–Bueno, eso, también. –A pesar de su aire agresivo, él sabía que la había lastimado.
Últimamente parecía
lastimar a todo el mundo. Miró hacia el bosque donde las luciérnagas comenzaban
a revolotear. La pintura descascarillada le arañó el codo cuando se apoyó
contra uno de los pilares del porche–. Daría algo por un cigarrillo.
Gime bajó el pie del asiento y subió el otro.
–Yo no me muero por fumar. Ni por las drogas, si te digo la verdad. Para mí lo difícil es el alcohol. Me aterra pensar que voy a vivir el resto de mi vida sin una copa de vino o un margarita.
–Pero quizás ahora puedas controlarlo.
–Soy alcohólica –le dijo con una honestidad que lo sorprendió–. No puedo volver a beber nada, ni una gota.
En el interior de la casita de invitados, sonó el móvil de Gime. Con rapidez, cerró el bote de esmalte y salió disparada para contestar. Cuando la puerta mosquitera se cerró de golpe detrás de ella, él metió las manos en los bolsillos. Había encontrado un par de planos para el porche cubierto. Su padre había sido carpintero, y Jack había crecido entre planos y herramientas, pero no podía recordar la última vez que había sostenido un martillo entre las manos.
Él miró a través de la mosquitera la sala vacía y oyó la voz apagada de Gime. Al diablo con todo. Entró. Ella estaba de espaldas y pegaba la frente en el brazo que apoyaba contra uno de los muebles de la cocina.
–Sabes cuánto me importas –dijo ella en voz tan baja que Jack apenas entendió las palabras–. Llámame mañana, ¿vale?
Habían pasado demasiadas décadas para volver a sentir la vieja puñalada de los celos, así que centró la atención en el folleto que había sobre la encimera. Cuando lo cogió, ella cerró el móvil y le señaló el folleto.
–Es de un grupo en el que participo de voluntaria.
–¿Galería de corazones? No lo conozco.
–Son fotógrafos profesionales que se ofrecen voluntarios para hacer retratos asombrosos de niños que esperan ser adoptados. Los exhibimos en galerías locales. Son más personales que las fotografías identificativas que toman los de Servicios Sociales, y muchos de esos niños han encontrado una familia que los adopte por medio de las exposiciones.
–¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
–Unos cinco años. –Regresó lentamente hasta el porche–. Comencé llevando la campaña de un fotógrafo que conozco, buscando ropa que reflejara la personalidad de los niños, ayudándolos a sentirse cómodos. Ahora soy yo la que hago las fotos. O por lo menos las hacía hasta que vine aquí. Te sorprendería cuánto me gusta.
Él se metió el folleto en el bolsillo y la siguió hasta el porche. Quería preguntarle por el tío que la había llamado, pero no lo hizo.
–Me sorprende que no te casaras nunca.
Gime cogió el esmalte de uñas y volvió a sentarse en la silla Adirondack.
–Para cuando maduré, había perdido interés en el matrimonio.
–Me cuesta imaginarte sin un hombre.
–Deja de sonsacarme.
–No estoy sonsacándote nada. Sólo digo que me cuesta conciliar a la Gime de antes con la de ahora.
–Quieres encasillarme –dijo ella con sequedad.
–Supongo.
–Quieres saber si sigo siendo la chica mala responsable de la caída de tantos hombres buenos demasiado débiles para mantener cerrada la cremallera.
–Algo así...
Ella se sopló el dedo gordo del pie.
–¿Quién era la morena que vino la semana pasada con tu séquito? ¿Tu ayuda de cámara?
–Una ayudante muy eficiente a la que nunca he visto desnuda. ¿Mantienes ahora una relación seria con alguien?
–Una muy seria conmigo misma.
–Eso está bien.
Gime siguió pintándose las uñas.
–Háblame sobre Marli y tú. ¿Estuvisteis casados cuánto... cinco minutos?
–Año y medio. La vieja historia de siempre. Yo tenía cuarenta y dos y pensé que ya era hora de sentar cabeza. Ella era joven, bella y dulce... o por lo menos eso creía en ese momento. Me encantaba su voz. Todavía me gusta. El infierno no se desató hasta que estuvimos casados, fue cuando descubrimos lo mucho que nos odiábamos mutuamente. Añadiré que esa mujer no captaba los sarcasmos. Pero no todo fue malo. Tuvimos a Cande.
Después de Marli, Jack había mantenido dos largas relaciones bien aireadas por la prensa. Aunque a él le habían gustado mucho ambas mujeres, siempre faltaba algo, y con un matrimonio fallido a las espaldas, no deseaba volver a cometer el mismo error.
Gime terminó de pintarse las uñas, cerró el bote de esmalte y extendió esas piernas interminables.
–No te deshagas de Cande, Jack. No la mandes a ningún campamento, ni con la hermana de Marli, y, sobre todo, no la envíes a un internado. Deja que viva contigo.
–No puedo hacerlo. Tengo una gira. ¿Qué se supone que haría con ella? ¿Llevarla de hotel en hotel?
–Ya se te ocurrirá algo.
–Tienes demasiada fe en mí. –Él se quedó mirando fijamente la desvencijada cerca–. ¿Te contó Cande lo que sucedió anoche con Peter?
Gime levantó la cabeza con rapidez, como una leona olfateando el peligro que acechaba a su cachorro.
–¿Qué pasó?
Jack se sentó en el escalón superior y le contó lo que había ocurrido con exactitud.
–No estoy tratando de disculparme –dijo al final–, pero Candela estaba gritando y él la perseguía.
Gime se levantó de la silla.
–Peter jamás le haría daño. No puedo creer que lo atacases. Tienes suerte de que no rompiera ese estúpido cuello tuyo.
Tenía razón. Aunque se mantenía en forma para dar lo mejor de sí en esos conciertos que llevaban su marca personal, no era digno rival para un deportista de élite de treinta y un años.
–Más tarde Peter y yo mantuvimos una pequeña charla, o al menos la mantuve yo. Aireé todos mis pecados con total franqueza. Sobra decir cómo se lo tomó Peter.
–Déjalo en paz, Jack –le dijo ella con aire cansado–. Ya ha tenido suficiente mierda de nosotros dos.
–Sí. –Jack miró la puerta–. No quiero despertar a Cande. ¿Te importa si se queda a dormir aquí esta noche?
–No. –Gime se dio la vuelta para entrar, y él empezó a bajar las escaleras, pero se detuvo a la mitad.
–¿No sientes curiosidad? –dijo Jack, dándose la vuelta para mirarla–. ¿No te gustaría saber cómo serían ahora las cosas entre nosotros?
Gime detuvo la mano en el pomo de la puerta. Por un momento no dijo nada, pero cuando habló, su voz era tan fría como el acero.
–Ni lo más mínimo.
Cande no podía oír lo que hablaban su padre y Gime, pero las voces la habían
despertado. Era una sensación agradable estar en la acogedora cama de la casita
de invitados mientras ellos hablaban. Habían tenido a Peter, así que debían
haberse querido en algún momento.
Se frotó la pantorrilla con el otro pie. Ese día se lo había pasado tan bien que se había olvidado de estar triste. Gime le había encargado cosas fáciles, como recoger flores para ponerlas en un jarrón o llevar agua a los pintores. Esa tarde había salido a montar en bicicleta con Peter. Pedalear sobre los caminos de tierra había sido duro, pero él no la había llamado gorda ni nada por el estilo, y le había dicho que tenía que lanzarle el balón por la mañana para poder practicar. Sólo de pensarlo se ponía nerviosa, y alborozada también. Lali se había ido, pero cuando le había preguntado a Peter por ella, él había cambiado de tema. Cande esperaba que Lali y Peter no rompieran. Su madre siempre estaba rompiendo con algún tío.
Oyó que Gime se acercaba, así que se cubrió con la sábana hasta la barbilla y cerró los ojos por si se decidía a entrar para ver cómo estaba. Cande ya había notado que Gime hacía ese tipo de cosas.
Durante los días siguientes, Lali se dijo a sí misma que era bueno que Peter se mantuviera alejado porque ella necesitaba todo su ingenio para tratar con Nita. Aun así, lo echaba muchísimo de menos. Quería creer que él también la estaba echando de menos, pero, ¿por qué iba a hacerlo? Ya había conseguido lo que quería.
Una familiar sensación de soledad la invadió. Nita había decidido que también quería salir en el retrato de Tango, pero quería que Lali la pintara como había sido en su juventud, no como era ahora. Eso había implicado rebuscar en un montón de álbums de fotos antiguos, con Nita pasando página tras página y señalando con una uña color carmín los defectos de todos los que se habían fotografiado con ella: un compañero en la escuela de baile, una compañera de piso con pinta de furcia o la larga serie de hombres que la habían agraviado.
–Pero, ¿a usted le gusta alguien? –dijo Lali con frustración la mañana del sábado sentada en un sofá de terciopelo blanco de la sala, rodeada de álbums descartados.
Nita señaló una página con un dedo nudoso.
–Me gustaron en su momento. Pero por aquel entonces era demasiado ingenua con respecto a la naturaleza humana.
A pesar de la frustración de Lali por no poder comenzar el cuadro, sentía cierta fascinación por la vida que Nita había llevado mientras crecía en el Brooklyn de la guerra y durante los años cincuenta y sesenta cuando daba clases de baile de salón. Había tenido un breve matrimonio con un actor de cine que según ella se pasaba la vida borracho, había vendido cosméticos, había trabajado como modelo en ferias de muestras y había sido azafata en algunos restaurantes de lujo de Nueva York.
Al principio de los años setenta, había conocido a Marshall Garrison y se había casado con él. En la foto de boda aparecía vestida de blanco; una voluptuosa rubia de larga melena platino, ojos muy maquillados y labios pintados de carmín que miraba con adoración a un distinguido hombre de mediana edad. Tenía caderas delgadas, piernas interminables y la piel de porcelana, el tipo de mujer que hacía volver la cabeza a los hombres.
–Creía que yo tenía treinta y dos años –dijo Nita–. El tenía cincuenta y me preocupaba lo que pensaría cuando descubriera que en realidad tenía cuarenta. Pero estaba loco por mí, y ni siquiera le importó.
–Señora Garrison, en esa foto parece muy feliz. ¿Qué sucedió?
–Que vine a Garrison.
Al seguir mirando el álbum, Lali observó que, con el paso del tiempo, la sonrisa complaciente de Nita se había vuelto gradualmente amarga.
–¿De cuándo es ésta?
–Es la fiesta de Navidad de nuestro segundo año de casados. Cuando ya había perdido la esperanza de gustarle a la gente del pueblo.
Las expresiones resentidas de las mujeres mostraban con exactitud cómo les había sentado que la descarada mujer de Brooklyn con enormes pendientes y faldas demasiado cortas les hubiera birlado al soltero más cotizado del pueblo. En otra página, Lali estudió una foto de Nita en la fiesta de unos vecinos; mostraba una sonrisa tensa en la cara. Lali miró luego una foto de Marshall.
–Su marido era muy guapo.
–Eso pensaba él.
–¿A usted no le gustaba?
–Creía que era un hombre de carácter cuando me casé con él.
–Lo más probable es que se lo absorbiera mientras le chupaba la sangre.
Nita curvó los labios mostrando los dientes; era su manera favorita de mostrar desaprobación. Lali había oído el chasquido que lo acompañaba más veces de las que podía contar.
–Pásame la lupa –exigió Nita–. Quiero ver si la comadreja de Bertie Johnson aparece en esta foto. Es la mujer más fea que he conocido, pero tuvo el valor de criticar mi manera de vestir. Le dijo a todos los que la querían escuchar que yo era ostentosa. Por supuesto, me vengué de ella.
–¿Con pistola o con cuchillo?
Nita volvió a chasquear la lengua.
–Cuando su marido perdió el empleo, la contraté para que me limpiara la casa. A la señora Altiva y Poderosa no le gustó nada, sobre todo cuando la hacía limpiar los baños dos veces.
Lali no tuvo problema para imaginar a Nita sometiendo a la desafortunada Bertie Johnson. Era lo que Nita había estado haciendo con ella los últimos cuatro días. Le exigía que le hiciera galletas caseras, le ordenaba limpiar lo que Tango ensuciaba, e incluso le había encargado contratar una nueva mujer de la limpieza; algo imposible porque nadie quería trabajar para ella. Lali cerró el álbum.
–He visto fotos más que de sobra para empezar a trabajar. Tengo los bocetos previos acabados, y si me deja tranquila por un rato esta tarde puede que avance un poco.
Nita no sólo había decidido que quería aparecer en el cuadro, sino que también quería que el retrato fuera de gran formato para poder colgarlo en el vestíbulo. Lali le había informado que necesitaba una tela más grande y que le costaría más caro. De esa manera ganaría suficiente dinero para comenzar de nuevo en otra ciudad si es que alguna vez lograba salir de Garrison, algo que Nita se esmeraba en impedir.
–¿Cómo vas a pintar algo decente cuando te pasas el día soñando con ese jugador de fútbol americano?
–No sueño con él. –Lali no le había visto el pelo desde el martes, y cuando había ido a la granja para recoger sus cosas, él no estaba.
Nita cogió su bastón.
–Acéptalo, señorita fanfarrona. Tu compromiso se ha terminado. Un hombre así busca algo más en una mujer de lo que tú le puedes dar.
–Algo que usted no deja de recordarme.
Nita la miró con aire satisfecho.
–Sólo tienes que mirarte al espejo.
–¿Ha pensado alguna vez lo cerca que está de la muerte?
Nita curvó los labios y mostró los dientes.
–Te ha roto el corazón, pero no quieres admitirlo.
–No me ha roto el corazón. Para su información soy yo quien utilizo a los hombres, no ellos a mí.
–Ah, es cierto, se me olvidaba. Eres una auténtica Mata-Hari.
Lali cogió dos de los álbums.
–Me voy a mi habitación para ver si me pongo manos a la obra. No me interrumpa.
–No irás a ningún sitio hasta que me hagas el almuerzo. Quiero un sándwich de queso. Y de Velveeta, no esa porquería que compraste.
–Esa porquería es queso Cheddar.
–No me gusta.
Lali suspiró y se dirigió a la cocina. Mientras
abría la nevera, oyó un golpe en la puerta de atrás. El corazón le brincó en el
pecho.
Ahh kien sera el ke llama a la puerta? Peter o cande? sea kien sea xd k la sake de la casa de esa vieja amargadaaa! buenisimo el capiii xf siguelaaaa! bsss @monibicolor
ResponderEliminarEs interesante la relación de Mariana y la señora.
ResponderEliminarMuero por saber quien toca a la puerta.. si es Peter no le dejes entrar, no todavía!!
ESPERO EL PROX CAPITULO!
Jajaja,esa vieja es increíble,me crispa los nervios.
ResponderEliminarAaai qe pasara?
ResponderEliminarEspero maas :)
Besito
Arii
@AriadnaAyelen
AY!Pobre Lali!No pega una!
ResponderEliminarhayy diosss
ResponderEliminarxq no se va d ahiiii!!!!!!
massssssss
Peter, peter!! Más!
ResponderEliminarPobre Llai lo que tiene que pasar con esa vieja, espero que Peter vaya a rescatarla.
ResponderEliminarMasi_ruth
Mas mas mas mas esta buenísima ...ay q verle el lado bueno calvez nita ayude a lali cn el estilo
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