Esa noche, a las once, una hora después de haberse acostado, Lali se
deslizó de puntillas fuera de su dormitorio. Por suerte había arreglado el
suelo de madera hacía seis meses, y ya no crujía bajo sus pies. Esforzándose
por no respirar con fuerza, apretó las llaves de la casa en un puño para que no
tintinearan, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. La idea de torear
al SEAL a quien le habían encargado vigilar todos sus movimientos.
Al pasar por delante de la puerta cerrada de la otra habitación, que usaba
como despacho, y esa noche había convertido en una habitación de invitados para
el intruso, los latidos de su corazón se dispararon, pero cuando dobló la es
quina del pasillo que conducía a la sala de estar volvieron a su ritmo normal y
suspiró aliviada. De pronto cayó en la cuenta que era la primera vez en su vida
que hacía algo así.
En el internado privado donde había estudiado el bachillerato, algunas
de sus compañeras salían a hurtadillas por la noche de sus dormitorios para
irse a bailar, o para encontrarse con algún chico, pero ella jamás había hecho
nada parecido. No, ella siempre había sido la «niña buena», la obediente, la
respetuosa... la aburrida, concluyó irritada, frunciendo el ceño.
Guiándose por la tenue luz de la luna que se filtraba por las cortinas
blancas de las ventanas de la sala de estar, Lali se dirigió a la puerta delantera.
Giró el pestillo con el mayor cuidado posible, pero no pudo silenciar su
chasquido metálico. Contrajo el rostro al oírlo, y contuvo el aliento, esperando.
Al no escuchar ruido alguno en la habitación donde estaba durmiendo el SEAL,
esbozó una sonrisa, y cerró los dedos en torno al picaporte de la puerta. Muy
despacio lo empujó hacia abajo y tiró hacia dentro.
Aunque el ruido que hizo la
puerta al separarse del marco fue levísimo, en el silencio reinante a sus oídos
se le antojó como un agudo chirrido, y volvió a contener el aliento, pero de
nuevo pareció que su «huésped» no había oído nada.
Salió, empujó cuidadosamente la puerta, introdujo la llave en la
cerradura, y volvió a cerrar. No podía dejar a su perro guardián desprotegido,
pensó con una sonrisa socarrona. Satisfecha consigo misma, se dio la vuelta..,
para chocarse con un ancho tórax.
A Peter le rompió los tímpanos el chillido que dio la joven al chocarse
con él, pero ella pareció recuperarse rápidamente del susto, porque le pegó un
pisotón en el pie derecho con todas sus ganas, para a continuación propinarle
un codazo en el diafragma, dejándolo sin aliento. Lo había pillado con la
guardia baja, pero cuando fue a golpearlo de nuevo, la agarró por la muñeca.
—Maldita sea, doctora, ¡soy yo!
Lali, que estaba revolviéndose como un gato furioso, intentando liberar
su mano, se quedó quieta al oír su voz. Alzó el rostro, y Peter vio que estaba
jadeante y que tenía los ojos abiertos como platos.
—¡Usted! —exclamó en un grito ahogado.
—Sí, yo, así que haga el favor de calmarse, ¿quiere?
—¿Qué me...? —repitió ella entre incrédula e indignada. Y, con la mano
libre, le propinó un puñetazo en el estómago.
Sin embargo, Peter estaba preparado, había tensado los músculos y
sintió cómo el golpe rebotaba contra su cuerpo.
—Vuelva a pegarme —masculló agarrándole la otra muñeca—, y puede que le
devuelva el golpe, encanto.
—Atrévase —le espetó Lali, dándole una patada.
Peter contrajo el rostro dolorido. No debería haberla desafiado, pero
estaba sacándolo de sus casillas.
—Está bien —dijo intentando ser paciente—, no le devolvería el golpe,
porque jamás pegaría a una mujer, pero si sigue mostrándose tan insufrible, le
juro que la ataré a una silla —añadió, soltándola.
Lali lo ignoró, y le preguntó frotándose la muñeca izquierda:
—¿Se puede saber qué diablos está haciendo aquí fuera? Me ha pegado un
susto de muerte.
—No era mi intención. La oí levantarse, y me pregunté adónde iría a estas
horas de la noche. Mi deber es protegerla. Así que a donde vaya usted, también
voy yo.
—¿Me... me oyó? —repitió ella incrédula.
¿Que si la había oído? Peter reprimió una sonrisilla. El problema de
aquella señorita era que no sabía con quién estaba jugando. Estaba en trenado
para dormir con el oído atento y un ojo abierto. La había oído moverse por la
casa, y había salido por la ventana para averiguar qué es taba tramando.
—Sí, la oí —contestó. Estaba empezando a darse cuenta de que hacer de
niñera de Mariana Esposito no iba a ser precisamente un paseo.
—Pues debe tener el oído de un murciélago —farfulló ella, bajando los
escalones de la entrada sin mirarlo.
Peter bajó los escalones también, sin poder evitar fijarse en lo bien
que le sentaban los vaqueros negros que llevaba. ¿Quién hubiera dicho que una
científica pudiera tener un trasero tan bonito? Entonces reparó en que la
cazadora que llevaba y la sudadera que tenía debajo también eran de color
negro.
—¿El que se haya vestido como si fuera a robar... obedece a algún
motivo?
—¡Me ha descubierto! —exclamó ella con sarcasmo—. Llevo una doble vida:
de día soy bióloga marina, y de noche me cuelo en las casas del vecindario para
robar.
—Y seguro que cuando se va les deja panfletos contra el consumo de atún
porque su pesca mata a los delfines —dijo Peter.
Lali se detuvo y se volvió hacia él, sonriéndole con desprecio.
—No sabía que los SEAL tuvieran vena de comediantes.
—Ya ve, se aprende algo nuevo cada día.
—Estupendo. Pues ahora que la lección del día ha concluido, vuelva
dentro a dormir y déjeme tranquila —dijo Lali echando a andar de nuevo.
—Lo siento, pero no puedo dejarla sola —respondió Peter, dándole
alcance en dos zancadas con sus largas piernas y caminando junto a ella—.
Adonde vaya usted, voy yo también.
Lali se paró en seco y lo miró furibunda.
—Me parece que no lo comprende —le dijo irritada—. No lo necesito, y no
quiero que venga conmigo.
Peter escrutó en silencio su rostro. Su cremosa piel brillaba como la
porcelana bajo la tenue luz del alumbrado de la calle. Sí, para ser una
científica era mucho más bonita de lo que había esperado, como tampoco había
esperado los latigazos verbales que propinaba cuando se enfadaba, ni que fuera
tan obstinada. Y si a eso se le añadía un buen trasero y un par de senos
pequeños y firmes que se moría por tomar en las palmas de sus manos, podía
concluirse que era un pack de impresión.
—Mire, doctora —respondió Peter—, lo siento, pero usted no tiene voz ni
voto en este asunto.
—Pero...
—Podemos quedarnos aquí plantados discutiendo —la cortó Peter,
pasándole un brazo por los hombros y empezando a caminar, arrastrándola con
él—, o seguir caminando hacia donde quiera que fuera. ¿qué prefiere?
Ella apartó el brazo de sus hombros.
—Yo puedo hablar y caminar al mismo tiempo. ¿Cree que puede usted?
—Estoy empezando a tomarle cariño, encanto.

Maas noveeeeee,q obstinados q son los dos por dios dejense de joder
ResponderEliminarooo por dios no no aguantaria pero bueno eso de escaparme se que lo podria hacer por que ya lo hago en mi casa y mis padres nunca me descubren y que mi mama escucha todo :P mass jaja me dio cosita como dijo que era una nina buena jajaj :P
ResponderEliminarEstá muy buena la nove, ya me puse al día, quiero más capi.
ResponderEliminarMil perdones por no firmar, antes, gracias por la nove anterior me encantó el final.
@Masi_ruth
Peter es genial, y lali como lo busca me encanta!! más!!
ResponderEliminarEl SEAL ,se llevó unos buenos golpes,jajaja,Lali es como una gata sacando sus uñas ,tiene salidas para todo.
ResponderEliminarme encanta mas noveeeeeeeeeeeeee
ResponderEliminarJaja la nove esta súper divertida, me encantan las peleas de Lali y Peter!!! Lali no se salió con la suya y Peter la descubrió en un dos por tres jajajaja!!!
ResponderEliminar@Titel842
Jaja me gusta, creo qe se van a matar dx
ResponderEliminarEspero maas :)
Besitoo
Arii
@AriadnaAyelen
quiero mas si! y como isiste lo de la nieve yo la habia puesto pero la quite por error jaja
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