—Papá, esto es ridículo —masculló Lali Esposito por el auricular del
teléfono que tenía en su mano—. No quiero un «perro guardián», no lo necesito.
—Entonces hazlo por mí —contestó la voz pro funda y autoritaria de Salvador
Esposito al otro lado de la línea—. No podemos tomar esto a la ligera.
—Papá, esa amenaza iba dirigida contra ti, no contra mí —replicó.
Por su puesto que había sentido temor por la seguridad de su padre al
enterarse de que había recibido aquella amenaza, y por supuesto que estaba
preocupada, pero no comprendía cómo podía afectarle eso a ella.
Hubo una larga pausa, y escuchó a su padre inspirar profundamente.
—Lali, sea quien sea quien está detrás de esa amenaza, lo que quiere es
que retire mi candidatura, y la forma más fácil sería poniendo en peligro la
vida de quienes quiero, de mi familia.
Lali suspiró. Su padre jamás había sido exactamente cariñoso y
abnegado. De hecho, en vez de como un padre, lo había visto siempre como un
hombre de negocios que se había dedicado en cuerpo y alma a aumentar la riqueza
y el prestigio de la familia, en lugar de pasar tiempo con sus hijos. Pero, aun
así, sabía que a su manera los quería, y que se preocupaba por ellos, sobre
todo por ella, que era la menor, y su única hija.
Además, aunque quizá con cierta torpeza, lo cierto era que su padre
estaba intentando arreglar sus errores del pasado, comportarse como el padre
que ella hubiese querido que fuera. La persona que había estado enviándole
mensajes amenazantes por correo electrónico no la había mencionado, por lo que
no le parecía que pudiera estar en peligro, pero su padre tenía suficientes
preocupaciones como para darle una más negándose a aceptar ese guardaespaldas.
Si aquello lo hacía sentirse más tranquilo, tal vez debiera rendirse y dejar de
discutir con él.
Y, por otra parte, su tío Mariano, el hermano menor de su padre, la
había instado también una y otra vez a que aceptara, y le costaba aún más
negarse a lo que le pedía su tío, porque, dado que carecía de las
responsabilidades de su padre sobre el negocio familiar, había tenido más
tiempo, y había sido una especie de padre sustituto para ella y sus hermanos.
—Está bien —capituló—, puedes contratar a ese guardaespaldas, pero no
se alojará aquí.
—Lali, por favor, no seas cabezota —le dijo su padre en un tono
impaciente, como si habiendo ganado la discusión tuviera prisa por colgar y
pasar a otra cosa—. Ponle en la habitación de in vitados y ya está.
—Papá, no voy a dejar que un extraño duerma en mi casa.
—No es un extraño, es el hijo de...
—Sí, ya lo sé, de ese amigo que tuviste en la Armada —lo interrumpió
ella con voz
cansina, antes de que empezara otra vez a contarle historias de la
guerra.
—Exacto, y llegará en cualquier momento —dijo su padre—. Espero que
cooperes y no le pongas las cosas difíciles.
—Papá, no...
—Lo siento, tesoro, pero tengo que dejarte.
Y antes de que Lali pudiera decir otra palabra, había colgado.
—Un placer hablar contigo, papá —farfulló, colgando el teléfono.
Justamente en ese momento sonó el timbre de la puerta y, resoplando, la
joven se dirigió al vestíbulo, todavía con ganas de pelea. Al abrir la puerta
se encontró frente a ella a un hombre con gafas de sol y cara de pocos amigos.
Era tan alto y fornido que parecía ocupar todo el espacio del pequeño porche
delantero. Tenía el cabello castaño muy corto, y llevaba unos vaqueros
desgastados en las rodillas, una chaqueta de cuero y una camiseta negra. ¿No
sería aquel el guardaespaldas que le enviaba su padre? Siempre había pensado
que los militares eran gente un poco más... presentable.
—¿Si?
El hombre contrajo el rostro, frunció el ceño y se frotó la sien.
—¿Le importaría no gritar? —le pidió apretando los dientes.
—No he gritado.
—Sí lo ha hecho; ahora mismo lo está haciendo —contestó él, quitándose
las gafas y guiñando los ojos por la luz del día—. Mierda, cómo odio las
mañanas.
Lali se fijó en que en torno a sus ojos, de un tono entre azul y verde,
había marcas de cansancio y falta de sueño que indicaban que había trasnochado
y, a lo que parecía, probablemente había estado bebiendo. Dios, aquel tipo
desaliñado, malhablado, y con resaca no podía ser el hombre que había
contratado su padre...
—¿Qué quiere?
—¿Que qué quiero? —respondió él—. Lo que quiero es un par de aspirinas,
una habitación oscura... y estar en cualquier lugar excepto aquí.
—Estupendo —dijo ella, aferrando los dedos en torno al picaporte,
dispuesta a darle con la puerta en las narices—. En ese caso... ¿por qué no se
va a cualquier otro lugar, a su casa, por ejemplo, y se toma esa aspirina y se
acuesta?
Trató de cerrar, pero el hombre interpuso el píe entre la puerta y el
marco, impidiéndoselo. Lali entornó los ojos, e ignoró el vuelco de miedo que
le dio el estómago. Exteriorizarlo la habría hecho parecer débil y vulnerable.
—Quite el pie de ahí o se lo romperé.
—¿Sabe qué? Lo mejor será que empecemos de nuevo —respondió él sin
apartarlo.
—Mejor será que no —farfulló ella, empujando la puerta con los brazos,
el hombro, y la cadera.
El hombre apretó los labios.
—Eso duele.
—Esa es la idea.
El resopló.
—Venga, déjeme entrar. Es usted Mariana Esposito, ¿no?
—Oh, ¿se supone que tengo que confiar en usted sólo porque sabe mi
nombre?
—masculló Lali, empujando la puerta con todo su peso.
El hombre puso una mano contra la madera, empujó, y con una facilidad
pasmosa, consiguió abrirla unos centímetros más.
—¿Qué cree que está haciendo? —exclamó Lali irritada, sin dejar de
empujar—.
Váyase de aquí de una vez.
—Soy Peter Lazani.
—Pues qué bien.
—Me envía su padre.
La mención de su progenitor hizo que Lali bajara la guardia.
Entonces... ¿aquel tipo era el hombre que su padre había enviado como
guardaespaldas? Su estupefacción había hecho que dejara de hacer fuerza, y la
puerta se abrió, casi dejando caer a Peter.
—Diablos, qué manera de empezar el día —farfulló irguiéndose.
—Escuche, me da igual que lo haya enviado mi padre —le dijo Lali,
cruzándose de brazos y mirándolo a los ojos—. No lo quiero aquí. No necesito un
«perro guardián».
—A mí no me lo diga, yo sólo cumplo órdenes —contestó él, encogiéndose
de hombros.
—Mire —gruñó Lali, tomando las gafas del cuello en uve de su camiseta y
poniéndolas. Sólo las necesitaba para leer, pero inconsciente mente solía
ponérselas cuando quería mantener las distancias—, se lo diré muy clarito: no
necesito su ayuda, así que, ¿por qué no se larga?
—Ojalá pudiera —farfulló él. Subió el último escalón, y avanzó sin
miramientos haciéndola echarse a un lado, cuando entró en la casa.
—Oh, por favor, pase, no sea tímido —masculló Lali irritada, observando
cómo escrutaba el pequeño vestíbulo.
La casa donde vivía era una pequeña vivienda de dos dormitorios. Cierto
que las cañerías estaban en mal estado, que el cuarto de baño era minúsculo, la
sala de estar y la cocina no mucho mayores, y que en el jardincito apenas
podían darse diez pasos, pero era su casa, una casa que había decorado y
reparado personalmente con el mayor mimo y esmero, y que no estaba dispuesta a
compartir con aquel bestia, aunque fuera sólo algo temporal.
—Bonita casa —murmuró Peter.
—Gracias. Y ahora, si no le importa...
—Señorita —la interrumpió el SEAL cruzando los brazos sobre su
impresionante
tórax, y mirándola fijamente a los ojos—: le guste o no, estamos
juntos en esto.
Además, créame, para mí esto no son precisamente unas
vacaciones, tener que hacer de niñera de una chiflada que se dedica a estudiar
a los peces.
—¿Como me ha llamado? —inquirió Lali, irguiéndose y poniendo los brazos
en jarras—. Soy doctora en biología marina.
--¿Y?
—Pues que prefiero ese término a «chiflada».
—Bueno, ya lo imagino —contestó él riéndose. La sonrisa se borró de sus
labios cuando advirtió que estaba verdaderamente molesta—. De acuerdo, lo
siento: doctora Espósito, entonces.
Lali asintió con la cabeza.
—Sí, bien... —continuó Peter—. Como le decía, más le vale ir haciéndose
a la idea,
porque usted y yo vamos a ser amigos a partir de ahora.
La joven sintió que la ira volvía a apoderarse de ella.
—Yo no...
Peter dejó su petate en el suelo, y le dirigió una sonrisa paciente que
probablemente reservaba a los tontos y los niños.
—Si no se va ahora mismo, yo... yo... llamaré a mi padre.
—Bien, dígale que mi viejo le manda saludos —contestó él—. Aunque no
veo de qué le va a servir llamarlo cuando ha sido él quien me ha hecho venir.
La irritación de Lali iba en aumento.
—En ese caso llamaré a su comandante.
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15 comentarios y el subo otro cap !
Gracias!
PD : El cursor viene de http://www.cursores.org/cursores-de-naturaleza.html solo hay que copiar lo y poner lo en el diseño en el gadjet HTML/Javascript

Amo la nove! jaja quiero que ya se istale a ver como resulta! y gracias por la informacion beso!
ResponderEliminarja ja buenísimo si empezamos a sí la relación, esto va a estar genial más!
ResponderEliminarJajaja empezaron mal,,
ResponderEliminarEspero maas (:
Besitoo
Arii
@AriadnaAyelen
Jajaja empezaron mal,,
ResponderEliminarEspero maas (:
Besitoo
Arii
@AriadnaAyelen
Jaja Buenisimooo me muerode risaa jajajajajaja :3
ResponderEliminar@maaff_lazaro
masss
ResponderEliminarmás nove!!!
ResponderEliminarmás nove!!!
mas nove
ResponderEliminarmaaaaaaaas
ResponderEliminarmás nove!!!
ResponderEliminarmás nove!!!
más nove!!!
ResponderEliminarmás nove!!!
jajaja pobre de peter yo tampoco aguantaria tener a algueine n mi casa uqe no conociera y para que me cuide por que si yo lo puedo hacer sola mas
ResponderEliminarTan bien narrado el encuentro q fue como verlos en vivo!Me gusta!Creo q vamos a divertirnos con estos dos!
ResponderEliminarmaaaaaaaaaaaaaaaas
ResponderEliminarPeter será un SEAL,pero me parece k ha dado con un hueso duro d roer con Lali.
ResponderEliminarJajaja,LAli amenazándolo con llamar a su papito ,o a su comandante ,jajaja,todos estuvieron d acuerdo en k la protegiera,su padre x protección ,y el comandante como "castigo".
ResponderEliminarEn esa casita tan pequeña,van a ser inevitables los roces constantes.
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