Adaptacion Laliter: La Mascara Del Amor. Twitter : @Joslielove . Gracias por leer y por comentar.

viernes, 13 de julio de 2012

Nacida para Seducir Cap 22

                                        Nacida para Seducir

Candela Patriot vivía en Nashville, Tennessee, en una casa con seis columnas blancas, suelos de mármol blanco y un deslumbrante Mercedes blanco en el garaje. En la sala había un piano de cola blanco cerca de unos sofás blancos con una alfombra blanca. A Cande no le habían dejado entrar en la sala desde que lo había manchado todo con zumo de uva cuando tenía seis años.

Aunque Cande tenía ahora once años, su madre nunca había olvidado ni perdonado –no sólo el zumo de uva, sino muchas más cosas– y ahora ya era demasiado tarde. Diez días antes, un montón de gente había sido testigo de cómo su madre, Marli Vetrano, se caía al río Cumberland desde la cubierta del Old Glory. Al parecer se había golpeado la cabeza con algo al caer al agua, era de noche y tardaron en encontrarla. Ava, la enésima au-pair de Cande, la había despertado para darle la noticia.

Y hoy, una semana y media después, Cande acababa de salir en busca de su hermano.

Aunque sólo se había alejado una manzana de su casa, la camiseta se le pegaba al cuerpo, así que se abrió la cremallera del plumífero rosa. Su pantalón de pana de color lavanda era de la talla doce, pero le quedaba muy apretado. Su prima Paulina usaba la talla ocho, pero para que Cande entrara en una talla ocho tendría que ser sólo piel y huesos. Se cambió la pesada mochila de brazo. Pesaría menos si hubiera dejado el álbum en casa, pero no podía hacerlo.

Las casas de la calle por donde iba Cande estaban separadas de la carretera por un jardín delantero y no había aceras, pero sí farolas, y Cande las fue sorteando. Por ahora no la seguía nadie. Comenzaron a picarle las piernas y se intentó rascar a través de la tela de pana, pero fue peor. Cuando llegó al destartalado coche rojo de Sal, aparcado al final de la siguiente manzana, estaba ardiendo.

Sal, el muy tonto, había aparcado el coche bajo una farola, y estaba fumando un cigarrillo con rápidas caladas. Cuando la vio, se puso a mirar hacia todos lados como si pensara que la policía podía aparecer en cualquier momento.

–Dame la pasta –le dijo cuando se acercó al coche.

A Cande no le gustaba estar parados bajo la luz donde cualquiera que pasara podía verlos, pero discutir con él le llevaría más tiempo que darle el dinero. Cande odiaba a Sal. Trabajaba de jardinero para la empresa de su padre cuando no estaba en el instituto, por eso lo conocía, pero no era por eso por lo que lo odiaba. Lo odiaba porque se tocaba cuando pensaba que nadie lo miraba, y escupía y decía cosas sucias. Pero tenía diecisiete años, y como ya tenía el carnet de conducir desde hacía cuatro meses, Cande le había pagado para que la llevara. No era un buen conductor, pero hasta que Cande cumpliera los diecisiete años no tenía otra elección.

Sacó el dinero del bolsillo delantero de la mochila verde.

–Cien dólares ahora. Te daré el resto después de llegar a la granja. –Había visto suficientes películas antiguas para saber que no tenía que entregar el dinero de una vez.

Él la miraba como si quisiera mangarle la mochila, pero no le habría servido de nada, porque había escondido el resto del dinero en el calcetín. Sal contó los billetes, lo que era una grosería ya que ella estaba delante y era como decirle que era una timadora. Al final, se metió el dinero en el bolsillo de los vaqueros.

–Si mi viejo se entera de esto, me dará una paliza.

–Por mí no se va a enterar. Si lo hace será porque tú eres un bocazas.

–¿Qué le has dicho a Ava?

–Jill se ha quedado a dormir. No se dará cuenta de nada. –La au-pair de Cande había venido de Alemania dos meses antes. Jill era el novio de Ava, y se andaban besando todo el rato. Cuando la madre de Cande estaba viva, Ava no podía meter a Jill en casa, pero su madre ya no estaba y él dormía en su casa todas las noches. Ava no se daría cuenta de que Cande se había fugado hasta la hora del desayuno, y tal vez ni siquiera entonces, porque al día siguiente no tenían clase con motivo del claustro de profesores por el final del curso. Cande había dejado una nota en la puerta de Ava diciendo que le dolía el estómago y que no la molestara.

Sal aún no se había subido en el coche.

–Quiero que me des doscientos cincuenta. Para los gastos de gasolina.

Ella intentó abrir la puerta del coche, pero él lo había cerrado con llave. Se rascó de nuevo las piernas.

–Te daré veinte dólares más.

–Eres rica. No deberías ser tan tacaña.

–Veinticinco y es mi última oferta. Lo digo en serio, Sal. Tampoco tengo tantas ganas de ir.

Una mentira de las gordas. Si no conseguía llegar a la granja de su hermano, se encerraría en el garaje, pondría en marcha el Mercedes de su madre –sabía cómo hacerlo– y se sentaría en el coche hasta asfixiarse. Nadie podría conseguir que saliera, ni Ava, ni su tía Gayle, ni siquiera su padre (como si a él le importara algo que ella muriera).

Sal debió creerla porque finalmente abrió las puertas del coche. Ella dejó caer su mochila en el suelo del asiento del acompañante, luego se sentó y se puso el cinturón de seguridad. El interior del vehículo olía a cigarrillos y hamburguesas rancias. Sacó las indicaciones que había obtenido en MapQuest del bolsillo de la mochila. Él salió del arcén sin ni siquiera mirar si venía algún coche.

–¡Cuidado!

–Relájate. Es medianoche. No hay nadie en la carretera. –Sal tenía el pelo castaño oscuro y se dejaba crecer una perilla porque se creía que le daba un aire interesante.

–Tienes que tomar la I-40 –le dijo ella.

–Como si no lo supiera. –Lanzó el cigarrillo por la ventanilla abierta–. En la radio no hacen más que poner el CD de las Hermanas Moffatt. Supongo que te harás rica.

Sal sólo quería hablar de dinero, y, como Riley tenía claro que no quería hablar de eso, fingió examinar los apuntes de MapQuest, aunque ya se los había aprendido de memoria.

–Eres muy afortunada –continuó Sal–. No tienes que trabajar ni nada de eso, y tienes una pasta gansa.

–No lo puedo gastar. Va a mi fondo fiduciario.

–Puedes gastarte el dinero que te da tu padre. –Estaba conduciendo con una sola mano, pero si se lo advertía, se enfadaría–. Vi a tu padre en el entierro. Incluso me dirigió la palabra. Es más amable que tu madre. De veras. Algún día tendré ropas guays como él e iré a los sitios en limusina.

A Cande no le gustaba que la gente hablara de su padre –aunque era lo único que hacía siempre–, parecían pensar que se lo presentaría a pesar de que ella misma casi nunca lo veía. Ahora que su madre había muerto, pensaba inscribir a Cande en Chatsworth Girls, que era un internado donde todo el mundo la odiaría porque era gorda y nadie querría ser su amiga salvo para poder acercarse a su padre. Ahora iba a Kimble, pero no era un internado, y asistir a las mismas clases de su prima Paulina era preferible a lo otro. Le había rogado a su padre que la dejara quedarse en Kimble y vivir con Ava en un apartamento o algo por el estilo, pero él le había dicho que no era lo mejor para ella.

Por eso tenía que encontrar a su hermano.

En realidad era su hermanastro, aunque era un secreto. Muy pocas personas sabían que él y Cande estaban emparentados, y ni siquiera Cande sabría que su padre había tenido otro hijo si no hubiera sido porque había oído sin querer al viejo novio de su madre hablando con ella sobre eso. Su madre era una de las Hermanas Moffatt, la otra era la tía Gayle, la madre de Trinity. Habían actuado juntas desde que tenían quince años, pero no habían entrado en las listas de superventas en los últimos seis años, y su nuevo CD Everlasting Rainbows no les había ido demasiado bien, por eso había estado en ese barco, para una actuación promocional para Radio Nashville. Ahora, con toda la publicidad de la muerte de su madre, el CD estaba en el primer puesto de las listas de éxito. Cande pensó que su madre se habría alegrado mucho, pero tampoco estaba segura.

Su madre tenía treinta y ocho años cuando murió, dos más que tía Gayle. Ambas eran delgadas, tenían el cabello rubio y grandes tetas; un par de semanas antes del accidente, la madre de Cande había ido al cirujano estético de la tía Gayle y se había retocado los labios para que parecieran grandes y carnosos. Cande pensaba que parecía un pez, pero su madre le había dicho que se guardara sus estúpidas opiniones para sí misma. Si Cande hubiera sabido que su madre se iba a caer de ese barco y ahogarse, nunca le habría dicho tal cosa.

El canto del álbum de fotos se le clavó en el tobillo a través de la tela de la mochila. Deseaba sacarlo y mirar las fotos. Eso siempre la hacía sentirse mejor. Se agarró al salpicadero.

–Fíjate por dónde vas, ¿vale? Ese semáforo estaba en rojo.

–¿Qué más da? No hay coches.

–Si tienes un accidente te quitarán el carnet.

–No voy a tener ningún accidente. –Sal subió el volumen de la radio, pero después volvió a dirigirse a ella–. Apuesto lo que quieras a que tu padre se ha tirado a más de diez mil chicas.

–¿Por qué no te callas? –Cande quería cerrar los ojos e imaginar que estaba en algún otro sitio, pero si no vigilaba cómo conducía Sal, acabarían teniendo un accidente.

Por enésima vez se preguntó si su hermano sabría algo de ella. Enterarse de su existencia el año pasado había sido lo más excitante que le había ocurrido nunca. Había empezado su álbum secreto de inmediato, mezclando artículos y fotos de Internet con otros que había encontrado en revistas y periódicos. Él siempre parecía feliz en esas fotos, como si nunca pensara cosas malas de la gente y le gustara ayudar a todo el mundo, incluso aunque una no fuera delgada o tuviera once años.

El invierno pasado, le había mandado una carta a las oficinas de los Chicago Stars. No había obtenido respuesta, pero sabía que las personas como su padre y su hermano tenían tanto correo que no lo leían ellos mismos. Cuando los Stars habían ido a Nashville para jugar contra los Titans, había ideado un plan para conocerlo. Pensaba escaparse y buscar un taxi que la llevara al estadio. En cuanto llegara, buscaría la puerta por donde salían los jugadores y lo esperaría. Se había imaginado llamándolo por su nombre y que él la miraría, y ella le diría: «Hola, soy Candela. Tu hermana.» Y a él se le iluminaría la cara de alegría, y una vez que la conociera, le diría que viviera con él o simplemente que pasaran las vacaciones juntos y así no tendría que quedarse con tía Gayle y Paulina.
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Si hay muchas firmas, subo un cap .
Gracias por leer y firmar :) 
MUCHAS GRACIAS

7 comentarios:

  1. Mas mas mas mas mas mas mas mas mas

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  2. aaaaaai ojala lo encuentre!! quiero maas :)
    besitoo


    Arii
    @AriadnaAyelen

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  5. Es muy tierna, esperemos q peter se comporte con ella, ella no tiene la culpa de nada! Es un victima más!

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  6. Ese Sal me da mala espina,si no le roba todo el dinero mientras Cande duerme ,es una niña y seguro k cae en los brazos d Morfeo.

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