La Isla De Olvido
Decir que se mascaba la tensión en casa de Lali sería como describir el
Everest como un pequeño montículo.
Habían pasado tres días desde que Lali y Peter hubiesen estado hablando
el uno con el otro a la luz de la luna, separados sólo por unos centímetros y
un edredón de plumas, y cada minuto de cada uno de esos tres días la mente de Lali
había estado recordándole lo que había rechazado.
Y Peter no estaba ayudándole en absoluto. Sentía su mirada sobre ella
todo el tiempo, igual que había sentido las yemas de sus dedos sobre sus
mejillas. No había vuelto a intentar nada desde aquella noche, y lo cierto era
que no estaba segura de si aquello la aliviaba o no, lo cual la tenía
sencillamente furiosa.
Estaba otra vez caminando sobre la fina línea entre el deseo y la
razón, y se sentía a punto de explotar, como si cada una de las células de su
cuerpo estuviese vibrando con una fuerte carga eléctrica. Intentaba repetirse
una y otra vez que aquello pasaría, pero su cuerpo quería que su cerebro se
callase para poder hacer lo que ansiaba. Resultado: ni su mente ni su cuerpo
estaban contentos.
—Genial, a mis veintiocho años acabo de descubrir que soy
esquizofrénica —farfulló entre dientes, el rostro girado hacia la ventanilla
mientras avanzaban por la carretera.
—¿Has dicho algo? —inquirió Peter distraída mente, girando suavemente
el volante para tomar una curva.
—No, nada.
Nada que quisiese repetir.
—¿Puedes explicarme otra vez a qué vamos exactamente?
Lali volvió la cabeza hacia él y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo
para reprimir un suspiro soñador. Si con vaqueros y camiseta le costaba dejar
de mirarlo, con ese uniforme de gala blanco que llevaba aquello se había
convertido casi en un imposible. Cuando lo había estado esperando junto al
coche y lo había visto salir de la casa tan increíblemente guapo, había estado
a punto de tumbarse en el capó del coche y gritarle: « ¡Hazme tuya!».
—Es una fiesta que da mi padre para celebrar el compromiso de mi
hermano Vico y Cande —contestó.
Casi se había olvidado de aquella fiesta con lo alteradas que había
tenido las hormonas en los últimos días. Y ya iban tarde porque no sabía dónde
había puesto las llaves del coche y se habían tirado un cuarto de hora
buscándolas por toda la casa.
—Entonces será algo íntimo, ¿no? Unos cuantos familiares y amigos. Lali lo miró y se rió.
—No exactamente. Más bien será una fiesta al estilo Esposito.
—¿Y cuál es el estilo Esposito?
—Invitar a media ciudad —respondió Lali.
Las fiestas que daba su padre solían ser eventos formales en exceso y
aburridísimos. Desde niños sus hermanos y ella habían tenido que acostumbrarse
a ellas. Los hacían desfilar por el salón de baile vestidos como repollos,
dejando que los invitados les diesen pellizcos en los mofletes y palmaditas en
la cabeza, y les repitiesen cien veces lo bien educados que estaban, para luego
irse a la cama.
Incluso sus fiestas de cumpleaños habían acabado convirtiéndose en
asuntos de negocios. Mientras un payaso contratado los entretenía en un rincón
del salón a ellos y los hijos de los de más invitados, su padre cerraba tratos,
y le do raba la píldora a los accionistas de su empresa. La fiesta de aquella
noche seguramente no sería muy distinta.
—Es una celebración familiar, pero dado que mi padre se presenta a
senador, no va a perder la oportunidad de hacer una recaudación de fondos para
su campaña. Habrá invitado a la alta sociedad de Savannah, a empresarios, y
probablemente habrá periodistas, y alguna que otra cadena de televisión.
—¡Y yo que pensaba que tomaríamos hamburguesas a la parrilla y cervezas
en un patio bajo unos farolillos de colores...! —exclamó Peter, girando la
cabeza hacia ella y sonriendo.
Lali se echó a reír, y la risa atenuó la ansiedad que la atenazaba por
tener que asistir a aquel evento. Y es que, aunque quería muchísimo a su familia,
detestaba esas fiestas. Siempre las había detestado: tener que hablar con gente
a la que probablemente no volvería a ver, al me nos hasta la próxima fiesta,
sonreír cuando le dolían los pies, pasear una copa de champán que no podía
beberse porque no estaría bien visto que un Esposito bebiera demasiado... Por
muchas fiestas a las que acudiese, jamás
se sentiría cómoda en ellas.
—No, me temo que no habrá cervezas en la fiesta —respondió riéndose—,
pero podemos ir a la cocina a robar un par de la nevera.
—¿Podemos? —repitió Peter sonriendo—. ¿No irás a decirme que una noche
bebiendo cerveza con un grupo de SEALs te ha hecho renegar del champán?
—No del todo, pero tengo que admitir que la cerveza y las pizzas
tampoco están mal.
—Todavía estamos a tiempo de dar media vuelta e irnos a cenar a alguna
pizzería.
—Eso suena tentador —dijo Lali con un sus piro—, pero mi padre me
mataría si faltase a la fiesta.
—Como quieras. Tú mandas —contestó Peter, lanzándole una breve mirada.
A pesar de la charla y las sonrisas parecía tensa. De hecho, podía
sentir el nerviosismo que irradiaba, como cuando una piedra cae al agua y se
forman ondas en la superficie que van extendiéndose. Fuera consciente de ello o
no, estaba levantando barreras entre ellos. O más bien, se corrigió, estaba
haciendo más altas las que ya existían. Y, cuanto más se aproximaban a la
mansión familiar de los Esposito, más tensa parecía ponerse. Era como si se
estuviese convirtiendo en otra persona, alejándose de la Lali a la que él
conocía para volver a ser la Mariana que probablemente jamás entraría en una
pizzería.
—Gira aquí —le dijo de repente. Y Peter advirtió que su voz sonaba más
grave.
Hizo que el coche girara a la derecha, y a los pocos metros aparecía
una enorme verja de hierro forjado. Atravesaron el arco de entrada, y avanzaron
por un camino flanqueado por gran des árboles. Sus largas ramas desnudas
parecían huesudos dedos que quisieran tocar el coche, y el musgo que colgaba de
ellas, jirones de tercio pelo verde mecidos por el viento del océano.
—Impresionante —murmuró Peter, manteniendo la vista al frente, en el
trecho iluminado que los faros del coche iban cortando en la oscuridad.
—Pues todavía no has visto nada —suspiró ella.
—Apuesto a que esto intimidaba a los chicos con los que salías en el
instituto.
—Supongo que los habría intimidado… si hubiera salido con alguno
—respondió ella—. Estudié en un internado para chicas, en Suiza —explicó,
alisándose nerviosa la falda del vestido.
—¿Un internado? Siempre he tenido curiosidad por saber...
De repente Peter dio un frenazo, y Lali se agarró al guardabarros.
—Peter, ¿qué...?
—¿Estás bien? —preguntó él, desabrochándose el cinturón.
—Sí, estoy bien, pero, ¿por qué has...? —inquirió ella contrariada,
viendo que estaba abriendo la puerta.
—¿No la has visto? —dijo Peter, señalando a una mujer de pie junto a
uno de los árboles, antes de bajarse del vehículo.
Se había apartado del centro del camino, donde había estado hacía unos
segundos. Le había dado un susto de muerte. Llevaba un vestido negro largo que
casi rozaba el suelo, su rostro pálido estaba girado hacia ellos, y sus ojos
apagados lo miraban fijamente.
—Peter, por favor.., vuelve dentro y sigamos —le rogó Lali desde su
asiento, sin querer mirar por el parabrisas.
—¿Qué dices? —replicó él frunciendo el entre cejo—, no podemos dejarla
ahí en medio. Señora, ¿está usted bien? —preguntó, dando un paso hacia la
mujer—. ¿Quiere que la llevemos a la casa?
De pronto se dio cuenta de que las luces del coche parecían
atravesarla. La mujer no dijo nada. Sólo siguió mirándolo, con una expresión
tan llena de dolor, que Peter sintió una sensación de angustia horrible en el
pecho. El vello de la nuca se le erizó, y sintió que un escalofrío le recorría
la espalda.
Entonces la mujer abrió la boca, y dio la impresión de que estuviera
hablando, pero de sus labios no salía sonido alguno. Peter la observó,
intentando averiguar qué estaba tratando de decirle, y vio cómo se retorcía las
manos mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—Peter, por favor, vámonos... —le imploró Lali con voz temblorosa.
Pero Peter no podía apartar la vista de la mujer.
—¿La.. la estás viendo?
—Sí, Peter, la veo, pero por favor, vámonos...
No era un hombre asustadizo, pensó Peter, y se había enfrentado a la
muerte en innumerables ocasiones, pero allí de pie, con un fantasma enfrente,
se alegró de no estar solo. Nuevas lágrimas afloraban sin cesar a los ojos de
la mujer, que poco a poco fue desvaneciéndose, hasta desaparecer.
Con el corazón aún latiéndole de tal modo que parecía que fuera a
salírsele del pecho, Peter regresó al coche.
—Dios... era... era un fantasma —balbució ano nadado.
—Es la señorita Carlisle —explicó Lali—. Su nombre es lo único que
sabemos de ella. Eso, y que lleva muerta unos cien años.
Peter resopló incrédulo. Aquel trabajo estaba resultando de lo más
interesante: una científica preciosa, una mansión, amenazas por correo
electrónico... y fantasmas. Y eso que el mes ni si quiera había terminado.
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Un fantasma!!
Falta poquito para el cumple de Lali y para el cumple de mi mejor amiga!
En 15 dias viajo a Paris!
Gracias!


una fantasma!!! esto cada vez se pone mas interesnte y raro jaja espero mas♥
ResponderEliminarUn fantasma? Uuui esto esta bueeno porqe no es una historia como todas! Muy bueena :)
ResponderEliminarEspeero mas,,
Besito
Arii
@AriadnaAyelen
Me dio hasta a mi miedo, jaja :)
ResponderEliminarNo podré firmarte seguido ya que me he mudado, pero te leeré desde el cel
@masi_ruth
No te podía firmar porque recién me puse al día con la nove :) qué miedooo! Un fantasma!
ResponderEliminarMáaas nove.
me puse al día!!! Me encanta. más más !
ResponderEliminarSube máss!
ResponderEliminarQuiero más.. quiero beso Laliter!!
ResponderEliminarme encanta, estos están cada vez más unidos!! Ahora un fantasma?? que más va a ver en esta historia??
ResponderEliminarJajaja,tiene d todo.Espero k se encuentre en la fiesta su ex con la mujer,y Peter y Lali se demuestren lo compenetrados k están.
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