Nacida para Seducir
Pero
en lugar de ir al partido contra los Titans, había tenido una faringitis y se
había visto obligada a guardar cama toda la semana. Desde entonces, había
llamado a las oficinas de los Stars un montón de veces, pero no importaba lo
que le dijera a la operadora, nunca le daban su número de teléfono.
Llegaron
a las afueras de Nashville, y Sal subió tanto el volumen de la radio que el
asiento de Riley vibraba. A ella también le gustaba la música alta, pero no esa
noche cuando estaba tan nerviosa. Se había enterado de que su hermano tenía una
granja el día después del entierro, cuando había oído a su padre hablando con
alguien sobre eso. Cuando había buscado el pueblo que oyó mencionar, descubrió
que estaba en el este de Tennessee, y se excitó tanto que se mareó. Pero su
padre no había dicho dónde estaba exactamente la granja, sólo que estaba cerca
de Garrison, y como no podía preguntarle, tuvo que jugar a los detectives.
Sabía
que la gente compraba casas y granjas a través de las agencias inmobiliarias
porque el novio de su madre tenía una, así que había buscado todas las
inmobiliarias de los alrededores de Garrison en Internet. Luego había ido
llamando una por una diciendo que tenía catorce años y que estaba haciendo un
trabajo sobre personas que se habían visto obligadas a vender sus granjas.
La
mayoría de la gente de las inmobiliarias había sido simpática y le había
contado todo tipo de historias sobre granjas, si bien ninguna pertenecía a su
hermano pues todas estaban aún a la venta. Sin embargo, dos días antes, había
conversado con una secretaria que le había hablado de la granja Callaway,
añadiendo que la había comprado un famoso deportista pero que no podía decir
quién era. La señora le había dicho dónde estaba ubicada la granja, pero cuando Cande le había preguntado si el famoso deportista estaría allí ahora, comenzó a
tener sospechas y le dijo que tenía que colgar. Cande entendió aquello como un
sí. Al menos eso esperaba. Porque si no estaba allí, no sabía qué iba a hacer.
Sal
parecía estar conduciendo bien por una vez, quizá porque las interestatales
eran carreteras rectas. Él señaló con el pulgar la mochila y gritó por encima
del volumen de la música.
–¿Llevas
algo de comer?
Cande no quería compartir sus bocadillos, pero tampoco quería que él se detuviera. No
sólo porque tendría que pagar ella, sino porque el viaje se haría más largo,
así que abrió la mochila y le dio una bolsa de ganchitos de queso.
–¿Qué
le has dicho a tu padre?
Él
abrió la bolsa con los dientes.
–Cree
que voy a pasar la noche en casa de Joey.
Cande solo había visto a Joey una vez, pero pensaba que era mucho más agradable que
Sal. Le dijo a Sal el número de salida que tenía que tomar mucho antes de que
llegaran. Tenía miedo de quedarse dormida y que él se la pasara, así que se
concentró en las líneas blancas de la carretera; le resultaba difícil mantener
los ojos abiertos y...
Lo
siguiente que supo fue que el coche se sacudía, patinaba y comenzaba a girar.
Dio con el hombro contra la puerta y sintió en el pecho el tirón del cinturón
de seguridad. En la radio sonaba «50 Cent» y le pareció que la valla
publicitaria se acercaba a una velocidad de vértigo. Gritó por encima de la
música y todo lo que pudo pensar fue que nunca conocería a su hermano ni
viviría en una granja con un perro.
Pero
al final, antes de estrellarse contra la valla publicitaria, Sal dio un
volantazo y el coche pasó rozando. Cande se vio la cara reflejada en la
ventanilla. Tenía la boca y los ojos abiertos por el pánico. No quería morir,
no importaba lo que hubiera pensado sobre el Mercedes de su madre y el garaje.
Fuera,
la quietud rodeaba el coche. Dentro, seguía sonando «50 Cent», Cande sollozaba
y Sal tragaba saliva e intentaba recuperar la respiración. La interestatal se
extendía ante ellos sumida en la oscuridad excepto por la gran luz brillante
que iluminaba una valla publicitaria donde se leía «Tienda del Capitán G: Cebo,
Cerveza y Sándwiches». A pesar de cuánto deseaba conocer a su hermano, ahora lo
único que quería era estar en su cama. El reloj del salpicadero marcaba las 2:05.
–¡Deja
de comportarte como un bebé! –gritó Sal–. Sólo tienes que seguir leyéndome esas
estúpidas indicaciones.
Él
tuvo que girar el coche en medio de la carretera oscura pues se habían quedado
parados en dirección contraria. Estaba sudada y sentía el pelo húmedo. Le
temblaron las manos cuando extendió los apuntes del MapQuest para mirar las
indicaciones. Él apagó la radio sin ni siquiera preguntar y ella le indicó el
camino a seguir: tenían que continuar por esa carretera oscura y desierta otros
doce kilómetros, luego tomarían la carretera de Callaway y a unos cinco
kilómetros encontrarían el desvío hacia la granja.
Sal
le pidió otra bolsa de ganchitos de queso. Ella tomó una y luego, como todavía
estaba asustada, se comió unos Rice Krispies Treats. Tenía muchas ganas de
hacer pis, pero no podía decírselo a Sal, así que juntó las piernas y rezó para
llegar pronto. Sal no conducía tan rápido como antes. Después de haber estado a
punto de pegársela, cogía el volante con las dos manos y llevaba la radio más
baja. Se pasaron el primer desvío porque estaba demasiado oscuro para ver la
señal y tuvieron que dar la vuelta.
–¿Por
qué te mueves tanto? –Sal parecía muy enfadado, como si hubiera sido culpa de
ella que casi se estrellaran contra la valla publicitaria en la interestatal.
No
podía decirle que tenía ganas de orinar.
–Porque
me alegro de que ya nos falte poco para llegar.
Estaban
a punto de llegar al desvío en la carretera de Callaway cuando sonó el móvil de
Sal. Ambos se sobresaltaron.
–No.
–Sal se golpeó el codo con la puerta mientras intentaba sacar el móvil del
bolsillo de la chaqueta. Parecía muy asustado y cuando contestó, su voz sonó
chillona.
–¿Hola?
Incluso
desde el otro lado del coche, Cande podía oír al padre de Sal gritándole qué
dónde demonios estaba y que si no regresaba ahora mismo a casa, llamaría a la
policía. A Sal le daba miedo su padre, y la miró como si estuviera a punto de
llorar. Cuando su padre finalmente colgó el teléfono, Sal detuvo el coche en
medio de la carretera y comenzó a gritarle a Cande
–¡Dame
el resto del dinero! ¡Ya!
Parecía
que se había vuelto loco. Cande se echó hacia atrás hasta sentir la puerta en
la espalda.
–En
cuanto lleguemos.
Él
la agarró de la chaqueta y la sacudió. Una pequeña burbuja de saliva salió
disparada de su boca.
–Dámelo
o te arrepentirás.
Ella
se pegó contra la puerta del coche, pero él la había asustado tanto que se
señaló la deportiva.
–Aquí
está el dinero.
–De
prisa, ¡dámelo!
–Llévame
antes a la granja.
–Si
no me lo das ahora, te pegaré.
Ella
sabía que hablaba en serio, y se bajó el calcetín para coger los billetes.
–Te
lo daré cuando lleguemos.
–¡Dámelo
ahora! –le retorció la muñeca.
Cande percibió su aliento agrio con olor a ganchitos de queso.
–¡No
me toques!
El
le abrió la mano a la fuerza y le arrebató el dinero. Luego le soltó el
cinturón de seguridad e inclinándose hacia ella, abrió la puerta de golpe.
–¡Largo!
Ella
estaba tan asustada que se le saltaron las lágrimas.
–Llévame
a la granja primero. No me dejes aquí tirada. Por favor.
–¡Lárgate
ya! –La empujó. Ella intentó sujetarse a la puerta, pero no calculó bien y cayó
a la carretera–. No se lo digas a nadie –gritó Sal–. Si se lo dices a alguien,
lo lamentarás. –Le tiró la mochila, cerró la puerta y salió pitando.
Permaneció
tirada en mitad de la carretera hasta que dejó de oír el sonido del motor. Todo
lo que se escuchaba eran sus sollozos. Estaba oscuro como la boca del lobo.
Allí no había farolas como en Nashville, y ni siquiera se veía la luna, sólo
una mancha gris donde las nubes la ocultaban. Oyó crujidos y se acordó de una
película que había visto donde un hombre salía del bosque y secuestraba a la
chica para llevársela a su casa y cortarla en pedazos. Tan asustada estaba que
se colgó la mochila a la espalda y cruzó corriendo la carretera hacia el campo.
Le
dolían el codo y la pierna sobre los que había caído, y tenía que orinar ya o
se lo haría en los pantalones. Mordiéndose los labios, se bajó la cremallera.
Como los pantalones le quedaban muy ajustados, le costó trabajo bajárselos.
Mantuvo la vista fija en el bosque del otro lado de la carretera mientras
orinaba. Para cuando terminó y se subió los pantalones, veía mejor en la
oscuridad, y aunque aún no había salido ningún hombre de entre los árboles, le
castañeaban los dientes.
Recordó
las indicaciones del MapQuest. El desvío en la carretera de Callaway no podía
quedar muy lejos, y cuando lo encontrara, todo lo que tenía que hacer sería
recorrer los cinco kilómetros hasta la granja; cinco kilómetros no era
demasiado. Pero no se acordaba en qué dirección era.
Se
enjugó la nariz con la manga de la cazadora. Cuando Sal la había tirado fuera
del coche, había rodado un poco y había perdido la orientación. Buscó alguna
indicación en la oscuridad, pero como la carretera iba cuesta arriba no veía
nada. A lo mejor aparecía un coche, pero ¿y si era un secuestrador el que lo
conducía? ¿Y si fuera un asesino en serie?
Si
no recordaba mal estaban subiendo esa cuesta cuando llamó el padre de Sal, aunque
no estaba demasiado segura. Recogió la mochila y echó a andar porque no podía
quedarse allí parada. La noche no era tan silenciosa como había pensado.
Escuchó el ulular de un búho, que le pareció espeluznante, el viento susurró
entre los árboles, y oyó ruidos serpenteantes que esperaba que no fueran
serpientes porque le daban pánico. No importaba cuánto lo intentara,
simplemente no podía evitar gemir de miedo.
Comenzó
a pensar en su madre. Cande había vomitado cuando Ava le dio las noticias. Al
principio, sólo podía pensar en sí misma y lo que le ocurriría. Pero luego
recordó las canciones absurdas que su madre le solía cantar. Había sido cuando Cande era una dulce niñita, antes de engordar y dejar de gustarle. Durante el
funeral, Cande intentó imaginar qué había sentido su madre cuando se le
llenaron los pulmones de agua, y se había puesto a llorar de tal manera que Ava
la había tenido que sacar de la iglesia. Luego, su padre le prohibió ir al
cementerio para el entierro, y tuvo una gran discusión con la tía Gayle al
respecto, pero a su padre no le asustaba la tía Gayle como a todos los demás,
así que Ava se llevó a Cande a casa y la dejó comer todas las palomitas que
quiso antes de meterse en la cama.
La
brisa alborotó el pelo de Cande, que era tan oscuro como las ramas, no era
rubio como el de su madre, su tía y Paulina.
«Es
un bonito color, Cande. Negro como la noche.»
Eso
es lo que Riley suponía que le diría su hermano mayor de su pelo. Sería su
mejor amigo.
Cuanto
más subía la cuesta, más le costaba respirar y apenas podía mantener el ritmo
por el viento que le daba en la espalda. Se preguntó si su madre estaría allí
arriba con Dios vigilándola y buscando la mejor manera de ayudarla. Pero si en
verdad su madre estaba en el Cielo, lo más seguro es que estuviera hablando con
sus amigos por teléfono y fumando.
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Pobrecita Cande ;(
Que le va a pasar ?
Si hay mas de 10 firmas, subo un cap .
Gracias por leer y firmar :)
MUCHAS GRACIAS

aaaaai sube otro, pobre Cande ojala pueda llegar bien!!
ResponderEliminarEspero el prox :)
besitoos
Arii
@AriadnaAyelen
B U E N I S I M O!! aww's pobree candee & la
ResponderEliminarvdd no creo que peter la resivaa muy bn pff
subi maas mee encantaa :DD!!
@maaff_lazaro
q malo ese sal!!! pobre candee
ResponderEliminarmasssss
Pobre Cande!
ResponderEliminarespero mas pobre cande:(
ResponderEliminar@Angie_232alma
Pobre cande, no tiene una vida muy distinta a la q le toco a peter más!
ResponderEliminarNo esperó a k se durmiese ,la llamada d su padre lo alarmó,tan gallito k es con una niña ,y se caga con su padre.
ResponderEliminarEs porfiada ,ella sigue adelante.
ResponderEliminarPara ser una niña es muy inteligente ,todo lo k hizo x intentar ver a su hermano, y localizarlo.
ResponderEliminarLo tiene casi al alcance, pobre,veremos ahora a donde va a parar.
ResponderEliminarLa k se le viene a Peter ,tres mujeres d edades diferentes, k le van a cambiar la vida totalmente,jajaja.
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