Adaptacion Laliter: La Mascara Del Amor. Twitter : @Joslielove . Gracias por leer y por comentar.

martes, 14 de agosto de 2012

Luna de Miel en el Desierto Cap 6


                                    Luna de Miel en el Desierto

—Ha sido un auténtico placer.

Y Lanzani le dedicó una de sus escasas sonrisas.


Lali se despertó cuando sonó el teléfono a la hora convenida. Durante unos instantes, se quedó observando el lujoso entorno en que se encontraba. La habitación era grande y confortable. Del techo colgaba un ventilador que daba vueltas.

Buscó ropa para almorzar en el jardín del gran hotel. La ocasión requería algo más distinguido que los pantalones militares y la cazadora que llevaba en el avión.

Cuando salió del baño y se vistió, se maquilló ligeramente. Le apetecía más agua. Fue hacia el mueble bar y se dio cuenta de que había una puerta en la que no había reparado. A lo mejor era para la esposa del Príncipe, del cual sólo conocía algunos datos. Los había leído en los libros recomendados por Lanzani.

Con cierta curiosidad, Lali abrió la puerta y vio una cama usada por alguien. Había también un ordenador portátil y un par de disquetes sobre una mesa. En la mesilla de noche había un libro y un portafolios en el sofá.

De pronto cayó en la cuenta de que Lanzani debía de compartir la suite con ella. A causa de la boda, el hotel estaba completo. Era curioso pensar que el hombre hubiera dado por hecho que no le importaría ese detalle.

Al cabo de dos minutos, Lanzani volvió.

—¿Ha podido dormir? —preguntó él.

 —Sí, claro. Ya me encuentro mejor —contestó Lali.

—Estupendo, pues vayamos a comer. No hace falta que busque la llave. Ya la tengo yo.

Mientras se dirigían al ascensor, Lali preguntó.

—¿No le parecerá extraño al personal del hotel que utilicemos la suite del Príncipe?

—¿Está queriendo decirme que le molesta compartir la suite conmigo? —repuso Lanzani.

—No, en absoluto…

—Las mujeres no suelen decir lo que piensan —arguyó él secamente—. Es una de sus características. Respecto al hotel, su deber es que nos encontremos lo más cómodos posible.

El ascensor estaba en otro piso.

—¿Acaso quiere que me vaya a otro lugar? —siguió diciendo Lanzani.

—No. Por supuesto que no…

Desde el punto de vista de Peter, sería menos aconsejable, por no decir mucho más caro. Con toda certeza, el que debía de correr con los gastos de la suite era el Príncipe y no Lanzani.

Cuando se abrió el ascensor, Lali se sonrojó deseando no haber hecho ningún comentario al respecto.

El jardín del hotel estaba flanqueado por una serie de árboles que apagaban la algarabía de la ciudad. La terraza estaba llena de mesas donde los clientes tomaban copas. Un poco más lejos, sobre la hierba, estaban instaladas las mesas del restaurante.

El maître se acercó de inmediato saludándolos.

—Doctor Lanzani, señora. ¿Dónde quieren sentarse?

—A la sombra. La señora acaba de venir de Europa y no está acostumbrada a un clima tan cálido.

El encargado los condujo a una mesa con sombrilla y, automáticamente, otro camarero apareció con dos gin tonics.

—¿Suele el Príncipe visitar a menudo Delhi? —preguntó Lali.

—Una vez al mes, aproximadamente —repuso Peter—. Su hermana es ginecóloga y está muy implicada en la lucha del colectivo femenino. Al Príncipe también le interesa el futuro de la India. Y le encanta disfrutar de la vida social… Cosa que yo evito a toda costa.

—Pero todo el mundo necesita tener vida social —arguyó Lali.

—Yo disfruto con mis amigos, pero no me gustan las fiestas multitudinarias —contestó él.

Hasta entonces había estado pendiente de ella, pero de pronto su mirada fue atraída por dos grupos que estaban sentándose.

Por un lado había varios ejecutivos bien trajeados. Y por otro, tres bellas mujeres ataviadas; una a la europea y las otras dos con vestidos del lugar.

De pronto, Lali reparó en un extraño animal con una cola pomposa que saltaba sobre la hierba a toda velocidad. Se dirigía hacia el carrito de las tartas, que estaban convenientemente tapadas con tapaderas transparentes.

—¿Qué es ese animal? —preguntó ella.

—Es una ardilla de las palmeras —repuso Peter—. Como verá, los camareros son previsores con las fuentes. Esos bichos tienen un gran paladar.

Entonces Lanzani sonrió. Puede que resultase todo un acontecimiento cada vez que lo hacía. Pero Lali, al verlo, notó una sensación extraña en el estómago.

Él se levantó y dijo:

—Vayamos a escoger nuestros platos en el buffet.

Cuando terminaron de comer, Lali se imaginaba que le dejaría la tarde libre. Sin embargo, Lanzani dijo.

—Tengo una hora de sobra antes de la reunión. ¿Le apetece estirar las piernas?

A Lali le habría apetecido dormir una siesta tras el delicioso almuerzo. No obstante, tomó su bolso y le acompañó.

Abandonaron el recinto del hotel. Los alrededores constituían un mundo completamente distinto. En plena calle varias mujeres vendían telas en tonos anaranjados y rojizos como el amanecer. Habían expuesto los tejidos a un lado de la calle, de forma que el conjunto parecía una enorme alfombra mágica.

Entre árbol y árbol, habían tendido cuerdas de las que colgaban tapices hechos con mezclas de terciopelo y seda.

Los saris de algodón que vendían en el mercadillo no debían de valer nada comparados con los de seda que vendían en el hotel. Sin embargo, los colores eran magníficos debido probablemente al prolongado contacto con el sol y a los múltiples lavados.

—¡Qué bonitos son! —exclamó Lali.

—La belleza parece emanar de unos pies descalzos, o de unas sandalias y desaparecer con unos zapatos de tacón. Y veo con gran satisfacción que usted no los lleva.

A Lali le pareció un poco irritante esa opinión tan arbitraria.

—Me los pongo a veces, cuando no tengo que andar mucho —replicó ella.

—La llevare hacia la zona donde está situado el gran mercado, allí podrá ver las tiendas de artesanía que son subvencionadas por el gobierno —continuó él—. Podrá seguir viendo artesanía y no estará lejos del hotel. Nos veremos allí para cenar alrededor de las siete.
Lali estaba lista en el salón de la suite, cuando varios minutos antes de las siete apareció Lanzani. Salía de su habitación con el cabello todavía húmedo de la ducha. Ya no llevaba el traje de antes, sino unos chinos y una camisa clara.

—¿Pudo volver sin problemas? —dijo él.

—En efecto —repuso Lali sonriendo—. Me metí en una librería y el dueño me recomendó esta novela.

Ella le mostró el libro. Lanzani leyó el título en alto.

Memorias de la Maharaní de Jaipur. Les gusta mucho a las turistas. Cuenta la vida de la Maharaní y la de su madre: fueron dos grandes bellezas. No lo he leído pero me han dicho que es muy interesante dentro de su contexto.

—¿Por qué no lo ha leído, porque está escrito por una mujer? —preguntó Lali.

Peter esbozó una sonrisa.

—¿Acaso cree que odio a las mujeres? —dijo él.

—Desde luego no está muy a favor de ellas —arguyó Lali.

—No de todas en masa —agregó Lanzani—. No obstante, puedo disfrutar de la compañía de algunas de ellas. No me diga que no se siente más cómoda en compañía de mujeres.

—Depende de la situación —contestó ella—. En un autobús averiado en cualquier parte, no me alejaría de un hombre. En cualquier grupo siempre hay alguno que entiende de mecánica. Estoy seguro que usted sabría qué hacer si su coche no arranca. Yo no tendría idea de cómo empezar.

—Yo empezaría mirando un manual —replicó él—. Vayamos al bar.

Cuando salieron de la suite, cuatro mujeres aparecieron por el otro lado del pasillo. Todas iban vestidas con saris exquisitos, bordeados de oro auténtico. Llevaban valiosas joyas. Tres de ellas no llevaban velo. Pero la cuarta iba cubierta con un sari colorado.

El exótico grupo se acercó hasta la puerta del ascensor.

—Bajaremos por las escaleras —repuso Lanzani—. La de rojo es la novia.

Cuando las mujeres descubiertas miraron al doctor, él las saludó juntando las palmas de las manos e inclinándose.

Lali se preguntó si bajo ese aspecto exterior tan rudo no se escondía un caballero andante.
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