Adaptacion Laliter: La Mascara Del Amor. Twitter : @Joslielove . Gracias por leer y por comentar.

miércoles, 27 de febrero de 2013

La Mascara Del Amor Cap 15


                             La Mascara Del Amor


Y si era sincera consigo misma, empezaba a sentir también otro tipo de impaciencia. Una impaciencia física, carnal, que la hacía sentirse sucia y excitada al mismo tiempo. Y no tenía intención de negar tales deseos.

Lali había creído que entregándose a Peter, al llevar a la práctica sus fantasías, se liberaría, pero no había sido así. Todo lo contrario, el deseo que sentía por él había aumentado. Le deseaba más, le necesitaba más que una semana atrás, a pesar de que sabía que nada bueno podía salir de aquella relación.

Al terminarse el postre se fue a su habitación para cambiarse. Su madre estaba convencida de que iba a pasar la noche en casa de Rochi. No le costaba mentir. En aquellas circunstancias, era preferible a decir la verdad.

Con la ayuda de su doncella, Heather, la hija menor de Miller, el mayordomo de la mansión Bramley, se puso un precioso vestido color chocolate y se arregló el pelo. Luego, le dio las buenas noches a su madre y se subió a uno de los carruajes del duque para que la llevara a casa de su amiga. Consiguió zafarse de su doncella dándole el resto de la noche libre, cosa que no habría funcionado de no haber creído que iba a casa de Rochi. Una vez en la verja de entrada de ésta, cuando el carruaje se fue, Lali atravesó la calle y detuvo otro coche, y le pidió al cochero que la llevara al Saint Row.

Se acordó de ponerse la máscara justo antes de cruzar la puerta.

—Soy una invitada del duque de Lanzani —dijo al portero que la recibió.

El hombre se apartó y la dejó entrar sin preguntarle nada, entregándole una llave. Lali no la miró hasta que estuvo al pie de la escalera. De ella colgaba una cuerda con un número, el mismo que el de la habitación que habían compartido la semana anterior. Apretándola entre los dedos, subió la escalera y entró en los aposentos.

¿Acudiría Peter esa noche?

Se sentó en el borde de la cama y se quitó los guantes.

¿Lo haría?

Y entonces, siendo la estúpida romántica que era, esperó.
 

Ella volvía a llevar máscara.

La de esa noche era de seda color chocolate, a juego con el vestido y con su melena. A Peter no le molestaba que hubiera decidido seguir ocultándole el rostro. El también iba enmascarado, pero por su parte lo hacía siempre que salía en público.

—Creía que no ibas a venir —dijo, al cerrar la puerta tras él.

Ella se levantó. El vestido se le pegaba a las curvas y aquellas delicadas mangas amenazaban con dejarle los hombros al descubierto.

—He estado a punto de no hacerlo.

Peter habría preferido no saber ese detalle, pero entonces la joven añadió:

—Estaba convencida de que tú habrías cambiado de opinión y quería evitarme el disgusto.

¿Cambiar de opinión? Eso sería como pedirle a la noche que no siguiera al día. Que él cumpliera su parte del trato estaba fuera de cuestión. Peter no podría haberse mantenido alejado de allí aunque hubiera querido. Simplemente, no tenía tanta fuerza de voluntad.

—Desconoce el poder de su atractivo, madame.

—No dudo de mis atributos, señor, sólo dudo de que basten para mantener el interés de un hombre como usted.

—¿Y qué clase de hombre soy?

—Uno que prefiere acostarse con mujeres cuyo nombre desconoce.

Peter se rió.

Ella no lo había ofendido lo más mínimo, su honestidad era refrescante a la vez que atrevida.

—Lo mismo podría decirse de usted, madame.

—No creo, su gracia.

El se quedó inmóvil a medio camino de colgar su abrigo. Le bastó con volver un poco la cabeza para poder mirarla. Estaba de pie, con las manos sujetas por delante y los hombros echados hacia atrás, como si estuviera esperando.

—¿Sabes quién soy?

Ella asintió sin soltarse las manos.

—Sí.

Peter se apartó del perchero y se le acercó, midiendo cada paso, cada movimiento con sumo cuidado.

—Entonces, habrás oído lo que se dice de mí.

—Sí.

—¿Y a pesar de eso estás aquí?

—Sí, aquí estoy. —Dejó caer los brazos a los costados, en lo que Peter creyó que era un gesto de súplica. —¿Te sorprende?

—Si te soy sincero, sí.

Por fin, ella le sonrió, una sonrisa que iluminó su rostro.

—Tal vez sea usted el que desconoce el poder de su atractivo, su gracia.

—No me llames así.

—¿Cómo quieres que te llame?

«Cariño. Amor. Mi vida.»

—Puedes llamarme Peter.

—Está bien.

—¿Y cómo quieres que te llame yo a ti? —No podía llamarla «mía», ¿no?

—Llámame como quieras.

—¿Tú sabes mi nombre y te niegas a decirme el tuyo? ¿Por qué?

—Porque no tienes tus motivos para llevar esa máscara. Peterden. Y yo tengo los míos. Ponme el nombre que quieras.

—Lali. Te llamaré Lali.

¿Eran imaginaciones suyas o ella se quedó helada durante un segundo? Pues claro. Se había comportado como un cretino al sugerir tal cosa. Si ella sabía quién era él, seguro que también estaba al tanto de quién era Lali.

—Como desees.

Peter le tendió la mano.

—Ven aquí.

Ella lo hizo, deslizándose entre sus brazos como si hubiera nacido para estar allí.

—Mía —le susurró él al oído. —Así es como quiero llamarte. —No era la primera vez que decía esa frase, pero sí era la primera que de verdad deseaba que aquellas palabras tuvieran significado.

La joven se apoyó en sus hombros y se echó hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.

—¿Por qué? ¿Ni siquiera me conoces?

—No te conozco, pero desde aquella mañana, hace una semana, en que me desperté sin ti a mi lad
o, no he podido dejar de pensar en esta noche. —Deslizó una mano por su espalda y la sujetó por la nuca. —Y tú tampoco.

Cortó cualquier respuesta, cualquier negación que hubiera podido escapar de los labios de Lali con un beso. Sintió su dulce boca bajo la suya, entreabriéndose para que él pudiera deslizar la lengua en su interior y saborear aquella cálida humedad. Ella lo afectaba como el vino más fuerte, le nublaba la mente y lo hacía entrar en calor, perder el control, la capacidad de razonar.

Y Peter quería aferrarse a ese sentimiento el máximo de tiempo posible.

Se desnudaron el uno al otro despacio, convirtiendo la tarea en un juego sensual. Cuando él la llevó a la cama, la joven sólo llevaba puestas las medias, y era lo más erótico que Peter había visto jamás.

Se acoplaron el uno al otro con facilidad, el cuerpo de ella estaba listo y ansioso para recibirlo. Su sexo lo rodeó con tanta fuerza que Peter tuvo que apretar los dientes para mantener cierto dominio. Dios, era como estar en el cielo. Podría quedarse allí dentro para siempre.

Pero como para siempre no era posible, así que tendría que conformarse con aquella noche. Antes del amanecer, sr quedaron tumbados el uno junto al otro, enredados entre sábanas empapadas. Él se deshizo del último preservativo que había utilizado y cerró los ojos. Con dedos temblorosos, buscó los de su misteriosa amante.

Tenía la mano tan suave...

Cuando llegó la oscuridad. Peter luchó contra ella, consciente de que la noche terminaría en cuanto se quedara dormido. Pero el dios del sueño no iba a permitir que lo derrotaran, y ni siquiera su firme voluntad era digna adversaria para él. 
 
A la mañana siguiente, se despertó solo otra vez. Pero en esa ocasión, una suave máscara color chocolate descansaba a su lado, en la almohada, y debajo de ésta había una hoja del papel de escribir del Saint Row con sólo cuatro palabras:

El jueves que viene.