Lali se levantó de la cama, arrastrando el edredón con ella, y se quedó mirándolo muda de asombro... y de admiración. Sólo llevaba puestos los pantalones vaqueros, y su tórax, musculoso y bronceado, brillaba a la luz de la luna que se filtraba por las cortinas blancas de la ventana. Los primeros botones de la bragueta de su pantalón estaban desabrochados, dejando 41 descubierto una tentadora visión de piel algo más pálida. Azorada, Lali apartó la vista y lo miró a los ojos.
—Me dijiste que nunca mentías.
—No respecto a las cosas importantes.
Lali se echó el cabello hacia atrás con una mano, mientras la otra sostenía el edredón contra su cuello.
—Eres increíble —farfulló irritada.
—Me lo han dicho muchas veces —respondió él con una sonrisa lobuna.
—Oh, estoy segura de que sí —dijo Lali.
Inspiró profundamente, y soltó el aliento tembloroso. Peter era mucho más de lo que había imaginada, y era mucho más peligroso que cualquier otro hombre que hubiera conocido.
No porque temiera que pudiera hacerle algún daño, eso no, pero sí constituía una seria amenaza para su corazón. No quería sentir la atracción que sentía por él, no quería encariñarse con un hombre que únicamente estaba allí cumpliendo órdenes de protegerla. En cuanto terminaran los treinta días de aquella «misión» que le habían asignado, se, marcharía, y ella se convertiría para él sólo en un recuerdo.
Una parte de ella quería cruzar la habitación, echarse en sus brazos, y disfrutar de lo que tuviera que ofrecer, pero otra, más sensata, le decía que aquello sería una locura. En su interior se estaba difuminando rápidamente la línea que separaba la razón y el deseo, y si no actuaba rápidamente, pronto sería demasiado tarde para detener lo inevitable. Levantando un brazo, señaló la puerta y le dijo:
—Fuera.
Peter no se movió.
—Todavía no estoy dentro —le dijo en un tono seductor.
Lali se estremeció de arriba abajo. Dios, ¿cómo podía afectarla de aquella manera cuando estaban a un par de metros el uno del otro? Y, si le ocurría eso a esa distancia, ¿qué pasaría si la tocara? Oh, Dios... Una ola de calor la invadió, y sintió que se le cortaba el aliento.
—Ni vas a estarlo.
Una sonrisa se dibujó lentamente en los labios de Peter.
—Hace un momento acabas de decir que me deseas.
—Hay muchas cosas que deseo y no por eso...
—Bueno, veré lo que puedo hacer —la interrumpió él con una sonrisa burlona.
—Para ya, ¿quieres?
Peter puso las manos en las jambas de la puerta estirándose, y los músculos de su tórax se tensaron de un modo muy erótico, haciendo que Lali contuviera el aliento. De pronto parecía que como si la temperatura hubiese subido varios grados en la habitación.
El dio un paso adelante, entrando en el dormitorio, y el corazón le dio un vuelco a la joven.
Peter clavó su mirada en la de ella, y aun en la penumbra Lali pudo ver brillar el deseo en las profundidades de sus ojos.
—Dejando a un lado las bromas —murmuró Peter con voz ronca—, quiero que sepas que técnicamente no te he mentido.
Lali abrió la boca para rebatirle, pero él no le dio oportunidad de hablar.
—Es importante para mí que sepas que yo jamás te mentiría.
—Estás en mi habitación y me prometiste quedarte en la tuya —replicó Lali—. ¿No contradice eso un poco lo que acabas de decir?
Peter sonrió y se encogió ligeramente de hombros.
—Compréndelo, era una promesa hecha bajo presión.
—¿Bajó presión? —repitió ella incrédula.
—Y tenía los dedos cruzados.
Lali se rió.
—¿Qué eres, un niño de seis años?
—Sólo en mi corazón —respondió él sonriendo.
-Ya.
—Entonces, ¿me crees en lo que te acabo de decir?, ¿que jamás te mentiría?
Lali lo miró a la cara, y vio que, a pesar del tono guasón en su voz momentos antes, estaba muy serio. Era evidente que aquello era importante para él.
—Te creo.
—Bien —dijo Peter. Dio otro paso hacia ella, y se detuvo—. Respecto a lo otro...
El corazón de Lali volvió a saltar en su pecho.
—¿Si?
—Como te dije, si quieres algo... tendrás que pedirlo.
—Lo sé —musitó ella.
Su voz sonó algo chirriante, como si no hubiera hablado en mucho tiempo. Tragó saliva en un intento por deshacer el nudo que se le había formado en la garganta, y le ordenó mentalmente a su corazón desbocado que se calmase. Pero, ¿cómo podía calmarse cuando el deseo parecía estar quemándola por dentro, las piernas le temblaban, y notaba la cabeza mareada?
Si tenía un mínimo de sentido común, pensó, le diría de nuevo que se marchase, y esa vez lo haría en un tono inflexible. Sin embargo, mientras su cerebro discutía con sus hormonas, Lali no pudo evitar preguntarse «ay por qué no?».
Eran adultos, había una obvia atracción entre ellos, y ninguno de los dos estaba buscando otra cosa que no fuera una salida a la tensión sexual que se había ido acumulando en el ambiente desde que él llegara a la casa.
Lo único que tenía que hacer era dar un paso hacia él, y dar rienda suelta a sus impulsos. Podía disfrutar del momento, y volver a su vida normal cuando Peter se hubiese marchado. Lo único que tenía que hacer era dar un paso hacia él. ¿Qué se lo impedía?
La realidad, eso era lo que se lo impedía. inspiró profundamente en un intento desesperado por tranquilizarse, pero, dado que en ese preciso momento era del todo imposible, simplemente empezó a hablar:
—Está bien, no puedo negarlo.
Los ojos de Peter se oscurecieron, pero no dijo nada, sino que se quedó esperando a que continuara hablando.
—Es cierto, te deseo.
—Esa es mi chica —murmuró Peter, comenzando a rodear la cama.
-Pero...
Aquella única palabra tuvo el efecto deseado en él: lo hizo pararse en seco.
—¿Por qué sabía que iba a haber un «pero»? —farfulló Peter, meneando la cabeza.
—A lo mejor eres tú el que tiene poderes psíquicos.
—Sí, eso debe ser —respondió él—. Claro que contigo, naturalmente, tenía que haber un «pero».
—¿Qué se supone que significa eso? —inquirió ella, frunciendo el entrecejo.
Peter levantó las dos manos en un gesto defensivo.
—Cálmese, doctora. Lo que quería decir era que contigo no se puede dar nada por hecho.
La irritación de Lali se aplacó, y una sonrisa divertida asomó a sus labios.
—Eso me suena a cumplido.
Pasó un rato antes de que Peter asintiera.
—Sí, supongo que lo era —dijo en un tono suave.
—Gracias.
Una sensación tierna y cálida la invadió, muy distinta del calor abrasador que se había disparado por sus venas momentos antes. El fuego del deseo era algo excitante, pero aquella calidez era, de algún modo, mucho más tentadora, más... embriagadora.
Y eso significaba que estaba en serio peligro.
—Dios, debo estar perdiendo la razón, porque me estoy sintiendo tentada de tener un romance contigo —balbució.
—Pues manda la razón a paseo y sigue tus impulsos, cariño —respondió Peter, mirándola a los ojos.
—Eso es lo que haces tú, ¿no es así? —inquirió ella, ladeando la cabeza.
—La mayoría de las veces, sí —respondió Peter, rodeando con ambas manos uno de los postes de la cama.
—Pues yo no —replicó ella quedamente—, ya no. Lo hice en una ocasión, seguí mis impulsos, y salí escaldada.
—No tiene por qué ser siempre así.
—Tal vez no —contestó ella. Cuanto más hablaba, más fuerte se sentía, así que continuó, sin saber si era a él a quien estaba explicándole las razones de su decisión, o a sí misma—, pero no me gusta correr riesgos.
—Justo lo contrario que a mí.
—Lo sé —respondió ella—. Y lo peor es que es parte de tu encanto —añadió sacudiendo la cabeza.
El enarcó una ceja.
—Peter, parte de mí quiere decirte que sí, pero...
—¿Y la otra parte?
Lali exhaló un suspiro y alzó la barbilla.
—La otra parte está rogando por que salgas de la habitación antes de que la parte menos juiciosa se haga con el control.
—Ajá —murmuró él, soltando el poste y caminando hacia ella lentamente, un paso tras otro.
Dios, sólo verlo avanzar hacia ella hizo que se le pusiera la boca seca... Era auténtica perfección en movimiento y exudaba virilidad por todos sus poros.
No tenía escapatoria, no tenía dónde esconderse, pensó Lali aterrada. Sabía que, si la tocaba, sus firmes intenciones se desvanecerían como humo en el aire.
—Lo he dicho en serio —murmuró Peter.
Estaba ya tan cerca de ella, que Lali podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—¿El qué? —balbució ella.
—Que tendrás que pedirlo —respondió el SEAL, extendiendo el brazo y acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
Aquel suave roce provocó un delicioso cosquilleo en el vientre de Lali. «Oh, Dios», pensó.
—No... no puedo.
—Ahora no, me doy cuenta —susurró Peter. Su aliento acarició la mejilla de Lali como lo habían hecho antes sus dedos—, pero lo harás.
Lali se tensó ante esa expresión de arrogancia, pero, siendo honesta consigo misma, tenía que admitir que estaba en lo cierto.
—Supongo que sería fácil rendirme a la atracción que siento hacia ti —dijo.
Una de las comisuras de los labios se arqueó hacia arriba.
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