijera. Es difícil imaginar una voz así en alguien tan joven.


Jack no lo dudaba.


–¿Por qué está tratando de ocultármelo?


–No lo sé. Puede que haya hablado del asunto con Peter.


–¿Podrías preguntarle?


–Eres tú el que tiene que dar la cara.


–Sabes que Peter no hablará conmigo –dijo él–. Caramba, hemos levantado ese jodido porche sin intercambiar más de veinte frases.


–Tengo la BlackBerry en la cocina. Mándale un correo electrónico cuando entres.


Bajó el pie de la cerca.


–¿No te parece patético?


–Lo estás intentando, Jack. Eso es lo que importa.


Jack quería más. Quería más de Peter. Más de Cande. Más de Gime. Quería lo que ella solía darle libremente, y le rozó la mejilla suave con los nudillos.


–Gime, yo...


Ella sacudió la cabeza y se alejó.



Peter no vio el correo electrónico sobre las aptitudes de canto de Cande hasta bastante más tarde, y le llevó un momento darse cuenta de que provenía de Jack y no de Gime. Lo leyó rápidamente y luego escupió la respuesta.


«Averígualo por ti mismo.»


Mientras salía, pensó en Lali, algo que llevaba haciendo con cierta frecuencia. Muchas mujeres pensaban que tenían que actuar como actrices porno para excitarlo y volverlo loco, pero en realidad todo se volvía muy artificial. Lali, por el contrario, parecía no haber visto nunca una película porno. Era torpe, espontánea, impulsiva, estimulante y siempre ella misma... tan imprevisible en la cama como en todo lo demás. Pero no confiaba en ella, y no le cabía, duda de que no podía depender de ella.


Apoyó la escalera de mano contra un lateral del porche para subir y comprobar el tejado. En esta ocasión no le dolió el hombro. A un mes de comenzar los entrenamientos, nunca había tenido en mente más que una relación a corto plazo. Y era lo mejor, ya que Lali era, fundamentalmente, una chica solitaria. Quería llevarla a montar a caballo la semana siguiente, pero ¿quién sabía si ella aún estaría por allí para entonces? Una noche treparía por el balcón y ya se habría ido.


Mientras se abrochaba el cinturón de herramientas para subir por la escalera de mano, tuvo clara una cosa. Puede que Lali le estuviera ofreciendo su cuerpo, pero se guardaba todo lo demás para ella, y eso no le gustaba nada.

Dos noches más tarde, Jack encontró a Gime bailando descalza al borde del estanque con el pelo recogido. Sólo la acompañaban el chirriar de los grillos y el susurro de los juncos. Agitaba los brazos en el aire y su pelo ondeaba como filamentos de oro alrededor de su cabeza, y sus caderas, esas caderas seductoras, enviaban un telegrama sexual: ven, nene..., dámelo todo, nene.


Toda la sangre se le concentró en la ingle. La ausencia de música la hacía parecer un hada: misteriosa, bella y algo chalada. Gime, con esa mirada de diosa y ese coqueto mohín..., era la chica que se había pasado los setenta sirviendo a los dioses del rock'n'roll. Él conocía ese baile mejor que nadie. Sus excesos, sus exigencias alocadas, sus desmanes sexuales habían sido un polvorín para un chico de veintitrés años. Un chico que él había dejado atrás hacía mucho tiempo. Ahora no podía imaginarla doblegando su voluntad a nadie que no fuera ella misma.


Mientas se mecía con ese ritmo imaginario, la luz que provenía de la puerta trasera de la casita de invitados iluminó brevemente el cable de los auriculares. No estaba imaginando la música después de todo. Estaba bailando al son de una canción de su iPod. No era más que una mujer de mediana edad echando una cana al aire. Pero saberlo no rompió el hechizo.

Sus caderas se contonearon una última vez. Su pelo brilló tenuemente antes de bajar los brazos y quitarse los auriculares. Él se volvió sigilosamente de vuelta al bosque.
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Gracias por los comentarios.
Puede que suba un cap esta noche.
Ciao y muchas gracias :)

domingo, 29 de julio de 2012

Nacida para Seducir Cap 57

                                    Nacida para Seducir

Junio, con todo su calor y humedad, llegó al este de Tennessee. Todas las noches, Lali recibía a Peter en el balcón para sus citas secretas; algunas veces aparecía sólo unos minutos después de haberse despedido de ella formalmente en la puerta principal tras haber cenado en el Barn Grill. Resistirse a él había resultado imposible, aunque sabía que jugaba con fuego. Pero ahora que ya no dependía de él para trabajar, tener dinero o un techo sobre la cabeza, había decidido que podía correr el riesgo. Después de todo, ella se iría en unas semanas. Se recreó la vista en él, desnudo contra las almohadas apiladas.

–No irás a ponerte a hablar, ¿verdad?

–Sólo iba a decir...

–Nada de conversaciones, ¿recuerdas? Todo lo que quiero de ti es sexo. –Ella comenzó a rodar hacia un lado, llevándose la sábana con ella–. Soy la mujer con la que sueñan todos los hombres.

–Más bien eres una pesadilla de proporciones bíblicas. –Con un rápido movimiento, le arrancó la sábana y la atrajo hasta su regazo para darle un cachete en el trasero–. Te has olvidado de que yo soy más grande y fuerte que tú. –Otro cachete, seguido por una suave caricia–. Y de que siempre desayuno niñitas como tú.

Lo miró por encima del hombro.

–Aún faltan ocho horas para el desayuno.

La tendió de espaldas.

–¿Qué te parece un tentempié nocturno?

–Deberías pensártelo dos veces antes de contrariarme, señorita Lali Esposito –decía Nita unos días más tarde cuando Lali le anunció que tenía intención de terminar el retrato en vez de hacer el pastel de chocolate que su patrona exigía–. ¿Recuerdas ese carpintero? Te crees que soy estúpida, pero supe quién era nada más verlo. Es Jack Patriot. Y en lo que respecta al ama de llaves de Peter, cualquier tonto puede darse cuenta de que es su madre. Si no quieres que llame a mis amigos de la prensa, te sugiero que entres en la cocina y te pongas con el pastel de chocolate.

–Usted no tiene amigos en la prensa –dijo Lali–, ni en ninguna otra parte si a eso vamos, excepto Cande, y sólo Dios sabe por qué ella la aprecia tanto. El chantaje es algo que puede volverse contra uno. Si no mantiene la boca cerrada, le contaré a todo el mundo lo de esos recibos que encontré cuando quiso que le limpiara el escritorio.

–¿De qué recibos hablas?

–De los recibos del dinero anónimo que le envió a la familia Olson después de que perdieran todas sus pertenencias en el incendio, o los del coche nuevo que apareció misteriosamente delante de la casa de esa mujer cuando murió su marido y ella tenía que mantener a todos esos niños, o lo de las medicinas gratis que reciben al menos una docena de familias necesitadas y que están siendo pagadas por cierta alma caritativa de la que nadie sabe nada. Podría seguir con la lista, pero no lo haré. ¿De veras quiere que todo el mundo sepa que la bruja malvada de Garrison, Tennessee, tiene el corazón más blando que un malvavisco quemado?

–No sé de qué hablas. –Nita salió de la habitación castigando el suelo a cada paso con el bastón.

Lali había ganado otra batalla contra el viejo murciélago, pero le hizo el pastel de todas maneras. De todas las mujeres con las que Lali había vivido a lo largo de los años, Nita era la primera que no quería deshacerse de ella.

Esa noche, Peter estaba sentado con las piernas cruzadas a los pies de la cama, con la pantorrilla de Lali apoyada sobre el muslo desnudo. Mientras se recuperaban de una maratón de sexo particularmente intenso, él le masajeaba el pie que asomaba por debajo de la sábana con la que ella se había cubierto. Lali gimió mientras le frotaba el empeine.

Peter se detuvo.

–¿No irás a vomitar otra vez?

–No vomito desde hace tres días. –Ella meneó el pie, animándolo a que continuara con el masaje–. Sabía que a los camarones de Josie's les pasaba algo, pero Nita insistía en que estaban buenos.

Peter le presionó el pulgar con fuerza en el empeine.

–Y te pasaste toda la noche alternando entre meter la cabeza en el inodoro y arrastrarte por el pasillo para ocuparte de esa vieja bruja. Aunque sólo fuera por una vez, me gustaría verte coger el teléfono para pedirme ayuda.

Ella no reconoció el tono mordaz que ocultaban sus palabras.

–Lo tenía todo bajo control. No había ninguna necesidad de molestarte.

–¿Has probado alguna vez a soltar las riendas y pedir ayuda? –Le apretó la planta del pie–. La vida no es un deporte individual, Lali. Algunas veces tienes que jugar en equipo y confiar en los demás.

Eso no ocurría así en su vida. Siempre había jugado en solitario. Desde el principio al final. Un mal presentimiento la invadió y luchó contra una oleada de pánico y desesperación. Había pasado casi un mes desde que Peter y ella se conocían, y era el momento de seguir adelante. El retrato de Nita estaba casi acabado, y aunque Lali se marchara tampoco iba a dejarla desamparada. Unos cuantos días antes, le había contratado a una estupenda ama de llaves, una mujer que había criado seis hijos y era inmune a toda clase de insultos. Lali no tenía motivos para quedarse en Garrison más tiempo, pero tampoco estaba preparada para dejar a Peter. Él era el amante de sus sueños: imaginativo, generoso, lujurioso. Nunca tenía bastante de él, y al menos por esa noche, pensaba aprovechar el momento y olvidarse de todo lo demás.

Le echó un vistazo a los ajustados boxers cortos de Zona de Anotación.
 
–¿Por qué te has puesto eso? Me gusta verte desnudo.

–Ya me he dado cuenta. –Su masaje se hizo más suave cuando descubrió un lugar sensible en la parte de atrás de la rodilla de Lali–. Eres una mujer insaciable. Ésta es la única manera de conseguir algo de tiempo para recuperarme.

Ella bajó la mirada a la verdadera zona de anotación.

–Es obvio que Thor, el Dios del Trueno, está absolutamente recuperado.

–Definitivamente, el descanso ha terminado. –Le arrancó la sábana de un tirón–. Vamos a por el segundo tiempo.

Jack sacó la bolsa del maletero del coche que había aparcado en el granero. Hacía mucho tiempo que no tenía que acarrear su propio equipaje, pero llevaba dos semanas haciéndolo; cada vez que abandonaba la granja para un rápido viaje a Nueva York u otro más largo a la costa Oeste. La gira estaba tomando forma. El día anterior había aprobado los presupuestos, y hoy había estado haciendo algunos anuncios promocionales del nuevo álbum. Por fortuna, el aeropuerto del condado era lo suficiente grande para alojar un jet privado, así podía ir y venir a su antojo. Con el piloto encargándose de los preparativos, él había logrado ir de un lado a otro sin ser reconocido.

Peter había estado de acuerdo en permitir que Cande se quedara en la granja hasta que llegara el momento de entrenar con los Stars, lo que sería dentro de un mes. De igual manera, Gime había pospuesto su regreso a Los Ángeles, algo que él sabía que no hacía demasiado feliz a Peter. Parecía que todos estaban haciendo algún tipo de sacrificio por su hija.

Eran casi las siete, y los trabajadores ya se habían marchado. Dejó la bolsa en la puerta lateral y se dio una vuelta para ver si el electricista había terminado de colocar la instalación eléctrica del porche cubierto. Las paredes y el techo estaban terminadas, y el olor a madera recién cortada le dio la bienvenida. Desde algún lugar le llegó una débil voz femenina, tan inocente, tan dulce, con una entonación tan perfecta que, por un momento, creyó que la estaba imaginando.

¿Recuerdas cuando éramos jóvenes
y vivíamos cada sueño como si fuera el primero?
Cariño, ¿por qué no sonreír?
El se olvidó de respirar.
Sé que la vida es cruel. Y tú lo sabes mejor que yo.

Era la voz de un ángel caído; dulce e inocente, pero con un matiz de desencanto. En su imaginación podía ver las prístinas alas blancas rotas en las puntas y un halo de santidad ligeramente torcido. La voz improvisó en la estrofa final, subiendo una octava, poniendo el corazón en cada nota, algo que él no podía hacer con su áspera voz de barítono. Siguió la música hasta el porche trasero.

Ella estaba sentada contra la columna del porche con las piernas cruzadas y la vieja Martin de Jack acunada en el regazo. La perra estaba echada a su lado. La grasa infantil de Cande estaba desapareciendo, y un brillante rizo castaño le rozaba la mejilla. Al igual que él, ella se ponía morena con facilidad, y a pesar de la protección solar que Gime le obligaba a usar, la piel de Cande estaba casi tan morena como la suya. Estaba concentrada en tocar los acordes correctos para conseguir que la canción pareciera casi etérea.

Los acordes finales de «¿Por qué no sonreír?» se fueron desvaneciendo. Sin que se percatara de su presencia, Cande le habló a la perra:

–Ya está, ¿qué quieres que toque ahora?

Puffy bostezó.

–¡Me encanta esa canción! –Rasgó los acordes iniciales de «Sucio y rastrero», uno de los grandes éxitos de las Moffatts. Pero en las manos de Cande, la melodía country tenía más gancho. Percibió un deje de la voz melancólica de Marli y su propia voz arrastrada, pero la voz de Cande era única. Había heredado las mejores cualidades de cada uno y las había hecho propias. Puffy le dio la bienvenida con sus habituales ladridos agudos. Cande se detuvo en mitad de una estrofa, y Jack pudo ver su consternación. Su instinto le advirtió de que fuera cauteloso.

–Parece que toda esa práctica está dando su fruto. –Jack sorteó una pila de restos de madera que nadie se había molestado en retirar.

Cande apretó la guitarra contra el pecho, como si temiese que se la fuera a quitar.

–Creí que vendrías más tarde.

–Te echaba de menos, así que volví antes.

sábado, 28 de julio de 2012

Nacida para Seducir Cap 56


                               Nacida para Seducir
–Añade más cenas como la de hoy, y cerramos el trato. –Metió un dedo bajo el borde de las bragas–. En todos los sentidos.

Jack se sentó en una silla de la cocina de la casita de invitados y comenzó a afinar su vieja Martin. Había compuesto «Nacido en pecado» con ella, y en ese momento deseaba no haber sido tan impulsivo como para regalarla. Esos sonidos y rasgueos representaban los últimos veinticinco años de su vida. Pero saber que Marli no había dejado que Cande se acercara a sus guitarras lo había sacado de quicio. Debería haberse dado cuenta de cosas así, pero se había mantenido deliberadamente al margen.

Cande cogió otra silla, sentándose tan cerca que sus rodillas casi se tocaban. Con los ojos llenos de admiración miró el desafinado instrumento.

–¿Es mía de verdad?

El pesar se evaporó.

–Es tuya.

–Es el mejor regalo que me hayan hecho nunca.

La expresión soñadora de la cara de Cande le puso un nudo en la garganta.

–Deberías haberme dicho que querías una guitarra. Te habría enviado una.

Ella masculló algo que él no pudo entender.

–¿Qué?

–Te lo dije –dijo ella–. Pero estabas de gira y no me hiciste ni caso.

Él no recordaba que hubiera mencionado nunca una guitarra, pero rara vez prestaba atención a esas tensas conversaciones telefónicas. Aunque enviaba a Cande regalos con frecuencia –ordenadores, juegos, libros, CD's–, jamás había escogido personalmente ninguno de ellos.

–Lo siento, Cande. Supongo que se me pasó.

–No importa.

Cande tenía la costumbre de decir que no importaba cuando en realidad sí lo hacía, algo en lo que no se había fijado hasta ahora. Ésa era una de las muchas cosas que había pasado por alto. Con pagar las facturas y asegurarse de que asistía a una buena escuela, había creído que cumplía con su parte. No había querido ver más allá porque involucrarse más a fondo habría interferido en su vida.

–Sé algo más que los acordes básicos –dijo ella–. Pero el acorde de Fa es muy difícil de tocar. –Observó con fijeza cómo Jack afinaba la guitarra, memorizando todo lo que él hacía–. Busqué en Internet, y, durante un tiempo, Paulina me dejó practicar con su guitarra. Pero luego me hizo devolvérsela.

–¿Paulina tiene guitarra?

–Una Larrivee. Sólo fue a cinco clases antes de dejarlo. Piensa que tocar la guitarra es aburrido. Pero te apuesto lo que quieras a que la tía Gayle la obliga a ir de nuevo. Ahora que mamá ha muerto, tía Gayle necesitará una nueva pareja, y le dijo a Paulina que podían ser algún día como las Judd, sólo que más guapas.

Jack había visto a paulina en el entierro de Marli. Incluso cuando era bebé, había sido irresistible, un querubín de mejillas sonrosadas con tirabuzones rubios y grandes ojos azules. Por lo que él recordaba, rara vez lloraba, dormía cuando debía y mantenía la leche en el estómago en lugar de expulsarla como un proyectil como hacía Cande. Cuando Cande tenía un mes, Jack había salido de gira, feliz de tener una excusa para alejarse de un bebé con cara de luna que no paraba de llorar y un matrimonio que era un craso error. Durante años llegó a pensar que él habría sido mejor padre si hubiera tenido una niña tan encantadora como Paulina, pero los últimos diez días le habían abierto los ojos.

–Un detalle por su parte dejarte su guitarra –dijo él–, pero apuesto cualquier cosa que fue a cambio de algo.

–Hicimos un trato.

–Me gustaría oírlo.

–Mejor no.

–Cuéntamelo, Cande.

–¿Tengo que hacerlo?

–Depende de si quieres que te enseñe una manera más fácil de tocar el acorde de Fa.

Ella clavó los ojos en el traste de la guitarra donde Jack tenía los dedos.

–Le dije a tía Gayle que Paulina estaba conmigo cuando estaba con su novio. Y tuve que comprarles tabaco.

–¡Si tiene once años!

–Pero su novio tiene catorce y Paulina es muy adulta para su edad.

–Ah, ya veo, muy adulta. Gayle debería vigilar a esa niña, se lo diré en cuanto tenga ocasión.

–No puedes hacer eso. Si lo haces, Paulina me odiará todavía más.

–Genial. Así se mantendrá apartada de ti. –Como aún no había resuelto los detalles, se contuvo de decirle a Gayle que no vería demasiado a la princesita Paulina. Había decidido que no iba a dejar a Cande bajo el dudoso cuidado de Gayle. A Cande no le gustaría ir a un internado, pero planificaría las fechas de sus conciertos para pasar las vacaciones con ella, así no se sentiría abandonada.

–¿Cómo conseguiste los cigarrillos? –le preguntó.

–Por un tío que trabajaba en casa. El me los compró.

Cande, por lo que él había observado, había convertido el soborno en una técnica de supervivencia. Se sentía avergonzado.

–¿Alguien ha estado pendiente de ti en algún momento?

–Sé cuidarme sola.

–No deberías tener que hacerlo. –Él no podía creer que Marli y él le hubieran negado algo tan básico como una guitarra–. ¿Le dijiste a tu madre que querías aprender a tocar la guitarra?

–Lo intenté.

De la misma manera que había intentado decírselo a él. Pero, ¿cómo podía culpar a Marli de que no prestara atención a su hija cuando él se había comportado mucho peor con ella?

–¿Me enseñas ahora el acorde de Fa? –dijo ella.

Y él le enseñó cómo tocar el acorde con las dos cuerdas superiores, algo que era más fácil para unas manos pequeñas. Al final, le ofreció la guitarra. Ella se secó las manos en los pantalones cortos.

–¿Es mía de verdad?

–Claro que sí, y no conozco a nadie mejor para dársela. –Y era cierto.

Ella colocó la guitarra contra su cuerpo. Él la animó.

–Venga. Prueba.

Jack sonrió cuando ella se colocó la púa entre los labios, del mismo modo que él hacía, mientras recolocaba el instrumento. Cuando se sintió satisfecha, cogió la púa de la boca y, mirando hacia la izquierda, colocó los dedos para tocar el acorde de Fa como él le había enseñado. Lo aprendió de inmediato, luego tocó otros acordes básicos.

–Lo haces bastante bien –dijo Jack.

Ella sonrió radiante.

–He estado practicando.

–¿Con qué? Creía que le habías tenido que devolver a Paulina la guitarra.

–Sí. Pero me hice una de cartón para poder practicar las posiciones de los dedos.

Jack se quedó helado. Se levantó de la silla.

 –Ahora vuelvo.

Cuando cerró la puerta del baño, se sentó en el borde de la bañera y se cogió la cabeza entre las manos. Tenía dinero, coches, casas, habitaciones repletas de discos de platino. Tenía de todo y su hija había tenido que practicar con una guitarra de cartón.

Tenía que hablar con Gime. La mujer que antaño lo había vuelto loco parecía ser ahora la única persona a la que podía pedir consejo.
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