Nacida para Seducir
Candela Patriot vivía en Nashville, Tennessee, en una casa con seis columnas blancas, suelos de mármol blanco y un deslumbrante Mercedes blanco en el garaje. En la sala había un piano de cola blanco cerca de unos sofás blancos con una alfombra blanca. A Cande no le habían dejado entrar en la sala desde que lo había manchado todo con zumo de uva cuando tenía seis años.
Candela Patriot vivía en Nashville, Tennessee, en una casa con seis columnas blancas, suelos de mármol blanco y un deslumbrante Mercedes blanco en el garaje. En la sala había un piano de cola blanco cerca de unos sofás blancos con una alfombra blanca. A Cande no le habían dejado entrar en la sala desde que lo había manchado todo con zumo de uva cuando tenía seis años.
Aunque
Cande tenía ahora once años, su madre nunca había olvidado ni perdonado
–no
sólo el zumo de uva, sino muchas más cosas– y ahora ya era demasiado
tarde.
Diez días antes, un montón de gente había sido testigo de cómo su madre,
Marli Vetrano, se caía al río Cumberland desde la cubierta del Old
Glory. Al parecer
se había golpeado la cabeza con algo al caer al agua, era de noche y
tardaron
en encontrarla. Ava, la enésima au-pair de Cande, la había despertado
para
darle la noticia.
Y
hoy, una semana y media después, Cande acababa de salir en busca de su hermano.
Aunque
sólo
se había alejado una manzana de su casa, la camiseta se le pegaba al
cuerpo, así que se abrió la cremallera del plumífero rosa. Su pantalón
de pana
de color lavanda era de la talla doce, pero le quedaba muy apretado. Su
prima Paulina usaba la talla ocho, pero para que Cande entrara en una
talla ocho
tendría que ser sólo piel y huesos. Se cambió la pesada mochila de
brazo.
Pesaría menos si hubiera dejado el álbum en casa, pero no podía hacerlo.
Las
casas de la calle por donde iba Cande estaban separadas de la carretera por un
jardín delantero y no había aceras, pero sí farolas, y Cande las fue sorteando.
Por ahora no la seguía nadie. Comenzaron a picarle las piernas y se intentó
rascar a través de la tela de pana, pero fue peor. Cuando llegó al destartalado
coche rojo de Sal, aparcado al final de la siguiente manzana, estaba ardiendo.
Sal,
el muy tonto, había aparcado el coche bajo una farola, y estaba fumando un
cigarrillo con rápidas caladas. Cuando la vio, se puso a mirar hacia todos
lados como si pensara que la policía podía aparecer en cualquier momento.
–Dame
la pasta –le dijo cuando se acercó al coche.
A Cande no le gustaba estar parados bajo la luz donde cualquiera que pasara podía
verlos, pero discutir con él le llevaría más tiempo que darle el dinero. Cande
odiaba a Sal. Trabajaba de jardinero para la empresa de su padre cuando no
estaba en el instituto, por eso lo conocía, pero no era por eso por lo que lo
odiaba. Lo odiaba porque se tocaba cuando pensaba que nadie lo miraba, y
escupía y decía cosas sucias. Pero tenía diecisiete años, y como ya tenía el
carnet de conducir desde hacía cuatro meses, Cande le había pagado para que la
llevara. No era un buen conductor, pero hasta que Cande cumpliera los
diecisiete años no tenía otra elección.
Sacó
el dinero del bolsillo delantero de la mochila verde.
–Cien
dólares ahora. Te daré el resto después de llegar a la granja. –Había visto
suficientes películas antiguas para saber que no tenía que entregar el dinero
de una vez.
Él
la miraba como si quisiera mangarle la mochila, pero no le habría servido de
nada, porque había escondido el resto del dinero en el calcetín. Sal contó los
billetes, lo que era una grosería ya que ella estaba delante y era como decirle
que era una timadora. Al final, se metió el dinero en el bolsillo de los
vaqueros.
–Si
mi viejo se entera de esto, me dará una paliza.
–Por
mí no se va a enterar. Si lo hace será porque tú eres un bocazas.
–¿Qué
le has dicho a Ava?
–Jill
se ha quedado a dormir. No se dará cuenta de nada. –La au-pair de Cande había
venido de Alemania dos meses antes. Jill era el novio de Ava, y se andaban
besando todo el rato. Cuando la madre de Cande estaba viva, Ava no podía meter
a Jill en casa, pero su madre ya no estaba y él dormía en su casa todas las
noches. Ava no se daría cuenta de que Cande se había fugado hasta la hora del
desayuno, y tal vez ni siquiera entonces, porque al día siguiente no tenían
clase con motivo del claustro de profesores por el final del curso. Cande había
dejado una nota en la puerta de Ava diciendo que le dolía el estómago y que no
la molestara.
Sal
aún no se había subido en el coche.
–Quiero
que me des doscientos cincuenta. Para los gastos de gasolina.
Ella
intentó abrir la puerta del coche, pero él lo había cerrado con llave. Se rascó
de nuevo las piernas.
–Te
daré veinte dólares más.
–Eres
rica. No deberías ser tan tacaña.
–Veinticinco
y es mi última oferta. Lo digo en serio, Sal. Tampoco tengo tantas ganas de ir.
Una
mentira de las gordas. Si no conseguía llegar a la granja de su hermano, se
encerraría en el garaje, pondría en marcha el Mercedes de su madre –sabía cómo
hacerlo– y se sentaría en el coche hasta asfixiarse. Nadie podría conseguir que
saliera, ni Ava, ni su tía Gayle, ni siquiera su padre (como si a él le
importara algo que ella muriera).
Sal
debió creerla porque finalmente abrió las puertas del coche. Ella dejó caer su
mochila en el suelo del asiento del acompañante, luego se sentó y se puso el
cinturón de seguridad. El interior del vehículo olía a cigarrillos y
hamburguesas rancias. Sacó las indicaciones que había obtenido en MapQuest del
bolsillo de la mochila. Él salió del arcén sin ni siquiera mirar si venía algún
coche.
–¡Cuidado!
–Relájate.
Es medianoche. No hay nadie
en la carretera. –Sal tenía el pelo castaño oscuro y se dejaba crecer una
perilla porque se creía que le daba un aire interesante.
–Tienes
que tomar la I-40
–le dijo ella.
–Como
si no lo supiera. –Lanzó el cigarrillo por la ventanilla abierta–. En la radio
no hacen más que poner el CD de las Hermanas Moffatt. Supongo que te harás
rica.
Sal
sólo quería hablar de dinero, y, como Riley tenía claro que no quería
hablar de eso, fingió examinar los apuntes de MapQuest, aunque ya se los había
aprendido de memoria.
–Eres
muy afortunada –continuó Sal–. No tienes que trabajar ni nada de eso, y tienes
una pasta gansa.
–No
lo puedo gastar. Va a mi fondo fiduciario.
–Puedes
gastarte el dinero que te da tu padre. –Estaba conduciendo con una sola mano,
pero si se lo advertía, se enfadaría–. Vi a tu padre en el entierro. Incluso me
dirigió la palabra. Es más amable que tu madre. De veras. Algún día tendré
ropas guays como él e iré a los sitios en limusina.
A Cande no le gustaba que la gente hablara de su padre –aunque era lo único que
hacía siempre–, parecían pensar que se lo presentaría a pesar de que ella misma
casi nunca lo veía. Ahora que su madre había muerto, pensaba inscribir a Cande
en Chatsworth Girls, que era un internado donde todo el mundo la odiaría porque
era gorda y nadie querría ser su amiga salvo para poder acercarse a su padre.
Ahora iba a Kimble, pero no era un internado, y asistir a las mismas clases de
su prima Paulina era preferible a lo otro. Le había rogado a su padre que la
dejara quedarse en Kimble y vivir con Ava en un apartamento o algo por el
estilo, pero él le había dicho que no era lo mejor para ella.
Por
eso tenía que encontrar a su hermano.
En
realidad era su hermanastro, aunque era un secreto. Muy pocas personas sabían
que él y Cande estaban emparentados, y ni siquiera Cande sabría que su padre
había tenido otro hijo si no hubiera sido porque había oído sin querer al viejo
novio de su madre hablando con ella sobre eso. Su madre era una de las Hermanas
Moffatt, la otra era la tía Gayle, la madre de Trinity. Habían actuado juntas
desde que tenían quince años, pero no habían entrado en las listas de superventas
en los últimos seis años, y su nuevo CD Everlasting Rainbows no les había ido
demasiado bien, por eso había estado en ese barco, para una actuación
promocional para Radio Nashville. Ahora, con toda la publicidad de la muerte de
su madre, el CD estaba en el primer puesto de las listas de éxito. Cande pensó
que su madre se habría alegrado mucho, pero tampoco estaba segura.
Su
madre tenía treinta y ocho años cuando murió, dos más que tía Gayle. Ambas eran
delgadas, tenían el cabello rubio y grandes tetas; un par de semanas antes del
accidente, la madre de Cande había ido al cirujano estético de la tía Gayle y
se había retocado los labios para que parecieran grandes y carnosos. Cande
pensaba que parecía un pez, pero su madre le había dicho que se guardara sus estúpidas
opiniones para sí misma. Si Cande hubiera sabido que su madre se iba a caer de
ese barco y ahogarse, nunca le habría dicho tal cosa.
El
canto del álbum de fotos se le clavó en el tobillo a través de la tela de la
mochila. Deseaba sacarlo y mirar las fotos. Eso siempre la hacía sentirse
mejor. Se agarró al salpicadero.
–Fíjate
por dónde vas, ¿vale? Ese semáforo estaba en rojo.
–¿Qué
más da? No hay coches.
–Si
tienes un accidente te quitarán el carnet.
–No
voy a tener ningún accidente. –Sal subió el volumen de la radio, pero después
volvió a dirigirse a ella–. Apuesto lo que quieras a que tu padre se ha tirado
a más de diez mil chicas.
–¿Por
qué no te callas? –Cande quería cerrar los ojos e imaginar que estaba en algún
otro sitio, pero si no vigilaba cómo conducía Sal, acabarían teniendo un
accidente.
Por
enésima vez se preguntó si su hermano sabría algo de ella. Enterarse de su
existencia el año pasado había sido lo más excitante que le había ocurrido
nunca. Había empezado su álbum secreto de inmediato, mezclando artículos y
fotos de Internet con otros que había encontrado en revistas y periódicos. Él
siempre parecía feliz en esas fotos, como si nunca pensara cosas malas de la
gente y le gustara ayudar a todo el mundo, incluso aunque una no fuera delgada
o tuviera once años.
El
invierno pasado, le había mandado una carta a las oficinas de los Chicago
Stars. No había obtenido respuesta, pero sabía que las personas como su padre y
su hermano tenían tanto correo que no lo leían ellos mismos. Cuando los Stars
habían ido a Nashville para jugar contra los Titans, había ideado un plan para
conocerlo. Pensaba escaparse y buscar un taxi que la llevara al estadio. En
cuanto llegara, buscaría la puerta por donde salían los jugadores y lo
esperaría. Se había imaginado llamándolo por su nombre y que él la miraría, y
ella le diría: «Hola, soy Candela. Tu hermana.» Y a él se le iluminaría la cara
de alegría, y una vez que la conociera, le diría que viviera con él o
simplemente que pasaran las vacaciones juntos y así no tendría que quedarse con
tía Gayle y Paulina.
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Si hay muchas firmas, subo un cap .
Gracias por leer y firmar :)
MUCHAS GRACIAS

Mas mas mas mas mas mas mas mas mas
ResponderEliminaraaaaaai ojala lo encuentre!! quiero maas :)
ResponderEliminarbesitoo
Arii
@AriadnaAyelen
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ResponderEliminarMAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE MAS NOVE @DaniiVasqueez
ResponderEliminarquiero mas!!!!!!!!
ResponderEliminarBesos!!!!
Es muy tierna, esperemos q peter se comporte con ella, ella no tiene la culpa de nada! Es un victima más!
ResponderEliminarEse Sal me da mala espina,si no le roba todo el dinero mientras Cande duerme ,es una niña y seguro k cae en los brazos d Morfeo.
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