Peter se giró sobre los talones, y se encontró con que había una mujer observándolo por en cima de la valla de madera con los ojos entornados. Tenía el cabello casi blanco, el rostro sur cado por profundas arrugas, y sus manos, enfundadas en guantes de jardín, estaban apoyadas sobre la valla.
—Peter Lanzani, señora —contestó él, acercándose y tendiéndole la mano—. Soy... un amigo de Lali. Estoy pasando unas semanas con ella.
La mujer se quitó un guante y le estrechó la mano.
—¿Un amigo, dice?
—Sí, señora.
No iba a decirle a alguien a quien no conocía que era su guardaespaldas. Seguramente sólo sería una vecina entrometida, pero no convenía dar demasiada información.
—Bueno, le vendrá bien un poco de compañía desde luego —dijo la mujer asintiendo con la cabeza—. Llámeme Julia, hijo. Me alegra ver que Lali tiene a un «amigo» con ella. Pasa demasiado tiempo sola, y la soledad no es buena. Empiezas a hablar contigo
misma, ¿y dónde acabas?
—Pues...
—Encerrada en un manicomio, ahí es donde acabas —se respondió ella misma sin darle tiempo a contestar—. Si la gente te ve hablando sola te miran raro. Y si eres una vieja como yo no importa, porque se supone que los viejos estamos llenos de rarezas, y la gente lo ve como algo normal, ¿sabe?
—Sí, señora.
—Pero la gente joven tiene que salir de vez en cuando, ir a bailar... Siempre estoy diciéndole a Lali que debería buscarse un hombre atractivo, que tendría que aprender a divertirse un poco... y parece que finalmente me ha escuchado —añadió mirándolo de arriba abajo—. Asegúrese de que lo pase bien, ¿me entiende? Es una buena chica, y se merece algo más que pasarse el día entre esas cuatro paredes.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted.
—Bien. Bueno, tengo que dejarlo. Estoy limpiando los parterres —lo informó, volviéndose a ponerse el guante—. Ya estamos casi en prima vera y no puedo dejarlo para el último minuto.
—No, no, por supuesto.
Cuando se hubo marchado, Peter se rió entre dientes y se dirigió hacia la puerta trasera, pero apenas había dado dos pasos cuando recordó lo que había dicho la mujer. Así que Lali pasaba demasiado tiempo sola, y no tenía apenas visitas, ni salía... ¿Por qué?
Se detuvo al llegar al porche, miró a través del cristal de la puerta, y vio a Lali sentada toda vía en su mesa, que había colocado en la sala de estar, trabajando en sus investigaciones. Apenas se había movido de allí en todo el día. No hacía más que consultar libros, repasar papeles, e ignorarlo, excepto por las miradas de irritación que le había lanzado mientras instalaba los nuevos cierres, diciéndole que estaba haciendo mucho ruido y no la dejaba concentrarse. ¿Por qué una mujer tan bonita como ella preferiría los peces a las personas?
Cuando sonó el teléfono una hora después, fue Lali quien lo contestó.
—¿Diga?
—Hola, Lali.
—¡Vico! —exclamó ella, soltando el bolígrafo y recostándose en su silla—. ¡Qué sorpresa!
Sólo el oír la cálida voz de su hermano hizo que se relajase un poco. De repente se dio cuenta de que se le había ido el día, y de que llevaba horas inclinada sobre su mesa de trabajo. Le dolía la espalda, y le escocían los ojos.
Quitándose las gafas, las dejó a un lado, y se frotó los ojos con las yemas de los dedos. No era sólo el trabajo lo que la había cansado. El tener a Peter entrando y saliendo todo el día la había puesto en vilo. Incluso en los momentos en que había intentado no hacer ruido había sido incapaz de ignorarlo. Sentía su presencia en la sala de estar, con ella, y no había hallado la manera de concentrarse. De hecho, apenas había avanzado nada.
—¿Cómo estás, La? —le preguntó su hermano.
Lali esbozó una sonrisa. Vico, el segundo en edad de sus hermanos, era callado, e igual de responsable que ella. Sin embargo, había cambiado sorprendentemente a ese respecto desde que se enamorara de Candela.
—No estoy mal —respondió—. ¿Y tú?, ¿cómo te sientes ahora que te has prometido?
—Bien, bien.
Por aquella lacónica respuesta Lali supo al instante que había algún problema. En las últimas semanas Vico había estado más hablador que nunca, ansioso por hacerle saber a todo el mundo lo feliz que era con Cande, y no era un hombre que se preocupase por lo más mínimo, por lo que, al advertir la tirantez en su tono, Lali se preparó para recibir malas noticias.
—¿Qué ha ocurrido, Vico?
—Papá ha recibido otra amenaza por correo electrónico.
El estómago de Lali dio un vuelco.
—¿Como la última?
—Muy parecida.
Los dedos de Lali apretaron el teléfono de tal modo que los nudillos se le pusieron blancos. ¿Por qué estaba ocurriendo aquello? Por culpa de aquellas amenazas la vida de su familia se había vuelto patas arriba, y era como si ya nada fuese a ser jamás lo mismo.
Peter entró en la habitación en ese momento. Como si estuviesen conectados, aunque Lali no lo oyó, de algún modo lo sintió. Inspirando profundamente, se giró hacia él. Peter la miró a los ojos interrogante, pero Lali todavía no tenía respuesta para su pregunta. Aún tenía que oír el resto. El primer mensaje amenazante que su padre había recibido había sido escueto y directo:
«He estado vigilándote».
Sólo esas tres palabras, pero había sido suficiente para poner en jaque a toda su familia. La policía seguía investigando, pero no era fácil rastrear la procedencia de un mensaje de correo electrónico. La tecnología podía hacerle a uno la vida más sencilla, pero también daba a los acosadores más libertad para maniobrar.
—¿Qué es lo que dice este mensaje? —inquirió.
Vico suspiró.
—«Vas a sufrir». Y la firma es la misma: Lady Savannah.
A Lali se le erizó el vello de la nuca, y un escalofrío le recorrió la espalda. La primera amenaza había sido bastante difusa; incluso podía sonar a broma pesada, pero aquella segunda era ciertamente más definida. Suspiró, y siguió a Peter con la mirada mientras éste rodeaba la mesa para sentarse a su lado.
Aunque no lo admitiría en voz alta, Lali no pudo evitar pensar en lo reconfortante que era tenerlo en ese momento a su lado. Si hubiera estado sola, al llegar la noche habría estado muerta de miedo, tapada hasta la cabeza.
—¿Cómo se lo ha tomado papá? —inquirió.
Vico se río con ironía.
—Como te puedes imaginar. Si pudiera, se en cargaría él mismo de llevar a cabo la investigación. Está frustrado, enfadado...
—¿Y asustado?
—No tanto por él como por ti —contestó Vico con un suspiro.
—No tiene por qué estarlo —replicó Lali, tomando su bolígrafo y garabateando con él en el papel que tenía frente a sí.
Peter le arrancó el bolígrafo de los nerviosos dedos, y cerró su mano sobre la de ella. Lali no intentó soltarse. Ni siquiera se preguntó si aquello era buena idea o no, sino que, simplemente, agradeció la calidez de su mano.
Vico suspiró de nuevo, y Lali advirtió el cansancio en su voz cuando contestó.
—No empecemos otra vez a discutir eso, ¿quieres?
—Lo Siento, tienes razón. No pretendía discutir.
—Papá sólo quería que me asegurara de que estabas bien. ¿Está el guardaespaldas ahí contigo?
—Sí, está aquí, a mi lado —respondió ella.
Sí, allí estaba Peter, sosteniendo su mano, alejando de su mente
cualquier temor, haciéndole pensar cosas que no debería pensar, haciéndole
sentir cosas que podían
poner en peligro no su vida, pero sí su corazón.
poner en peligro no su vida, pero sí su corazón.
Vico, sin embargo, nada sabía del torbellino de emociones que estaban invadiendo a su hermana en ese momento.
—Bien —dijo—, así al menos por esa parte papá estará más tranquilo.
Lali asintió quedamente, y escuchó a su hermano en silencio mientras éste le hablaba de las medidas de seguridad que estaban tornando en la mansión de Crofthaven, la residencia familiar. Sin embargo, sus palabras hicieron que su mente conjurara una imagen de la casa encogiéndose, de tinos gruesos barrotes rodeándola y dejando al resto del mundo fuera. ¿Hasta cuándo tendrían que seguir así? ¿Acaso no podrían volver a bajar la guardia jamás?
Como si supiera que lo necesitaba, Peter le apretó suavemente la mano.
—Déjame hablar con él un momento, La —le pidió Vico.
—Mi hermano quiere hablar contigo —le dijo Lali a Peter, tendiéndole el teléfono.
Al ir a tomarlo él soltó su mano, haciendo que echara a faltar al instante no sólo la sensación de calidez y protección, sino también de conexión entre ellos.
Se puso de pie y fue a la cocina, se dirigió a la ventana y miró fuera. Había establecido allí su hogar y estaba viviendo su vida como siempre la había querido vivir: no había renunciado a sus orígenes, pero no dependía del dinero de su familia, y allí no era la hija de Salvador Esposito, era un miembro más de la vecindad. Había trabajado muy duramente para conseguir su título universitario, conseguir ese puesto como investigadora externa en el instituto oceanográfico de Georgia, y ganarse el respeto de sus colegas, y de pronto su vida se veía descolocada por un perturbado que estaba enviado amenazas a su padre.
Quería que aquello parase. Quería que su vida volviese a ser tan tranquila como había sido hasta hacía sólo un par de días. Estaba tan metida en sus pensamientos, que no advirtió que Peter había entrado en la cocina hasta que llegó detrás de ella.
—Tu hermano está preocupado por ti —murmuró.
—Todos están preocupados por mí -dijo ella, sin apartar la vista del roble que se alzaba en el jardín.
Los rayos del sol del atardecer teñían de oro y carmín el cielo, difuminándose en tonos naranjas y rosas. En el patio de la casa de los Johnson se oía a los chiquillos jugando al baloncesto, y el ruido de una radio salía por la ventana abierta de alguna otra vivienda.
—Pues no tienen por qué estarlo. -
Lali se volvió hacia él, sus ojos se encontraron, y por un instante deseó que le tomara la mano, como había hecho antes en la sala de estar. Aquello era una locura, se dijo cerrando los dedos y clavándose las uñas en la palma, como si con ello fuera a desvanecerse el cosquilleo que ese recuerdo le había provocado. Se preguntó si cuando el mes hubiera pasado, si cuando Peter se hubiese marchado, las cosas volverían a ser jamás como antes, o se pasaría el resto de su vida lamentando no haberse dejado guiar por su corazón. La preocupación y la frustración luchaban dentro de ella.
—Sólo quiero que todo esto acabe —musitó, encogiendo un hombro—. Supongo que eso me convierte en una cobarde.
Peter apoyó la cadera en el mueble del fregadero y la miró pensativo. Extendió la mano, y apartó un mechón de su rostro, remetiéndoselo por detrás de la oreja y haciéndola estremecer con ese leve contacto.
—No eres una cobarde —le dijo sonriendo—. Ni siquiera querías un guardaespaldas, ¿lo recuerdas?
Una de las comisuras de los labios de la joven se arqueó hacia arriba.
—Pero ahora lo tengo.
—Exacto, cariño —respondió él, y su sonrisa adoptó un matiz que denotaba la confianza que tenía en sí mismo—. Y mientras yo esté aquí, tú tampoco tienes por qué preocuparte.
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Hola! Feliz dia del otoño en Francia y Feliz dia de la primavera en Argentina!
Y Felices dias para los otros.
Comenten, Gracias!!

Se va acostumbrando a la presencia de Peter o me parece a mí?
ResponderEliminarPobre lali, que feo tener ese miedo constante!! Me encanta! Más!
ResponderEliminarquiero mas..me encanta la seguridad de peter jaja
ResponderEliminarObvio qe no va a dejar qe le pase nada!
ResponderEliminarEspeero mas :)
Besitoo
Arii
@AriadnaAyelen
En peligro su corazón ,sensaciones nuevas k debe experimentar.
ResponderEliminarFeliz día!!!!
ResponderEliminarMe gusta la relación que esta llevando Peter y Lali así o mas tierno Peter con sus gestos :)
Saludillos
@Titel842
Me encanta esta buenísima :) hahaha quiero mAs
ResponderEliminarhaay es bueenisiimo!' jaja me encantaa peter bien canchero y a lali que ya le esta gustando tenerlo con ella (:
ResponderEliminar@maaff_lazaro
Todos preocupados x ella .Ahora tiene a Peter ,k la está haciendo cambiar.
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