—Podría —respondió él. Abrió la puerta principal y salieron los dos—.
Pero, silo hiciera, después tendría que pegarte un tiro, y eres demasiado
bonita para morir sólo por ser curiosa.
Lali se tensó visiblemente y le dio la espalda.
—¿Qué… qué ocurre? —inquirió Peter contrariado.
—No vuelvas a hacer eso, por favor.
—¿El qué? —preguntó él, frunciendo el ceño.
La oyó inspirar, y soltar el aliento irritada.
—Decirme que soy bonita.
En ese momento se levantó un viento frío, que hizo que se liberaran algunos cabellos de la coleta de Lali. La joven los apartó con un gesto impaciente de la mano. En la distancia se oyó el retumbar de un trueno, que pareció recorrer toda la bóveda del cielo.
—¿Por qué no? —inquirió Peter.
—Porque no lo soy —contestó ella, alzando la barbilla y mirándolo a los ojos—, y porque preferiría no tener que escuchar esa clase de galante rías baratas que seguro que usas con todas las mujeres que se cruzan en tu camino.
Estupendo, pensó Peter, sin pretenderlo, había conseguido ofenderla. Las cosas iban de mal en peor.
Tuvo la impresión de que iban a acabar discutiendo, pero quizá fuera lo que necesitaban, para descargar un poco de adrenalina.
Se quitó la mochila del hombro con un sus piro, y la dejó caer al suelo.
—No voy diciéndole eso a todas las mujeres a las que me encuentro.
—Seguro —farfulló ella. Puso los brazos en jarras, ladeó la cabeza, y lo miró irritada—: «eres demasiado bonita para morir» —lo remedó con una carcajada seca de incredulidad—. ¡Por amor de Dios! Me has recordado a esos tipos que te preguntan cuáles son tus hobbies o que te dicen que su mujer no los entiende. Claro que puede que tú ni siquiera te des cuenta cuando lo haces, ¿no es verdad? Supongo que será algo in consciente.
—¿Qué, es que estoy aquí de pie sonámbulo o algo así? —le espetó Peter, soltando una risotada sarcástica
—No me refería a eso.
Peter la miró fijamente.
—Pues entonces háblame sin rodeos. Normal mente sueles hacerlo.
—Bien —asintió ella—. Pues, para empezar, tengo un nombre, ¿sabes?, y es Lali, L-A-L-I.
Peter entornó los ojos.
—Vaya, ese nombre me suena de algo...
—¿De veras? —respondió ella en el mismo tono irónico, enarcando las cejas—. Yo creía que no sabías cómo me llamaba.
—¿Y eso por qué? —preguntó Peter sin poder apartar la vista de ella.
Por una parte habría sido «peligroso» que la hubiese apartado, porque se la veía tan enfadada que parecía que fuera a arrancarle la cabeza, y por otra, sencillamente no podía apartar la vista porque aun hecha una furia estaba increíblemente preciosa, y se había quedado como hipnotizado.
De sus ojos saltaban chispas, y el fuego que ardía en ellos los hacía relucir como esmeraldas bajo un foco de luz. Casi estaba temblando de ira. ¿Qué diablos había dicho para enfadarla de aquel modo? Hacía un instante había sido toda sonrisas, hablando del océano, y en el instante siguiente estaba tirándosele a la yugular y pegándole coces con la mirada.
—Porque nunca usas mi nombre —respondió ella.
Cambió el peso de un pie a otro, y cruzó los brazos bajo el pecho, y Peter, que era un hombre después de todo, no pudo evitar que los ojos se le fuesen en esa dirección. Lali lo advirtió, y bufó despectivamente.
—Para ti las mujeres somos intercambiables, ¿no?
— ¿Que? ¿A qué diablos ha venido eso? —exigió saber él, indignado.
—Para los hombres como tú es como si fuéramos uno de esos autoservicios donde
puedes comer todo lo que quieras por un precio fijo.
Peter frunció el ceño.
—Rubias, morenas, pelirrojas.., a vosotros os da igual siempre con tal de que tengamos una buena delantera, ¿no es cierto?
—Oye, oye, oye... espera un segundo —la cortó Peter.
Se acercó a ella, mirándola desde sus dos me tros de altura con los brazos en jarras.
Aquel gesto tenía por intención intimidarla, pero no lo consiguió en absoluto.
—Eres tú quien va a esperar y a escucharme —replicó ella—. ¿Te crees que no sé de qué vas cuando me llamas «cariño», «encanto», o «nena»? —le dijo clavándole el índice repetida mente en el pecho—. ¿Crees que no sé que ésa es la manera que tienen los tipos como tú de hablarle a una mujer para no tener que preocuparos en recordar nuestros nombres?
Peter inspiró profundamente y apretó los labios.
La irritación, que seguía creciendo como una ola dentro de Lali, se entremezcló con la tensión que se había estado acumulando en la boca de su estómago durante días. Se sentía como un equilibrista en la cuerda floja, tratando de con centrarse en el proyecto de investigación que tenía que presentar en menos de tres meses, y al mismo tiempo intentando apartar de su mente el hecho de que alguien estaba amenazando a su familia.
Y luego estaba lo de Peter... No podía quitarle los ojos de encima cuando estaban en la misma habitación. Era tan alto, y fuerte, y guapo... y es taba todo el tiempo con ella. De sobra sabía que no era la clase de mujer que atraía a los hombres, pero aquello no había impedido que se desatase su imaginación.
Cuando estaba consultando un libro para su investigación, de pronto él pasaba por la sala de estar, y su mente se llenaba de imágenes de él acariciándola, tomándola en volandas y llevándola al dormitorio y haciéndole el amor...
Tenía que parar aquello como fuese. La última vez que se había dejado llevar por sus fantasías, que había sucumbido a sus deseos, se había chocado con un muro de traición, y todavía le dolía el corazón al recordarlo.
Por eso no iba a quedarse allí de pie dejando que Peter le dijera cosas que no sentía, y empezar a recordarlo en medio de la noche y torturarse a sí misma albergando la tonta esperanza de que lo hubiera dicho en serio.
—No soy una de esas «fans» de los hombres con uniforme que seguramente te esperan en cada puerto —le dijo. Buscó sus ojos, esos ojos en los que pasaba demasiado tiempo pensando, y se obligó a no apartar la mirada—, ni voy a prestarme para calentar tu cama. Tenlo bien presente.
—En primer lugar —replicó él—, no tengo «fans» esperándome en cada puerto, encanto. Tengo amigas, y de vez en cuando tengo amantes. Y en segundo lugar no creo que sea un pecado que, al contrario que tú, prefiera las personas a los peces.
Lali entornó los ojos.
-Yo no he dicho...
—No, tú ya has dicho lo que tenías que decir —la cortó él, sosteniéndole la mirada—, y ahora es mi turno: si digo que me pareces bonita, lo digo en serio. No necesito mentir a una mujer para conseguir su atención.
—Y tampoco te lo tienes nada creído, por lo que veo —farfulló Lali.
—Los hechos son hechos, cariño —replicó Peter, esbozando una sonrisa burlona—. Si quieres creer que te lo he dicho por embaucarte, es problema tuyo.
—De acuerdo, te creo, no me has mentido —dijo ella—, es sólo que necesitas ir a que te revisen la vista.
Peter resopló.
—Eres única, preciosa.
Peter apretó los dientes. Cariño, preciosa... ningún hombre había utilizado jamás esos apelativos con ella, ni una sola vez, y tener que escucharlos sabiendo que no significaban nada la desgarraba por dentro. Era una estúpida, se dijo, por dejar que le afectase de esa manera, por sentirse decepcionada, por desear aunque fuera por un segundo que esas palabras no fueran huecas.
—Escucha —continuó Peter—, me parece muy bien que estés enfadada con tu papaíto porque te haya obligado a aceptarme como guardaespaldas, pero no tengo por qué aguantar tus malos humos.
Lali se sintió incómoda.., porque era verdad.
—Yo no estoy enfadada... —protestó débil mente.
—Diablos que no lo estás. ¿Quién está mintiendo ahora? —farfulló él, agarrándola por los brazos y atrayéndola hacia sí, mientras empezaban a caer las primeras gotas de lluvia—. Pero, ¿sabes cuál es el principal problema, encanto?
—¿Cuál? —inquirió ella en un hilo de voz, haciendo lo posible por ignorar la oleada de calor que se había disparado por sus venas.
Peter le sonrió, y recorrió los rasgos de su rostro con la mirada.
-Qué me deseas —susurró.
Dios, cuánta razón tenía, admitió Lali para sus adentros. En el cielo relumbraban relámpagos y resonaban truenos mientras la lluvia se guía cayendo sobre ellos, empapándolos. La joven parpadeó, observando a Peter, y se dijo que resultaba aún más atractivo con el cabello mojado y el agua resbalando por los duros ángulos de su rostro.
A pesar del frío, se notaba como si estuviera ardiendo por dentro, y los dedos de Peter hinca dos en sus brazos parecían diez cerillas encendidas. Le entró un cosquilleo en el estómago, y sintió que los latidos de su corazón se aceleraban.
Por un instante pareció incluso como si se le hubiese cortado la respiración y sus pulmones fuesen incapaces de tomar el oxígeno que necesitaban. Los ojos de Peter brillaban, y aunque la visión de Lali se había tornado algo borrosa, pudo leer el mismo deseo que ella sentía en aquellos iris entre azules y verdes, y se estremeció.
El aliento de Peter impregnó su rostro cuando se inclinó hacia ella. Kim creyó que la iba a besar, pero se quedó a unos centímetros de sus labios, esbozó una sonrisa maliciosa, movió ligeramente la cabeza y la soltó, haciéndola tambalearse hacia atrás.
—Oh, sí, me deseas... —murmuró Peter—. Y podrás tenerme... tan pronto como estés dispuesta a admitirlo —añadió, guiñándole un ojo y dirigiéndole otra sonrisa.
Se agachó para recoger la mochila del suelo, y se quedó mirándola mientras la lluvia seguía cayendo sobre ellos.
Lali, temblando de deseo y frustración, lo vio subir los escalones del porche. Peter abrió la puerta y la sostuvo, mientras se volvía hacia ella.
—Lo siento pero parece que tendremos que aplazar la excursión —le dijo.
Lali sabía que no era muy aconsejable ir a la playa en medio de una tormenta eléctrica, pero, con lo extraña que se sentía en ese momento, la idea de tener que volver a entrar en la casa con Peter y pasar todo el día otra vez los dos solos allí encerrados hizo que quisiese salir corriendo.
Iba a ser un día largo, muy largo, pero podría hacerlo, se dijo, podría resistir el deseo.
Aunque pasaran horas y horas allí encerrados, jamás admitiría que lo deseaba. No le daría esa satisfacción, pensó, pero hizo una mueca al caer en la cuenta de que con ello también estaría negándose a sí misma el satisfacer esa necesidad de él que estaba volviéndola loca.
Calada hasta los huesos, Lali se tragó ese pesar, y lo miró fijamente.
—Caerán chuzos de punta en el infierno antes de que admita algo semejante —le dijo.
Sonriendo burlón, Peter se pasó una mano por la cara para enjugarse el agua del rostro.
—Cariño, esto es el infierno, y por si no te has dado cuenta ya están cayendo chuzos de punta.
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Gracias !!

En un momento creí que Peter si le daría tremendo beso a Lali, me encanta como se están poniendo las cosas:D
ResponderEliminarEste comentario es mío Sorry se me paso poder firma @Titel842
EliminarJajaja me encanto bueniso haha los dos se tienen mas ganas
ResponderEliminarEs un genio peter, y lali no sabe en la que se metio por desafiarlo!! más!!
ResponderEliminarPeter es un genioo! jajajaja Cuantas ganas tienen los dos eh... Quiero mássss!!! mucho más. jajaja me encanta!
ResponderEliminarJajaj se estan matandi los dos dx
ResponderEliminarEspeero mas :)
Besitoos
Arii
@AriadnaAyelen
Miércoles yo pensé que la besaría, que buen cap.
ResponderEliminar@Masi_ruth
Ese juego de pelear como parte del histeriqueo!Es la mejor forma de ir subiendo el termostato,JAJA!Se va poniendo calentita la cosa!Muy bueno!
ResponderEliminarMe encanta esta tensión que hay entre ellos!!!! jejeje
ResponderEliminar@CasiAngeles_TA_
EliminarLlevan una semana picandose mutuamente ,y parece k ya ninguno d los dos aguanta .
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