La Mascara Del Amor
Y si era sincera consigo misma, empezaba a sentir también otro tipo de
impaciencia. Una impaciencia física, carnal, que la hacía sentirse sucia y
excitada al mismo tiempo. Y no tenía intención de negar tales deseos.
Lali había creído que entregándose a Peter, al llevar a la práctica
sus fantasías, se liberaría, pero no había sido así. Todo lo contrario, el
deseo que sentía por él había aumentado. Le deseaba más, le necesitaba más que
una semana atrás, a pesar de que sabía que nada bueno podía salir de aquella
relación.
Al terminarse el postre se fue a su habitación para cambiarse. Su
madre estaba convencida de que iba a pasar la noche en casa de Rochi. No le
costaba mentir. En aquellas circunstancias, era preferible a decir la verdad.
Con la ayuda de su doncella, Heather, la hija menor de Miller, el
mayordomo de la mansión Bramley, se puso un precioso vestido color chocolate y
se arregló el pelo. Luego, le dio las buenas noches a su madre y se subió a uno
de los carruajes del duque para que la llevara a casa de su amiga. Consiguió
zafarse de su doncella dándole el resto de la noche libre, cosa que no habría
funcionado de no haber creído que iba a casa de Rochi. Una vez en la verja de
entrada de ésta, cuando el carruaje se fue, Lali atravesó la calle y detuvo
otro coche, y le pidió al cochero que la llevara al Saint Row.
Se acordó de ponerse la máscara justo antes de cruzar la puerta.
—Soy una invitada del
duque de Lanzani —dijo al portero que la recibió.
El hombre se apartó y la dejó entrar sin preguntarle nada,
entregándole una llave. Lali no la miró hasta que estuvo al pie de la escalera.
De ella colgaba una cuerda con un número, el mismo que el de la habitación que
habían compartido la semana anterior. Apretándola entre los dedos, subió la
escalera y entró en los aposentos.
¿Acudiría Peter esa noche?
Se sentó en el borde de la cama y se quitó los guantes.
¿Lo haría?
Y entonces, siendo la estúpida romántica que era, esperó.
Ella volvía a llevar máscara.
La de esa noche era de seda color chocolate, a juego con el vestido y
con su melena. A Peter no le molestaba que hubiera decidido seguir ocultándole
el rostro. El también iba enmascarado, pero por su parte lo hacía siempre que
salía en público.
—Creía que no ibas a
venir —dijo, al cerrar la puerta tras él.
Ella se levantó. El vestido se le pegaba a las curvas y aquellas
delicadas mangas amenazaban con dejarle los hombros al descubierto.
—He estado a punto de
no hacerlo.
Peter habría preferido no saber ese detalle, pero entonces la joven
añadió:
—Estaba convencida de
que tú habrías cambiado de opinión y quería evitarme el disgusto.
¿Cambiar de opinión? Eso sería como pedirle a la noche que no siguiera
al día. Que él cumpliera su parte del trato estaba fuera de cuestión. Peter no
podría haberse mantenido alejado de allí aunque hubiera querido. Simplemente,
no tenía tanta fuerza de voluntad.
—Desconoce el poder
de su atractivo, madame.
—No dudo de mis
atributos, señor, sólo dudo de que basten para mantener el interés de un hombre
como usted.
—¿Y qué clase de
hombre soy?
—Uno que prefiere
acostarse con mujeres cuyo nombre desconoce.
Peter se rió.
Ella no lo había ofendido lo más mínimo, su honestidad era refrescante
a la vez que atrevida.
—Lo mismo podría
decirse de usted, madame.
—No creo, su gracia.
El se quedó inmóvil a medio camino de colgar su abrigo. Le bastó con
volver un poco la cabeza para poder mirarla. Estaba de pie, con las manos
sujetas por delante y los hombros echados hacia atrás, como si estuviera
esperando.
—¿Sabes quién soy?
Ella asintió sin soltarse las manos.
—Sí.
Peter se apartó del perchero y se le acercó, midiendo cada paso, cada
movimiento con sumo cuidado.
—Entonces, habrás
oído lo que se dice de mí.
—Sí.
—¿Y a pesar de eso
estás aquí?
—Sí, aquí estoy.
—Dejó caer los brazos a los costados, en lo que Peter creyó que era un gesto de
súplica. —¿Te sorprende?
—Si te soy sincero,
sí.
Por fin, ella le sonrió, una sonrisa que iluminó su rostro.
—Tal vez sea usted el
que desconoce el poder de su atractivo, su gracia.
—No me llames así.
—¿Cómo quieres que te
llame?
«Cariño. Amor. Mi vida.»
—Puedes llamarme Peter.
—Está bien.
—¿Y cómo quieres que
te llame yo a ti? —No podía llamarla «mía», ¿no?
—Llámame como quieras.
—¿Tú sabes mi nombre
y te niegas a decirme el tuyo? ¿Por qué?
—Porque no tienes tus
motivos para llevar esa máscara. Peterden. Y yo tengo los míos. Ponme el nombre
que quieras.
—Lali. Te llamaré Lali.
¿Eran imaginaciones suyas o ella se quedó helada durante un segundo?
Pues claro. Se había comportado como un cretino al sugerir tal cosa. Si ella
sabía quién era él, seguro que también estaba al tanto de quién era Lali.
—Como desees.
Peter le tendió la mano.
—Ven aquí.
Ella lo hizo, deslizándose entre sus brazos como si hubiera nacido
para estar allí.
—Mía —le susurró él
al oído. —Así es como quiero llamarte. —No era la primera vez que decía esa
frase, pero sí era la primera que de verdad deseaba que aquellas palabras
tuvieran significado.
La joven se apoyó en sus hombros y se echó hacia atrás para poder
mirarlo a los ojos.
—¿Por qué? ¿Ni
siquiera me conoces?
—No te conozco, pero
desde aquella mañana, hace una semana, en que me desperté sin ti a mi lad
o, no
he podido dejar de pensar en esta noche. —Deslizó una mano por su espalda y la
sujetó por la nuca. —Y tú tampoco.
Cortó cualquier respuesta, cualquier negación que hubiera podido
escapar de los labios de Lali con un beso. Sintió su dulce boca bajo la suya,
entreabriéndose para que él pudiera deslizar la lengua en su interior y
saborear aquella cálida humedad. Ella lo afectaba como el vino más fuerte, le
nublaba la mente y lo hacía entrar en calor, perder el control, la capacidad de
razonar.
Y Peter quería aferrarse a ese sentimiento el máximo de tiempo
posible.
Se desnudaron el uno al otro despacio, convirtiendo la tarea en un
juego sensual. Cuando él la llevó a la cama, la joven sólo llevaba puestas las
medias, y era lo más erótico que Peter había visto jamás.
Se acoplaron el uno al otro con facilidad, el cuerpo de ella estaba
listo y ansioso para recibirlo. Su sexo lo rodeó con tanta fuerza que Peter
tuvo que apretar los dientes para mantener cierto dominio. Dios, era como estar
en el cielo. Podría quedarse allí dentro para siempre.
Pero como para siempre no era posible, así que tendría que conformarse
con aquella noche. Antes del amanecer, sr quedaron tumbados el uno junto al
otro, enredados entre sábanas empapadas. Él se deshizo del último preservativo
que había utilizado y cerró los ojos. Con dedos temblorosos, buscó los de su
misteriosa amante.
Tenía la mano tan suave...
Cuando llegó la oscuridad. Peter luchó contra ella, consciente de que
la noche terminaría en cuanto se quedara dormido. Pero el dios del sueño no iba
a permitir que lo derrotaran, y ni siquiera su firme voluntad era digna
adversaria para él.
A la mañana siguiente, se despertó solo otra vez. Pero en esa ocasión,
una suave máscara color chocolate descansaba a su lado, en la almohada, y
debajo de ésta había una hoja del papel de escribir del Saint Row con sólo
cuatro palabras:
El jueves que viene.
