Adaptacion Laliter: La Mascara Del Amor. Twitter : @Joslielove . Gracias por leer y por comentar.

sábado, 29 de septiembre de 2012

La Isla Del Olvido Cap 12

                                        La Isla Del Olvido



Lali se levantó de la cama, arrastrando el edredón con ella, y se quedó mirándolo muda de asombro... y de admiración. Sólo llevaba puestos los pantalones vaqueros, y su tórax, musculoso y bronceado, brillaba a la luz de la luna que se filtraba por las cortinas blancas de la ventana. Los primeros botones de la bragueta de su pantalón estaban desabrochados, dejando 41 descubierto una tentadora visión de piel algo más pálida. Azorada, Lali apartó la vista y lo miró a los ojos.

—Me dijiste que nunca mentías.

—No respecto a las cosas importantes.

Lali se echó el cabello hacia atrás con una mano, mientras la otra sostenía el edredón contra su cuello.

—Eres increíble —farfulló irritada.

—Me lo han dicho muchas veces —respondió él con una sonrisa lobuna.

—Oh, estoy segura de que sí —dijo Lali.

Inspiró profundamente, y soltó el aliento tembloroso. Peter era mucho más de lo que había imaginada, y era mucho más peligroso que cualquier otro hombre que hubiera conocido.

No porque temiera que pudiera hacerle algún daño, eso no, pero sí constituía una seria amenaza para su corazón. No quería sentir la atracción que sentía por él, no quería encariñarse con un hombre que únicamente estaba allí cumpliendo órdenes de protegerla. En cuanto terminaran los treinta días de aquella «misión» que le habían asignado, se, marcharía, y ella se convertiría para él sólo en un recuerdo.

Una parte de ella quería cruzar la habitación, echarse en sus brazos, y disfrutar de lo que tuviera que ofrecer, pero otra, más sensata, le decía que aquello sería una locura. En su interior se estaba difuminando rápidamente la línea que separaba la razón y el deseo, y si no actuaba rápidamente, pronto sería demasiado tarde para detener lo inevitable. Levantando un brazo, señaló la puerta y le dijo:

—Fuera.

Peter no se movió.

—Todavía no estoy dentro —le dijo en un tono seductor.

Lali se estremeció de arriba abajo. Dios, ¿cómo podía afectarla de aquella manera cuando estaban a un par de metros el uno del otro? Y, si le ocurría eso a esa distancia, ¿qué pasaría si la tocara? Oh, Dios... Una ola de calor la invadió, y sintió que se le cortaba el aliento.

—Ni vas a estarlo.

Una sonrisa se dibujó lentamente en los labios de Peter.

—Hace un momento acabas de decir que me deseas.

—Hay muchas cosas que deseo y no por eso...

—Bueno, veré lo que puedo hacer —la interrumpió él con una sonrisa burlona.

—Para ya, ¿quieres?

Peter puso las manos en las jambas de la puerta estirándose, y los músculos de su tórax se tensaron de un modo muy erótico, haciendo que Lali contuviera el aliento. De pronto parecía que como si la temperatura hubiese subido varios grados en la habitación.

El dio un paso adelante, entrando en el dormitorio, y el corazón le dio un vuelco a la joven.

Peter clavó su mirada en la de ella, y aun en la penumbra Lali pudo ver brillar el deseo en las profundidades de sus ojos.

—Dejando a un lado las bromas —murmuró Peter con voz ronca—, quiero que sepas que técnicamente no te he mentido.

Lali abrió la boca para rebatirle, pero él no le dio oportunidad de hablar.

—Es importante para mí que sepas que yo jamás te mentiría.

—Estás en mi habitación y me prometiste quedarte en la tuya —replicó Lali—. ¿No contradice eso un poco lo que acabas de decir?

Peter sonrió y se encogió ligeramente de hombros.

—Compréndelo, era una promesa hecha bajo presión.

—¿Bajó presión? —repitió ella incrédula.

—Y tenía los dedos cruzados.

Lali se rió.

—¿Qué eres, un niño de seis años?

—Sólo en mi corazón —respondió él sonriendo.

-Ya.

—Entonces, ¿me crees en lo que te acabo de decir?, ¿que jamás te mentiría?

Lali lo miró a la cara, y vio que, a pesar del tono guasón en su voz momentos antes, estaba muy serio. Era evidente que aquello era importante para él.

—Te creo.

—Bien —dijo Peter. Dio otro paso hacia ella, y se detuvo—. Respecto a lo otro...

El corazón de Lali volvió a saltar en su pecho.

—¿Si?

—Como te dije, si quieres algo... tendrás que pedirlo.

—Lo sé —musitó ella.

Su voz sonó algo chirriante, como si no hubiera hablado en mucho tiempo. Tragó saliva en un intento por deshacer el nudo que se le había formado en la garganta, y le ordenó mentalmente a su corazón desbocado que se calmase. Pero, ¿cómo podía calmarse cuando el deseo parecía estar quemándola por dentro, las piernas le temblaban, y notaba la cabeza mareada?

Si tenía un mínimo de sentido común, pensó, le diría de nuevo que se marchase, y esa vez lo haría en un tono inflexible. Sin embargo, mientras su cerebro discutía con sus hormonas, Lali no pudo evitar preguntarse «ay por qué no?».

Eran adultos, había una obvia atracción entre ellos, y ninguno de los dos estaba buscando otra cosa que no fuera una salida a la tensión sexual que se había ido acumulando en el ambiente desde que él llegara a la casa.

Lo único que tenía que hacer era dar un paso hacia él, y dar rienda suelta a sus impulsos. Podía disfrutar del momento, y volver a su vida normal cuando Peter se hubiese marchado. Lo único que tenía que hacer era dar un paso hacia él. ¿Qué se lo impedía?

La realidad, eso era lo que se lo impedía. inspiró profundamente en un intento desesperado por tranquilizarse, pero, dado que en ese preciso momento era del todo imposible, simplemente empezó a hablar:

—Está bien, no puedo negarlo.

Los ojos de Peter se oscurecieron, pero no dijo nada, sino que se quedó esperando a que continuara hablando.

—Es cierto, te deseo.

—Esa es mi chica —murmuró Peter, comenzando a rodear la cama.

-Pero...

Aquella única palabra tuvo el efecto deseado en él: lo hizo pararse en seco.

—¿Por qué sabía que iba a haber un «pero»? —farfulló Peter, meneando la cabeza.

—A lo mejor eres tú el que tiene poderes psíquicos.

—Sí, eso debe ser —respondió él—. Claro que contigo, naturalmente, tenía que haber un «pero».

—¿Qué se supone que significa eso? —inquirió ella, frunciendo el entrecejo.

Peter levantó las dos manos en un gesto defensivo.

—Cálmese, doctora. Lo que quería decir era que contigo no se puede dar nada por hecho.

La irritación de Lali se aplacó, y una sonrisa divertida asomó a sus labios.

—Eso me suena a cumplido.

Pasó un rato antes de que Peter asintiera.

—Sí, supongo que lo era —dijo en un tono suave.

—Gracias.

Una sensación tierna y cálida la invadió, muy distinta del calor abrasador que se había disparado por sus venas momentos antes. El fuego del deseo era algo excitante, pero aquella calidez era, de algún modo, mucho más tentadora, más... embriagadora.

Y eso significaba que estaba en serio peligro.

—Dios, debo estar perdiendo la razón, porque me estoy sintiendo tentada de tener un romance contigo —balbució.

—Pues manda la razón a paseo y sigue tus impulsos, cariño —respondió Peter, mirándola a los ojos.

—Eso es lo que haces tú, ¿no es así? —inquirió ella, ladeando la cabeza.

—La mayoría de las veces, sí —respondió Peter, rodeando con ambas manos uno de los postes de la cama.

—Pues yo no —replicó ella quedamente—, ya no. Lo hice en una ocasión, seguí mis impulsos, y salí escaldada.

—No tiene por qué ser siempre así.

—Tal vez no —contestó ella. Cuanto más hablaba, más fuerte se sentía, así que continuó, sin saber si era a él a quien estaba explicándole las razones de su decisión, o a sí misma—, pero no me gusta correr riesgos.

—Justo lo contrario que a mí.

—Lo sé —respondió ella—. Y lo peor es que es parte de tu encanto —añadió sacudiendo la cabeza.

El enarcó una ceja.

—Peter, parte de mí quiere decirte que sí, pero...

—¿Y la otra parte?

Lali exhaló un suspiro y alzó la barbilla.

—La otra parte está rogando por que salgas de la habitación antes de que la parte menos juiciosa se haga con el control.

—Ajá —murmuró él, soltando el poste y caminando hacia ella lentamente, un paso tras otro.

Dios, sólo verlo avanzar hacia ella hizo que se le pusiera la boca seca... Era auténtica perfección en movimiento y exudaba virilidad por todos sus poros.

No tenía escapatoria, no tenía dónde esconderse, pensó Lali aterrada. Sabía que, si la tocaba, sus firmes intenciones se desvanecerían como humo en el aire.

—Lo he dicho en serio —murmuró Peter.

Estaba ya tan cerca de ella, que Lali podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—¿El qué? —balbució ella.

—Que tendrás que pedirlo —respondió el SEAL, extendiendo el brazo y acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.

Aquel suave roce provocó un delicioso cosquilleo en el vientre de Lali. «Oh, Dios», pensó.

—No... no puedo.

—Ahora no, me doy cuenta —susurró Peter. Su aliento acarició la mejilla de Lali como lo habían hecho antes sus dedos—, pero lo harás.

Lali se tensó ante esa expresión de arrogancia, pero, siendo honesta consigo misma, tenía que admitir que estaba en lo cierto.

—Supongo que sería fácil rendirme a la atracción que siento hacia ti —dijo.

Una de las comisuras de los labios se arqueó hacia arriba.
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 Gracias!!
20 comentarios y subo el proximo cap!

viernes, 28 de septiembre de 2012

La Isla del Olvido Cap 11

                                La Isla del Olvido

Tras hacer el pedido Teñido volvió a sentarse, y Tres Cartas comenzó a relatar lo ocurrido a Cazador. Lali se había girado hacia él en el sofá para poder mirarlo de frente, y cuando Peter se sentó en el brazo, detrás de ella, sintió su muslo, duro y cálido, contra su espalda. Se recostó, apoyándose en él, y pudo notar cómo Peter se removía incómodo mientras su amigo le hablaba de su última misión.

Las palabras de Tres Cartas pintaron un vívido cuadro: la oscuridad, el peligro... Lali se emocionó como si hubiera estado allí cuando llegó a la parte en la que lograron rescatar al rehén, y compartió la furia que debieron sentir cuando sus superiores les ordenaron que se marcharan dejando atrás a uno de los suyos.

—Qué horrible —balbució.

—Eso mismo nos pareció a nosotros —asintió Tres Cartas, apretando los labios.

—Pero ésas fueron las órdenes —intervino Perro Loco—. Los altos mandos por lo general no son más que un puñado de militares politizados que se han olvidado de lo que es estar ahí, arriesgando tu vida.

En ese momento llamaron a la puerta, y Teñido fue a abrir. Era el repartidor de pizzas, cargado con las cuatro pizzas tamaño familiar y las latas de cerveza que habían pedido. Cuando le hubo pagado y el chico se hubo ido, Teñido puso las cajas sobre la mesita del salón y le tendió una cerveza a Lali.

—No, Teñido, ella no toma... —comenzó Peter.

Pero antes de que pudiera acabar la frase Lali había agarrado la lata, tirado de la anilla, y dado un sorbo. Peter sonrió para sí. ¿Dejaría de sorprenderlo alguna vez?

—Y qué pasó entonces? —instó Lali a Tres Cartas a continuar.

—Pues que finalmente conseguimos sacar a Cazador de allí, y ahora está en el hospital —concluyó Peter, como deseoso de llegar al final de la historia.

—Gracias a Dios —dijo Lali.

—No, señorita —apuntó Teñido, mirando a Peter—, gracias al jefe. «Revólver» le dijo a esos mandamases que se fueran al infierno y entró otra vez allí, y volvió con Cazador a cuestas.

—¿«Revólver»? —repitió Lali confusa.

—Es el nombre en clave del jefe —explicó Teñido.

—Cállate, Teñido —farfulló Peter.

—No le hagas caso, Teñido. Continúa, por favor -le pidió Lali.

—A sus órdenes, señorita —respondió el hawaiano, sonriendo e ignorando a Peter— Revólver llevó a Cazador a cuestas atravesando el fuego enemigo, y consiguió llegar con él hasta la Zodiac a tiempo para que fuéramos evacua dos de allí.

—¿Y lo hiciste tú solo? —inquirió Lali sorprendida, girándose hacia él.

No podía imaginarse enfrentándose al peligro ella sola. Peter se frotó la nuca azorado y farfulló algo incomprensible, como quitándole importancia.

—El jefe siempre se las apaña bien solo, señorita —intervino Perro Loco—. De hecho, aunque somos un equipo, solo es como le gusta trabajar.

Peter le lanzó una mirada irritada, pero Lali lo miró llena de orgullo. Nunca había conocido a nadie como Peter. Los hombres de su círculo social se jactaban de cosas como engañar a Hacienda o de la exitosa fusión que habían conseguido absorbiendo pequeñas empresas, y en cambio Peter, que había cruzado en medio de una lluvia de disparos para salvar la vida de un compañero, y no quería ni que lo mencionasen.

Y no sólo admiraba su modestia y su coraje, sino que también envidiaba la confianza que mostraba en sí mismo. Ella nunca había tenido demasiada. Bueno, en lo que se refería a su trabajo no le faltaba, porque conocía muy bien los océanos y la vida marina, pero en ciertas situaciones, como las reuniones de sociedad en las que se veía obligada a hablar con gente, se sen tía perdida. En las fiestas solía quedarse en un rincón, y cuando hallaba la ocasión se escabullía y se marchaba a casa, a su santuario. 

O al menos lo había sido hasta que Peter lo invadiera. Y ahora dudaba que volviera a ser lo mismo jamás, cuando él se marchara, porque aunque sólo llevaba allí unos días, era como si ya hubiese dejado su impronta en cada habitación, en cada rincón de la casa. Se había convertido en parte de su vida diaria, y no estaba segura de cómo podría acostumbrarse a vivir de nuevo sin él. Ni siquiera estaba segura de querer tener que separarse de él.

—Le salvaste la vida —murmuró, mirándolo a los ojos.

Peter se sonrojó, y quizá porque nunca lo hubiera esperado, aquello hizo que Lali sintiera aún más afecto por él.

—No se deja atrás a un compañero —dijo Peter, encogiéndose de hombros.

—Hoo-yah —contestaron los otros tres al unísono, empleando el grito de guerra de los SEAL y levantando sus latas de cerveza.

El resto de la tarde transcurrió apacible mente entre más charla y risas, y la televisión, que Peter no había apagado, se quedó como ruido de fondo. Lali se rió y habló más de lo que recordaba haberlo hecho en años. Aquellos hombres, que eran como hermanos los unos para los otros, la hicieron partícipe de su complicidad su camaradería, y sus bromas, permitiendo que durante unas horas se convirtiera en uno más del grupo, y le encantó. Era una sensación agradable, se dijo, la de sentirse aceptada. Bebió cerveza, y tomó pizza, cosa que no había hecho desde su época universitaria.

Además, Peter la miraba de un modo distinto aquella noche, como con cierta admiración, como si se sintiese feliz de que se llevase tan bien con sus compañeros.

Cuando iba ya por su cuarta cerveza, habían empezado a hablar de submarinismo, y ellos no eran los únicos que tenían batallitas que contar. Aquellos hombres comprendían y compartían su amor por el mar, los peligros y los atractivos de visitar ese mundo mágico bajo las aguas.

—¡Eh, mirad, ésta es la mejor parte! —exclamó Teñido de pronto, interrumpiendo la conversación.

—¿El qué? —preguntó Lali, volviendo la cabeza tan bruscamente que de repente toda la habitación parecía dar vueltas. No debería haber tomado esa tercera cerveza... Oh, qué demonios.

—Esta escena —aclaró Teñido, señalando el televisor.

Perro Loco gimió con disgusto.

—Por Dios, tío, ¿nunca te cansas de eso?

—¿De qué? —inquirió Lali confundida, enfocando la vista en la pantalla.

Estaban poniendo la primera película de la saga Tiburón, y en ese momento los tres personajes protagonistas estaban emborrachándose en torno a una mesa en el camarote de una cochambrosa embarcación, comparando sus cicatrices.

—Yo les gano —dijo Teñido.

Plantó el pie izquierdo sobre la mesita de la sala de estar, se levantó una de las perneras del pantalón, y les enseñó una cicatriz horrible cerca del tobillo.

—Esto me lo hizo una barracuda en Florida Keys.

—Diablos, eso no es nada —farfulló Perro Loco, levantándose la camiseta para enseñarles una cicatriz circular en su abdomen—: tiburón tigre, Golfo de México.

Lali sonrió cuando Tres Cartas enrolló hacia arriba la manga derecha de su camiseta y señaló una cicatriz blanquecina cerca del hombro, al tiempo que proclamaba:

—Raya venenosa, Malibú.

Peter, que no iba a ser menos, se levantó la camisa, se dio la vuelta, y les enseñó una cicatriz ondulante en la parte baja de su espalda. Y, Dios, qué espalda, pensó Lali tragando saliva.

—Morena, Tailandia.

Cuatro pares de ojos se posaron sobre Lali en un desafió no verbal. Ella lo consideró un instante, y finalmente decidió «¿Por qué no?» Ahora era parte del grupo. La habían acogido sin reservas, y tenía que corresponderles.

Plantó el pie izquierdo en la mesita, como había hecho Perro Loco, y se subió la pernera del pantalón dejando al descubierto una serie de pequeñas marcas circulares en la parte interna de su pantorrilla:

—Pulpo, Mar del Japón.

—¡Hoo-yah! —exclamaron los cuatro hombres, levantando sus latas de cerveza en su honor.

Lali sonrió y, por primera vez en su vida, se sintió parte de algo.

Horas después Peter estaba tendido en su cama, con la vista fija en el techo Hacia rato que se habían ido los chicos en el taxi que les había pedido, y Lali estaba acostada también, pero no dormida, y cada vez que se movía chirriaban los muelles de su colchón.

Observándola durante toda la noche, le había costado horrores no agarrarla por la cintura y besarla hasta dejarla sin sentido. Nunca hubiera pensado que una científica pudiera re mangarse el pantalón y presumir de cicatrices con un puñado de militares. Diablos, ¡si hasta había bebido cerveza y tomado pizza! Y se había reído, y bromeado, y contado historias, y su sonrisa había hecho que se derritiese por dentro. Diablos.

Los muelles del colchón de Lali volvieron a chirriar, y Peter intentó nuevamente pensar en otra cosa. Incluso cerró los ojos, pero aquello tampoco le sirvió de nada, porque en su menteseguía viéndola, alegre y sonriente como horas atrás.

—¿Peter?

La voz de la joven lo sobresaltó. Abrió los ojos y giró la cabeza hacia la pared, mirándola fija mente, como si tuviera rayos X en los ojos y esperara poder ver a través de ella.

—¿Si?

—Me han caído bien tus amigos —le dijo Lali con su voz suave y clara.

Peter se repasó una mano por el rostro.

—Tú también les has caído bien a ellos —respondió.

—¿De verdad?

 Peter frunció el entrecejo.

—Claro que es verdad. ¿Te sorprende? -Hubo una larga pausa.

—La verdad es que sí.

—¿Por qué?

—Bueno, como a ti no te caigo muy bien, pensé que a ellos tampoco les caería bien.

—Yo nunca he dicho que me cayeras mal.

—Entonces... ¿te caigo bien?

Peter se incorporó, apoyándose en el codo.

—¿Por qué iba a estar hablando con una pared si no?

Lali se rió, y le dijo al cabo de otra larga pausa:

—Tú a mí también me caes bien. Al principio no creí que pudieras llegar a caerme bien, pero ahora veo que no eres un mal tipo.

—Vaya, gracias —farfulló Peter.

Genial, él muriéndose por ella, y ella acababa de descubrir que no era un mal tipo. Sencilla mente genial.

—Si te digo algo... ¿prometes quedarte donde estás? —le preguntó Lali de improviso.

—No tengo por costumbre hacer promesas sin saber a qué se refieren —contestó él, dejándose caer de nuevo sobre la almohada.

Por amor de Dios... no podía sacársela de la cabeza, ¿y a esas horas de la noche quería ponerse a hacerle confesiones a través de la pared?

—¿Tanto te cuesta darme tu palabra? —le espetó Lali irritada.

—Está bien, si con eso consigo que te calles y te duermas, te lo prometo.

Pasaron unos segundos antes de que ella volviera a hablar. El viento soplaba fuera, agitando las ramas de los árboles.

—Tenías razón.., en lo que me dijiste antes —comenzó Lali en un tono quedo, vacilante.

—Nunca me cansaré de oír esas palabras de labios de una mujer —contestó Zack con soma, esbozando una media sonrisa—, pero, ¿podrías ser más específica?

—Me refiero a antes de que llegaran los chicos —respondió ella—cuando estábamos fuera, discutiendo.

Peter notó cómo se tensaban sus músculos.

-Mmm...

—En fin..., me refiero a cuando dijiste que... bueno, que te deseaba.

-¿Y…?

—Pues... que tenías razón.

La puerta del dormitorio de Lali se abrió de       repente, y la joven vio la silueta de Peter de pie en el umbral. Se incorporó en la cama como un resorte, tapándose hasta el cuello con el edredón de plumas, y mirándolo indignada le gritó:

—¡Prometiste quedarte en tu habitación!

-Te mentí.
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Peter en el cuarto de Lali ? Qué puede pasar ?

Gracias!

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La Isla Del Olvido Cap 10

                                   La Isla Del Olvido


Durante dos horas el viento siguió aullando y la lluvia continuó golpeteando en los cristales, pero poco a poco el primero se fue aplacando y la segunda se convirtió en una fina niebla.

Lali estaba acurrucada en una esquina del sofá, con un libro abierto sobre el regazo que en realidad no estaba leyendo. No dejaba de lanzar miradas furtivas a Peter, que tenía la mirada fija en el televisor con la concentración de un neurocirujano operando un tumor cerebral.

No podía engañarla; sabía muy bien que no le interesaba en absoluto el estúpido concurso que estaba viendo. De hecho, estaba tan tenso como ella. Sus manos, una apretando el mando y la otra cerrada en un puño sobre el brazo del sofá, lo decían todo. Su mirada bajó a los finos labios de Peter, y preguntó cómo habría sido si la hubiese besado.

En cualquier caso no era algo que fuese a averiguar, pensó, ya que él prácticamente le había dicho que tendría que ser ella quien se lo pidiese, y antes preferiría que le cayese un rayo encima a contribuir a inflar su ego más aún.

Y, sin embargo, tampoco podía seguir en silencio el resto de la noche. Si malo era no poder estar sola cuando le apetecía estarlo, peor aún era tener que estar encerrada con alguien que tenía puesta una cara de siete metros y no había abierto la boca en horas.

—Ha dejado de llover —murmuró Lali.

—Gracias por el parte meteorológico —farfulló él, sin apartar la vista de la pantalla

«Qué agradable... Intento entablar conversación y me suelta una coz», pensó Peter. Se quedó mirando el televisor, y tuvo que reprimir el deseo de estrellar contra él el jarrón que había sobre la mesita.

En ese momento una de las azafatas del programa estaba mostrando uno de los premios del panel, un frigorífico con sistema antiescarcha

—¿Cómo puedes ver eso? —inquirió

Peter la miró largamente y enarcó una ceja.

—¿Están poniendo algún documental de peces en otra cadena que quieras ver?

Peter ignoró la indirecta.

—¿Sabes? no hay ninguna razón por la que tengamos que ser enemigos.

—No, no hay ninguna razón. A veces las cosas son como son simplemente porque sí.

—¿Y es así como quieres que sigan? —le espetó ella.

Aunque fue muy fugaz, estaba segura de haber visto un destello en sus ojos. Una de las comisuras de sus labios se arqueó hacia arriba, y el estómago le dio un vuelco a Lali.

—Doctora Esposito —le dijo Peter en un tono acariciador—, ya se lo he dicho: si quiere que las cosas cambien, no tiene más que decirlo.

Lali sintió que un cosquilleo la recorría de arriba abajo, pero se mantuvo firme:

—Jamás te daré la satisfacción de...

—Nunca digas «de esta agua no beberé», encanto.

Lali inspiró profundamente, en un intento por aplacar la ira que casi estaba cegándola en ese momento.

—Eres el hombre más...

El timbre de la puerta la interrumpió, y Lali se levantó como un resorte del sofá. Cualquier tipo de visita sería bienvenida; cualquier cosa se ría mejor que intentar razonar con alguien tan irracional como Peter Lanzani.

Rodeando el sofá, se dirigió hacia el vestíbulo, pero Peter, que también se había levantado, fue más rápido, y se colocó delante de ella levantando una mano para indicarle que se quedara donde estaba.

—Probablemente no será más que un vecino —farfulló ella.

—Puede, pero no está de más tomar precauciones —respondió él—. A partir de ahora, seré yo quien abra la puerta. ¿Estamos?

—Oh, ¡por amor de Dios...! —exclamó ella poniendo los ojos en blanco y moviendo la cabeza.

Peter ignoró sus protestas, echó un vistazo por la mirilla y, para sorpresa de Lali, prorrumpió en risas y abrió la puerta de par en par. Por encima de su hombro pudo ver a tres hombres en el porche.

—¡Eh!¿qué pasa, jefe? —saludó a Peter uno de ellos.

Los tres llevaban vaqueros descoloridos y gastados, y camisetas de distintos colores, y los tres estaban sonriendo.

—¿Qué diablos estáis haciendo aquí? —les preguntó Peter.

—Pensamos que tal vez nos echarías de menos—dijo otro.

—Sí, como un perro a las pulgas —bromeó Peter riéndose.

Lali observó sorprendida el repentino cambio de humor en él mientras repartía abrazos entre los tres hombres y los saludaba alegre mente. Su voz había adquirido un tono amistoso, y la tensión que lo había tenido atenazado en las últimas horas se había disipado como por arte de magia.

A pesar de sus ropas, Lali supo que aquellos tres hombres eran militares, igual que Peter, por el corte casi al cero del cabello, su impresionante forma física, y un cierto aire marcial en su porte.

De pronto Peter pareció acordarse de su presencia, y se volvió hacia ella. Lali se sorprendió nuevamente al ver que la expresión de sus ojos era amable y que ya no estaba a la defensiva. Era como si se le hubiese olvidado por completo la pelea que habían tenido hacía unas horas, y la pequeña riña que acababan de tener. Su sonrisa se hizo más amplia cuando le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola a su lado, para presentarle a los tres hombres.

—Lali, éste es mi equipo: « Teñido » Riera...

Teñido, un hombre alto, con cabello rubio cenizo y profundos ojos azules, le sonrió y la saludó con un asentimiento de cabeza.

—Señorita.

—. . .«Perro Loco» Siera... —continuó Peter, señalando al siguiente hombre.

Era de la misma estatura,  pero,  de tez morena y pelo negro, que levantó la mano en señal de saludo y esbozó una breve sonrisa.

—. . .y «Tres Cartas» Dalmau —concluyó Peter, presentándole al último.

—¿Cómo está? —la saludó Tres Cartas, asintiendo con la cabeza como Teñido.

Era más bajo que los otros dos, pero igual de fuerte, y había en su mirada una callada intensidad.

Lali alzó el rostro un instante hacia Peter, y luego volvió la mirada a los tres hombres.

—Bueno, pues ahora que ya nos conocemos, ¿por qué no pasamos todos dentro y nos sentamos? —ofreció, haciéndose a un lado para dejar les pasar.

—No queríamos molestar —murmuró Tres Cartas, tímidamente.

—No es molestia, de verdad —respondió Lali—. Pasad.

—Gracias, señorita —dijo Teñido, entrando el primero.

—Bonita casa -dijo Perro Loco, entrando también, seguido de Tres Cartas.

Lali y Peter entraron también, y cuando él hubo cerrado la puerta le dirigió a la joven una sonrisa agradecida que hizo que se alegrara de haber invitado a sus amigos a pasar. Pensó en irse al dormitorio para que Peter tuviera un rato a solas con ellos, pero Peter la tomó de la mano y la llevó a la sala de estar con él.

—Bueno, ¿y a qué se debe esta visita? —preguntó a los otros.

Los tres hombres se habían acomodado ya, uno de ellos en el sofá, otro a horcajadas en una silla, y el último en el suelo, frente a la chimenea, donde chisporroteaba un pequeño fuego.

—Pensamos que te gustaría saber cómo va Cazador —respondió Tres Cartas desde el sofá, inclinándose y apoyando los brazos en las rodillas.

—¿Quien es Cazador? —preguntó Lali.

—Cazador Martinez es el otro miembro de nuestro equipo —respondió Peter con voz tensa—. ¿Cómo se encuentra? —le preguntó a sus compañeros.

—Bien; los médicos están sorprendidos de lo rápido que se está recuperando —respondió Teñido, sentado frente a la chimenea.

Lali vio que Peter soltaba aliviado el aliento que había estado conteniendo.

—Y trae locas a las enfermeras —intervino Perro Loco.

—Las mujeres siempre han sido su debilidad

—dijo Tres Cartas desde su silla, con una sonrisa.

—Sí, pero tú ahora también tienes tu debilidad, ¿no es cierto? —lo picó Teñido.

—Ja-ja, eres muy gracioso.

Lali miró a Peter interrogante.

—Tres Cartas se ha casado hace nada —explicó él.

—Oh, felicidades —le dijo Lali.

Tres Cartas le dedicó una de sus intensas miradas y sonrió.

—Gracias —murmuró.

—¿Y qué le pasó a ese otro compañero vuestro?—inquirió Lali curiosa.

—Nada —respondió Peter con aspereza.

—¿Nada? —repitió ella frunciendo el entre cejo—. ¿Está en el hospital por nada?

—Es que... el jefe es muy modesto —le dijo Tres Cartas.

Perro Loco y Teñido se rieron. Peter los miró irritado, pero Lali lo ignoró.

—Bueno, si es tan modesto, ¿por qué no me lo cuentas tú? —le dijo a Tres Cartas, sentándose en el sofá junto a él.

—Espera, espera, tiempo muerto —dijo Teñido poniéndose en pie—. Propongo que antes pidamos unas pizzas y unas cervezas. No sé vosotros, pero yo me muero de hambre. ¿Puedo usar el teléfono? —le preguntó a Lali.

—Claro —respondió ella—. Está allí —le dijo señalando un mueblecito en el rincón—. En el cajón está la guía.

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Gracias! Perdo'n por no avisar en twitter ayer ! :(

martes, 25 de septiembre de 2012

La Isla Del Olvido Cap 9

                                 La Isla Del Olvido


—Podría —respondió él. Abrió la puerta principal y salieron los dos—. Pero, silo hiciera, después tendría que pegarte un tiro, y eres demasiado bonita para morir sólo por ser curiosa.

Lali se tensó visiblemente y le dio la espalda.

—¿Qué… qué ocurre? —inquirió Peter contrariado.

—No vuelvas a hacer eso, por favor.


—¿El qué? —preguntó él, frunciendo el ceño.

La oyó inspirar, y soltar el aliento irritada.

—Decirme que soy bonita.

En ese momento se levantó un viento frío, que hizo que se liberaran algunos cabellos de la coleta de Lali. La joven los apartó con un gesto impaciente de la mano. En la distancia se oyó el retumbar de un trueno, que pareció recorrer toda la bóveda del cielo.

—¿Por qué no? —inquirió Peter.

—Porque no lo soy —contestó ella, alzando la barbilla y mirándolo a los ojos—, y porque preferiría no tener que escuchar esa clase de galante rías baratas que seguro que usas con todas las mujeres que se cruzan en tu camino.

Estupendo, pensó Peter, sin pretenderlo, había conseguido ofenderla. Las cosas iban de mal en peor.

Tuvo la impresión de que iban a acabar discutiendo, pero quizá fuera lo que necesitaban, para descargar un poco de adrenalina.

Se quitó la mochila del hombro con un sus piro, y la dejó caer al suelo.

—No voy diciéndole eso a todas las mujeres a las que me encuentro.

—Seguro —farfulló ella. Puso los brazos en jarras, ladeó la cabeza, y lo miró irritada—: «eres demasiado bonita para morir» —lo remedó con una carcajada seca de incredulidad—. ¡Por amor de Dios! Me has recordado a esos tipos que te preguntan cuáles son tus hobbies o que te dicen que su mujer no los entiende. Claro que puede que tú ni siquiera te des cuenta cuando lo haces, ¿no es verdad? Supongo que será algo in consciente.

—¿Qué, es que estoy aquí de pie sonámbulo o algo así? —le espetó Peter, soltando una risotada sarcástica

—No me refería a eso.

Peter la miró fijamente.

—Pues entonces háblame sin rodeos. Normal mente sueles hacerlo.

—Bien —asintió ella—. Pues, para empezar, tengo un nombre, ¿sabes?, y es Lali, L-A-L-I.

Peter entornó los ojos.

—Vaya, ese nombre me suena de algo...

—¿De veras? —respondió ella en el mismo tono irónico, enarcando las cejas—. Yo creía que no sabías cómo me llamaba.
—¿Y eso por qué? —preguntó Peter sin poder apartar la vista de ella.

Por una parte habría sido «peligroso» que la hubiese apartado, porque se la veía tan enfadada que parecía que fuera a arrancarle la cabeza, y por otra, sencillamente no podía apartar la vista porque aun hecha una furia estaba increíblemente preciosa, y se había quedado como hipnotizado.

De sus ojos saltaban chispas, y el fuego que ardía en ellos los hacía relucir como esmeraldas bajo un foco de luz. Casi estaba temblando de ira. ¿Qué diablos había dicho para enfadarla de aquel modo? Hacía un instante había sido toda sonrisas, hablando del océano, y en el instante siguiente estaba tirándosele a la yugular y pegándole coces con la mirada.

—Porque nunca usas mi nombre —respondió ella.

Cambió el peso de un pie a otro, y cruzó los brazos bajo el pecho, y Peter, que era un hombre después de todo, no pudo evitar que los ojos se le fuesen en esa dirección. Lali lo advirtió, y bufó despectivamente.

—Para ti las mujeres somos intercambiables, ¿no?

— ¿Que? ¿A qué diablos ha venido eso? —exigió saber él, indignado.

—Para los hombres como tú es como si fuéramos uno de esos autoservicios donde 
puedes comer todo lo que quieras por un precio fijo.

Peter frunció el ceño.

—Rubias, morenas, pelirrojas.., a vosotros os da igual siempre con tal de que tengamos una buena delantera, ¿no es cierto?

—Oye, oye, oye... espera un segundo —la cortó Peter.

Se acercó a ella, mirándola desde sus dos me tros de altura con los brazos en jarras. 
Aquel gesto tenía por intención intimidarla, pero no lo consiguió en absoluto.

—Eres tú quien va a esperar y a escucharme —replicó ella—. ¿Te crees que no sé de qué vas cuando me llamas «cariño», «encanto», o «nena»? —le dijo clavándole el índice repetida mente en el pecho—. ¿Crees que no sé que ésa es la manera que tienen los tipos como tú de hablarle a una mujer para no tener que preocuparos en recordar nuestros nombres?

Peter inspiró profundamente y apretó los labios.

La irritación, que seguía creciendo como una ola dentro de Lali, se entremezcló con la tensión que se había estado acumulando en la boca de su estómago durante días. Se sentía como un equilibrista en la cuerda floja, tratando de con centrarse en el proyecto de investigación que tenía que presentar en menos de tres meses, y al mismo tiempo intentando apartar de su mente el hecho de que alguien estaba amenazando a su familia.

Y luego estaba lo de Peter... No podía quitarle los ojos de encima cuando estaban en la misma habitación. Era tan alto, y fuerte, y guapo... y es taba todo el tiempo con ella. De sobra sabía que no era la clase de mujer que atraía a los hombres, pero aquello no había impedido que se desatase su imaginación.

Cuando estaba consultando un libro para su investigación, de pronto él pasaba por la sala de estar, y su mente se llenaba de imágenes de él acariciándola, tomándola en volandas y llevándola al dormitorio y haciéndole el amor...

Tenía que parar aquello como fuese. La última vez que se había dejado llevar por sus fantasías, que había sucumbido a sus deseos, se había chocado con un muro de traición, y todavía le dolía el corazón al recordarlo.

Por eso no iba a quedarse allí de pie dejando que Peter le dijera cosas que no sentía, y empezar a recordarlo en medio de la noche y torturarse a sí misma albergando la tonta esperanza de que lo hubiera dicho en serio.

—No soy una de esas «fans» de los hombres con uniforme que seguramente te esperan en cada puerto —le dijo. Buscó sus ojos, esos ojos en los que pasaba demasiado tiempo pensando, y se obligó a no apartar la mirada—, ni voy a prestarme para calentar tu cama. Tenlo bien presente.

—En primer lugar —replicó él—, no tengo «fans» esperándome en cada puerto, encanto. Tengo amigas, y de vez en cuando tengo amantes. Y en segundo lugar no creo que sea un pecado que, al contrario que tú, prefiera las personas a los peces.

Lali entornó los ojos.

-Yo no he dicho...

—No, tú ya has dicho lo que tenías que decir —la cortó él, sosteniéndole la mirada—, y ahora es mi turno: si digo que me pareces bonita, lo digo en serio. No necesito mentir a una mujer para conseguir su atención.

—Y tampoco te lo tienes nada creído, por lo que veo —farfulló Lali.

—Los hechos son hechos, cariño —replicó Peter, esbozando una sonrisa burlona—. Si quieres creer que te lo he dicho por embaucarte, es problema tuyo.

—De acuerdo, te creo, no me has mentido —dijo ella—, es sólo que necesitas ir a que te revisen la vista.

Peter resopló.

—Eres única, preciosa.

Peter apretó los dientes. Cariño, preciosa... ningún hombre había utilizado jamás esos apelativos con ella, ni una sola vez, y tener que escucharlos sabiendo que no significaban nada la desgarraba por dentro. Era una estúpida, se dijo, por dejar que le afectase de esa manera, por sentirse decepcionada, por desear aunque fuera por un segundo que esas palabras no fueran huecas.

—Escucha —continuó Peter—, me parece muy bien que estés enfadada con tu papaíto porque te haya obligado a aceptarme como guardaespaldas, pero no tengo por qué aguantar tus malos humos.

Lali se sintió incómoda.., porque era verdad.

—Yo no estoy enfadada... —protestó débil mente.

—Diablos que no lo estás. ¿Quién está mintiendo ahora? —farfulló él, agarrándola por los brazos y atrayéndola hacia sí, mientras empezaban a caer las primeras gotas de lluvia—. Pero, ¿sabes cuál es el principal problema, encanto?

—¿Cuál? —inquirió ella en un hilo de voz, haciendo lo posible por ignorar la oleada de calor que se había disparado por sus venas.

Peter le sonrió, y recorrió los rasgos de su rostro con la mirada.

-Qué me deseas —susurró.

Dios, cuánta razón tenía, admitió Lali para sus adentros. En el cielo relumbraban relámpagos y resonaban truenos mientras la lluvia se guía cayendo sobre ellos, empapándolos. La joven parpadeó, observando a Peter, y se dijo que resultaba aún más atractivo con el cabello mojado y el agua resbalando por los duros ángulos de su rostro.

A pesar del frío, se notaba como si estuviera ardiendo por dentro, y los dedos de Peter hinca dos en sus brazos parecían diez cerillas encendidas. Le entró un cosquilleo en el estómago, y sintió que los latidos de su corazón se aceleraban.

Por un instante pareció incluso como si se le hubiese cortado la respiración y sus pulmones fuesen incapaces de tomar el oxígeno que necesitaban. Los ojos de Peter brillaban, y aunque la visión de Lali se había tornado algo borrosa, pudo leer el mismo deseo que ella sentía en aquellos iris entre azules y verdes, y se estremeció.

El aliento de Peter impregnó su rostro cuando se inclinó hacia ella. Kim creyó que la iba a besar, pero se quedó a unos centímetros de sus labios, esbozó una sonrisa maliciosa, movió ligeramente la cabeza y la soltó, haciéndola tambalearse hacia atrás.

—Oh, sí, me deseas... —murmuró Peter—. Y podrás tenerme... tan pronto como estés dispuesta a admitirlo —añadió, guiñándole un ojo y dirigiéndole otra sonrisa.

Se agachó para recoger la mochila del suelo, y se quedó mirándola mientras la lluvia seguía cayendo sobre ellos.

Lali, temblando de deseo y frustración, lo vio subir los escalones del porche. Peter abrió la puerta y la sostuvo, mientras se volvía hacia ella.

—Lo siento pero parece que tendremos que aplazar la excursión —le dijo.

Lali sabía que no era muy aconsejable ir a la playa en medio de una tormenta eléctrica, pero, con lo extraña que se sentía en ese momento, la idea de tener que volver a entrar en la casa con Peter y pasar todo el día otra vez los dos solos allí encerrados hizo que quisiese salir corriendo.

Iba a ser un día largo, muy largo, pero podría hacerlo, se dijo, podría resistir el deseo. 
Aunque pasaran horas y horas allí encerrados, jamás admitiría que lo deseaba. No le daría esa satisfacción, pensó, pero hizo una mueca al caer en la cuenta de que con ello también estaría negándose a sí misma el satisfacer esa necesidad de él que estaba volviéndola loca.

Calada hasta los huesos, Lali se tragó ese pesar, y lo miró fijamente.

—Caerán chuzos de punta en el infierno antes de que admita algo semejante —le dijo.

Sonriendo burlón, Peter se pasó una mano por la cara para enjugarse el agua del rostro.

—Cariño, esto es el infierno, y por si no te has dado cuenta ya están cayendo chuzos de punta.
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Gracias  !!